El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 36
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Capítulo 36

A primera vista, Pere Claussen distaba mucho de ser para Emma una roca en medio de un mar embravecido.

Al menos, por su aspecto. Era alto, rubio, enjuto y caminaba un poco encorvado, como solía ocurrirles a quienes llevaban años pasando demasiado tiempo sentados ante un escritorio.

En conjunto, no resultaba una figura imponente.

En el estrecho hueco entre el marco y la puerta principal de la antigua granja, parecía más bien una roca expuesta durante demasiado tiempo al embate de las mareas.

—¿Pere Claussen? —preguntó Emma.

El hombre los miró y dirigió una fugaz ojeada a la identificación que Emma le tendía de forma automática. Cuando volvió a mirarlos, ella se la guardó bajo el abrigo. —Sí —dijo por fin, con cautela.

—¿Podemos entrar?

—¿Tienen una orden de registro?

—No —respondió Emma—. No queremos registrar nada, solo hablar con usted. Además, aquí fuera hace bastante frío, y creemos que le conviene que los vecinos no se enteren de lo que queremos hablar con usted.

—De acuerdo —dijo él, vacilante, mientras abría más la puerta. Pero no para dejarlos entrar, sino para salir y reunirse con ellos. Señaló el garaje situado junto a la casa. —Por aquí.

En el garaje había un viejo Volvo azul oscuro. El aire era frío y olía a gasóleo rancio. En una de las paredes colgaban mangueras de jardín y toda clase de trastos; en la otra, bicicletas. Dos de adulto y una para un niño pequeño.

Cuando la puerta del garaje se cerró automáticamente tras ellos, Pere Claussen preguntó: —¿Por qué han venido? Cumplí la orden judicial.

—No se trata de eso —aclaró Emma.

—Entonces, ¿de qué se trata?

—La señora Wieczorek murió anoche.

Emma no logró interpretar del todo su reacción. Primero frunció el ceño y luego arqueó la ceja derecha con aire interrogante. —¿Y qué tengo yo que ver con eso? Anoche estuve en casa. Mi mujer y mi hijo pueden confirmarlo.

No era precisamente la coartada más convincente, pero sí una que se daría por válida. —Como usted supuso acertadamente, no podemos descartar que otra persona fuera responsable de la causa de la muerte.

—Espere —dijo mientras retrocedía un paso a la defensiva. Seguro que habría seguido reculando de no habérselo impedido el borde del pequeño fregadero. —¡Yo no tuve nada que ver con eso!

—También nos han contado —prosiguió Alex, haciendo caso omiso de él— que, después de la denuncia contra usted, hubo represalias que...

—¡Yo no instigué a nadie! ¡Los padres acudieron a mí! Y yo solo les conté lo que había ocurrido.

—¿La verdad o su versión? —preguntó Emma con deliberada provocación.

—¡Mi versión es la verdad!

—Entonces, cuéntenosla —propuso Emma—. Porque lo único que sabemos es lo que hemos podido averiguar en los expedientes de camino hacia aquí. Y coincide con lo que nos han contado los compañeros de la señora Wieczorek.

—Todos mienten. Es lógico que se protejan entre ellos.

—Supongo que podría decirse lo mismo de los padres —terció Alex, y Emma tuvo que admitir que no le faltaba razón.

—Pero los padres conocemos mejor a nuestros hijos. Y yo sé que el personal de las escuelas infantiles, los profesores... quien sea... no sabe cómo ayudar a los niños especiales.

—Hay centros adecuados para los niños especiales, como usted los llama.

Indignado y furioso a la vez, miró a Alex. —¡No es discapacitado!

—No quería decir eso en absoluto —se defendió Alex.

—Tiene muchas cualidades, pero nadie se las reconoce.

Solo ven que es ruidoso, que a veces pega cuando algo no le gusta.

Por Dios, es un niño. Los niños pegan, es lo que hacen.

Buscó con la mirada la confirmación de Alex, pero este desde luego no pensaba dársela.

Emma lo sabía; no necesitaba volverse hacia él para comprobarlo.

