El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 11
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Capítulo 11

—Por favor , no lo hagas —gimotea a través de la mordaza, aunque suena más bien como un ruido gutural. Y, si he de ser sincero, no sé si no me lo habré imaginado. Aun así, estoy seguro de que eso es exactamente lo que ha dicho.

¿Cómo tiene la desfachatez de pedirme eso, con la forma en que trata a los niños de su colegio? ¿Cómo se atreve?

No entiendo a quienes infligen tanto sufrimiento a los demás y luego, cuando reciben su merecido, gimotean, lloran, suplican.

Es repugnante, absolutamente asqueroso. Hasta la forma en que yace ahí.

Con las extremidades atadas a las esquinas de la cama, extendidas como las puntas de una estrella de mar.

Desnuda salvo por la ropa interior, se retuerce en el charco de su propio pis.

Inclinado ligeramente hacia delante desde el borde de la cama, alargo la mano hacia el cigarrillo que se consume en el pequeño cenicero de la mesilla.

Le doy una calada y expulso el humo antes de que me llegue a los pulmones.

Contengo la tos y sacudo la ceniza. Después acerco el cigarrillo humeante a su pecho izquierdo.

Despacio, lo aproximo más a ella. Sus piernas y brazos se sacuden.

Los lazos alrededor de sus articulaciones se tensan.

Intenta apartarse de mí. Intenta escapar del dolor.

Al fuerte chasquido con el que se le disloca el hombro izquierdo le sigue un leve siseo, uno que ya he oído tantas veces. Una vez más, le inflijo el dolor del que solo ella es responsable.