El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 38
62%

Capítulo 38

—T engo aquí el número de otra pariente de Natalia Wieczorek —dijo Emma, mirando la pantalla de su escritorio.

—Creía que no tenía más familiares aparte de su madre —dijo Alex.

—¿La madre les contó a Klose y Möller algo más que pueda ayudarnos?

—No. La hija de la víctima tampoco pudo ayudarnos. No ha pronunciado una sola palabra desde lo ocurrido.

—Pobrecita —dijo Emma, tomando aire antes de continuar—. En cualquier caso, esta pariente no vive por aquí. Quizá por eso la madre no nos habló de ella.

—¿Tal vez sea la oveja negra de la familia? —aventuró Alex.

—Podría ser. Voy a llamarla. Es la hermana del padrastro fallecido.

—¿Entonces es la tía política de la víctima?

—Exacto.

—¿De dónde has sacado la información sobre el padrastro?

—Mientras hablabas por teléfono, se me ha ocurrido una cosa.

—Emma puso la llamada en manos libres. Al otro lado empezó a sonar el tono—.

Me he limitado a averiguar con quién vivió de niña.

Y, como su apellido no coincide ni con el de su madre ni con el del propietario de la casa de Herford donde vivió desde los once hasta los diecinueve años, he investigado a ese hombre.

—Krause —respondió una mujer a la llamada de Emma.

—¿Regina Krause? —preguntó Emma.

—Sí. ¿Quién llama, por favor?

—Bajetzky, de la POLICÍA JUDICIAL de Bielefeld. Mi compañero, el inspector jefe Kuper, también está escuchando.

—Vivo en la Baja Baviera —se limitó a decir—. ¿Por qué me llaman desde Bielefeld? ¿Le ha pasado algo a Natalia?

—Sí.

Regina Krause soltó un grito ahogado.

La expresión de Emma lo decía todo. Dar una noticia así nunca se volvería ni remotamente más fácil. —Lamentamos tener que comunicarle que su sobrina murió anteanoche.

—Dios mío, ¿cómo ha podido ocurrir? ¿Tuvo un accidente?

—Por desgracia, debemos suponer que murió a consecuencia de los actos de otra persona —prosiguió Emma.

Los sollozos eran quedos, pero aun así le revolvieron el estómago a Alex.

Las imágenes que había visto en la escena del crimen volvieron de pronto con mayor nitidez.

Aquella mañana había empezado el día relativamente bien.

Quedarse dormido entre los brazos de Hanna le estaba ayudando mucho en esos momentos.

Intentó evocar de nuevo aquellas sensaciones y la calidez que las acompañaba, pero no lo consiguió del todo.

—¿Le importaría que le hiciéramos unas preguntas? —preguntó Emma con tono comprensivo.

—No sé cómo puedo ayudarlos. Hace mucho que no vivo por allí y la última vez que vi a Natalia fue en Navidad, hace dos años. Vino a visitarme.

—¿No han mantenido el contacto desde entonces? —preguntó Emma.

—No, no. Sí que lo hemos mantenido. Hablábamos muy a menudo por teléfono. Una vez a la semana, a veces solo cada dos semanas. Hablamos el domingo pasado... —Rompió a llorar y necesitó unos instantes antes de poder volver a hablar—. ¿Cómo murió?

Aquello echó por tierra el intento de Alex de mantenerse a flote aferrándose a las sensaciones de aquella mañana.

Volvió a enfadarse. No tanto como para querer hacerlo todo añicos, algo que, en cualquier caso, le ocurría muy pocas veces.

Y, cuando la rabia lo dominaba, se retiraba a la sala de entrenamiento de la comisaría, donde había varios sacos de boxeo.

—Por desgracia, no podemos darle información precisa al respecto —dijo Emma.

—Oh, no —volvió a sollozar—. ¿Fue terrible?

—No tiene nada que ver con la forma en que murió. Es información que solo conocería el autor. No se nos permite revelarla.

—Lo entiendo —dijo sorbiéndose la nariz mientras trataba de acompasar la respiración.

—¿Le ha contado su sobrina últimamente algo que le resultara extraño? ¿Tal vez le habló de algún hombre que la siguiera, que se comportara de manera rara con ella, o quizá de alguien que le pareciera interesante o agradable?