—En fin —continuó—, esa tal Wieczorek era igual que los demás.

Todo el mundo tenía que acatar sus normas.

A quien no lo hacía, lo castigaba de inmediato.

Solo hablar de ello me pone furioso. A Oscar, sencillamente, no siempre le apetece jugar a la oca o recoger hojas.

Menuda atención individualizada. Apretó los dientes varias veces antes de continuar por fin.

—Cada vez que iba a recogerlo, tenía que escuchar que de nuevo no había sido capaz de estarse quieto durante la comida y que, por tanto, había tenido que comer solo.

Que otra vez había empujado a alguien porque lo había insultado y que luego había tenido que jugar solo, y así una cosa tras otra.

Hasta que un día perdí los estribos. Creo que se lo inventaba todo.

Porque Oscar no es así aquí, en casa. Tampoco cuando queda con otros niños, ni cuando vamos al parque o a cualquier otro sitio.

—Entonces, ¿por qué la acechó fuera del trabajo? —preguntó Emma.

—Yo no hice nada de eso. No soy un acosador.

—Solo puedo repetir lo que consta en nuestros expedientes. Y en ellos no aparece nada sobre su versión. ¿No prestó declaración en aquel momento?

—No —respondió con acritud.

—¿Por qué no? —preguntó Alex.

—Porque me di cuenta de que había sido una estupidez. No debería haberla atacado delante de su casa.

—¿Así que admite la agresión?

—También la admití entonces. Me avergonzaba y me limité a aceptar todo lo que me impusieron.

—Le impusieron una condena de seis meses de prisión, suspendida, y le prohibieron entrar en la escuela infantil de su hijo —dijo Emma.

—También me lo merecía. Como ya he dicho, fue una estupidez. Pero mi Oscar no se merece que lo traten así.

—¿Y usted no tuvo nada que ver con la denuncia colectiva que algunos padres presentaron contra la señora Wieczorek?

—Por supuesto que sabía de ella, y quizá adorné un poco mi versión de los hechos, lo que, por lo visto, llevó a algunos padres a fijarse mejor. Para empezar, eso no tiene nada de malo.

—Desde luego que no —confirmó Alex—. Lo que también queremos saber es si, cuando seguía a la señora Wieczorek, vio a alguien que...

—¡Yo no la seguía!

Alex inspiró y espiró profundamente. —Escuche. No estamos aquí para endilgarle algo más por un caso antiguo, sino para encontrar al responsable de la muerte de la señora Wieczorek. Y, si usted lo vio, nos ayudaría. Así que ¿puedo hacerle mi pregunta sin que vuelva a interrumpirme, por favor?

—Sí —respondió, avergonzado—. Lo siento.

—¿Vio cerca de la casa de la señora Wieczorek a alguien que le pareciera extraño?

Aparte de su reflejo, habría querido añadir Emma.

—No lo sé —respondió con evasivas, cambiando el peso de un pie al otro—. Solo estuve allí aquel día, cuando la ataqué. ¿Qué clase de persona se supone que tendría que recordar?

—Alguien que quizá estuviera inspeccionando la zona de forma llamativa —explicó Emma—. O que examinara las casas con atención. También podría haber sido alguien que saliera del jardín y pareciera jardinero, o un electricista que abandonara la vivienda.

—Que yo... ¿O sí? Bueno, quiero decir que había algunas personas.

Yo me escondía cada vez que veía a alguien.

En una ocasión apareció una de esas furgonetas de los servicios municipales; estaban haciendo algo en el cuadro de distribución.

Pero eran dos y tardaron una eternidad. Ni idea de si alguno de ellos estuvo examinando los alrededores.

Yo tenía que asegurarme de que no me reconocieran. No vi a ningún jardinero.

—¿Nadie más le llamó la atención?

—No, lo siento.

—Se da cuenta de que acaba de admitir que merodeó más de una vez frente a la casa de la víctima, ¿verdad?

El hombre se encogió de hombros.

—Por cierto, eso se llama acoso —no pudo evitar añadir Emma.