—Una vez me habló del padre de uno de los niños de su guardería, que la había estado esperando al acecho delante de su casa.

—Eso ya lo sabemos.

—La convencí de que lo denunciara. Al principio no quería.

Le dije que a veces la gente así necesita un aviso para no ir más lejos en el siguiente enfrentamiento...

—De nuevo necesitó unos instantes para controlar los sollozos—.

¿Podría haber ido más lejos? ¿Se ha vengado por la denuncia? Entonces todo esto es culpa mía.

—No, no lo es —dijo Emma.

Regina Krause inspiró y espiró de manera entrecortada. Emma le dio tiempo hasta que volvió a hablar por iniciativa propia. —Entonces estoy... No lo sé. Iba a decir aliviada, pero, claro, no puedo estarlo... Todo esto es horrible.

—Lo entendemos. De verdad —dijo Emma—. ¿Recuerda a alguna otra persona de la que le hablara su sobrina?

—A nadie en concreto. Al menos, a nadie como ese padre.

—¿A qué se refiere?

—Ah, a todo lo contrario. Estuvo en el mercadillo navideño del parque de animales de Olderdissen.

Un tipo habló con ella allí. Uno muy agradable, por lo visto.

—Su voz se suavizó un poco al evocarlo, y casi pareció que sonreía—.

Pero, que yo sepa, no intercambiaron los números.

Dijo que debería habérselo pedido. Pero entonces él se marchó y no volvió a verlo.

—¿Su sobrina describió al hombre?

Alex no albergaba demasiadas esperanzas, pero aun así pulsó el bolígrafo y apuntó con él hacia el bloc de notas que tenía sobre el escritorio.

—Dijo que era atlético.

Alex se incorporó en la silla y tomó la primera nota.

—¿Algo más? —preguntó Emma.

—No, por desgracia. Solo se fijó en una cicatriz larga y gruesa que tenía en el antebrazo.

Debió de ser un corte profundo, dijo Natalia.

Se dejó ver un instante cuando él le tendió la mano para saludarla.

Probablemente ni siquiera la habría notado, pero, como también llevaba guantes negros, por algún motivo le llamó la atención.

Ahora que lo pienso, dijo que sus ojos tenían algo especial. Eran verde grisáceo.

—Esos detalles sí que resultan útiles —admitió Emma.

La mujer dejó escapar una risa apenas audible. —Cuando Natalia contaba una historia, siempre lo hacía con mucha viveza. Incluso de niña. Se fijaba en detalles a los que nadie más prestaba atención.

—¿Le preguntó por la cicatriz?

—Él mismo sacó el tema. Dijo que se le había escapado el cúter mientras hacía unos arreglos en casa.

—¿Le dijo en qué brazo la tenía?

—No, pero supongo que sería el derecho. Así es como suele saludarse la gente, ¿no?

—Puede que tenga razón —dijo Emma.

—Pero la verdad es que no sé nada más. De vez en cuando tenía problemas con algunos padres, pero no mencionó ningún nombre.

—Gracias. Si recuerda algo más, le agradeceríamos que se pusiera en contacto con nosotros. Enseguida le enviaré una tarjeta de visita electrónica. ¿De acuerdo?

—Sí, gracias. Y, por favor, pónganse en contacto conmigo si averiguan algo.

Después de despedirse, Emma mantuvo el auricular en la mano durante unos instantes y luego pulsó un botón del teléfono.

Una llamada interna, por tanto. Antes de que Alex pudiera preguntarle a quién llamaba, ella se lo explicó: —Voy a avisar a los compañeros de Riedenburg, en la Baja Baviera.

Deberían enviarle el servicio de asistencia psicológica.

Cuando terminó, Alex volvió a hablar por fin.

—¿Te crees la historia del cúter?

—Es posible. Pero, si estamos tratando con alguien gravemente traumatizado, un intento de suicidio no sería nada extraño. Bien, al menos podemos tener en cuenta otro detalle. Una cicatriz larga y llamativa en uno de los brazos.

—O quiso asegurarse y se cortó las dos muñecas —añadió Alex, y Emma no pudo evitar pensar que aquella era también una posibilidad que debían tener en cuenta.