El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 7
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Capítulo 7

A la mañana siguiente, Emma sintió algo de frío en el departamento de medicina forense, aunque al menos allí no hacía tanto como fuera.

Aquel domingo, la temperatura aún no había conseguido subir de cero y, si había que creer al servicio meteorológico, así seguiría durante todo el día.

En realidad, era uno de esos días para pasarlos en el sofá con una taza de cacao, pensó Emma.

Al menos no nevaba, aunque eso iba a cambiar durante los próximos días.

Achim Gräfe, el larguirucho médico forense de dos metros de altura y gafas de montura de concha, los saludó con un escueto: —Ya estáis aquí.

Wolf, su colega, que era dos cabezas más bajo, estaba sentado a su escritorio redactando un informe preliminar.

El documento correspondiente se hallaba abierto en el monitor central de los tres que tenía.

A ambos lados se veían primeros planos de los órganos y los hematomas de la muerta.

Wolf desviaba constantemente la mirada del teclado a las imágenes, lo que provocaba breves pausas en el tecleo que Emma podía oír con claridad, de lo fuerte que aporreaba las teclas.

—Venid aquí. ¿Veis los pulmones? —dijo Gräfe, señalando con el meñique el órgano extendido sobre una mesa auxiliar junto a la muerta, cuyo torso seguía abierto y dejaba a la vista la cavidad torácica vacía—. Claro que los veis.

Emma y Alex ya estaban acostumbrados a que respondiera a sus propias preguntas.

—Pesados, hinchados, casi el doble de su peso normal.

De acuerdo, el peso no se aprecia necesariamente a simple vista, pero suele ir unido a lo demás.

Además, los he pesado. Así que sí. Encaja.

Al diseccionarlos, la superficie de corte rezumaba como una esponja mojada al escurrirla.

De color rojo oscuro, pastosa, típica de unos pulmones congestionados.

—Giró ciento ochenta grados hacia la muerta con tal rapidez que la bata ondeó a su espalda—.

¿Y esa secreción espumosa que sale de los bronquios?

—Se subió las gafas de montura de concha con el meñique y luego señaló la garganta de la muerta—.

Eso no es agua, sino un edema pulmonar. Los alvéolos se llenaron de líquido, probablemente durante los últimos minutos antes de la muerte.

El cuerpo intentó desesperadamente obtener oxígeno, pero ya no pudo hacerlo.

Podría decirse que se ahogó en tierra firme.

Las vías respiratorias están bloqueadas y los pulmones trabajan contra una resistencia que no cede.

Eso somete al sistema capilar a una gran presión y, al final, los vasos pequeños revientan.

Aquí —se volvió de nuevo hacia el pulmón— pueden verse las hemorragias puntiformes bajo la pleura.

Petequias. No hay muchas, pero sí suficientes.

Los propios pulmones gritaban, pero nadie los oyó. Podría expresarse así.

—Entonces, la asfixiaron —aclaró Alex.

—En términos profanos, sí. En fin. No hay marcas de estrangulamiento, surcos de ligadura ni fractura del hueso hioides. A mí esto me parece una compresión clásica de boca y nariz. ¿Por qué? Os lo enseñaré.

Achim Gräfe pasó como una exhalación junto a la cabeza de la muerta en dirección a las pantallas y, antes incluso de llegar al escritorio, ya señalaba una imagen del monitor derecho.

—Estas son fibras textiles. Algodón mezclado con material sintético.

Gris claro. Las encontramos en la cavidad nasal y entre los labios.

Algunas estaban en lo profundo de la garganta.

Y esto... — chasqueó los dedos en dirección a Wolf para llamar su atención—.

Amplíalo más... Gracias. Es parte de un patrón de tejido.

Aplastado, con una deformación mínima. Coincide exactamente con la funda de la almohada que recogimos de la cama.

—Entonces, la suposición de Meyer era correcta —dijo Emma.

—Que no se ponga demasiado satisfecho consigo mismo —bromeó Achim Gräfe—. Pero lo que no sabe es que encontramos sangre bajo las uñas de la muerta.

—Debajo de una uña —murmuró Wolf mientras observaba otra imagen.

—Sí —dijo Achim Gräfe—. Debajo de la uña del dedo corazón de la mano izquierda.

El coágulo es reciente, oscuro y presenta un ligero reborde, así que está perfectamente conservado.

Lo envié de inmediato para que hicieran una PCR rápida.

Poco después de las tres de esta madrugada ya teníamos el perfil: varón desconocido, ADN sin degradar.

No coincide con el del niño, ni con el del ex, ni con el de la propia víctima.

—¿Podría tener más de un día? —preguntó Alex.

—No es material antiguo; se depositó de forma activa. El día de su muerte. Sospecho que debió de resistirse de algún modo, pese a estar atada.

—O la ataron después de que se resistiera —dijo Emma.

—También es posible —dijo Achim Gräfe—. No puedo precisar la hora. En fin. Sus manos llamaban la atención. Tal vez fueran lesiones defensivas, pero desde luego presentaba fracturas en varios dedos. Aunque tengo algo más.

Volvió a abalanzarse hacia las pantallas, donde su colega, como si hubiera estado esperando la señal, mostró primeros planos extremos de las yemas de los dedos tomadas bajo luz ultravioleta.

Achim Gräfe las señaló. —Trazas finas de pigmento, parafina, pigmentos de tonos cálidos, residuos entre el pulgar y el índice, y también en la punta del meñique.

En términos profanos, lo llamamos cera de colores; además, el autor intentó eliminarla con una toallita húmeda.

Ya no habría sido visible a simple vista.

—Así que la propia víctima dibujó la imagen que encontramos —dijo Alex.

—El equipo de dactiloscopia también lo confirma.

La preservaron, la fijaron y la examinaron bajo una fuente de luz.

Sí, todos hemos pasado la noche en vela por vosotros.

Los resultados: no hay borrones ni restos de grasa cutánea, salvo tres huellas de la mano izquierda de la víctima.

Pulgar, índice y anular. Repetidas varias veces.

Así es como debió de sujetar la hoja de papel.

—¿El examen reveló algún otro rastro del autor? —preguntó Emma.

—Manchas de semen en la sábana. Coinciden con el ADN del exnovio que nos proporcionasteis, pero tienen al menos siete días. El líquido del suelo sí es orina, tal como ya indicaba la prueba rápida. Ahora tenemos la confirmación oficial del laboratorio.

—Sí, y hemos averiguado que era del niño.

***

Alex y Emma subieron al coche para regresar a comisaría.

En Bielefeld, el departamento de medicina forense se encontraba en las instalaciones de la empresa familiar Hauderer, en Bielefeld-Altenhagen, en lugar de estar en comisaría o en un hospital universitario, como cabría esperar en ciudades más grandes.

La empresa no solo se encargaba de transportar a los fallecidos, sino que también ofrecía al personal de medicina forense la posibilidad de trabajar con las técnicas más modernas.

—¿Qué tal te fue ayer con Sabrina? —preguntó Alex.

—Bien. Ella también reconoció la orina enseguida e incluso reparó en las manchas de las fotografías. Tiene muy buen instinto y ojo para los detalles.

—Quizá debería acostumbrarme yo también a ir a tomar algo con Paul.

—¿Crees que estáis en la misma onda?

—Yo estaría dispuesto.

—Puede que él también.

El móvil de trabajo de Alex sonó. Lo sacó del bolsillo y vio en la pantalla que lo llamaba Paul Klose. —Si esto no es una señal...

—Hola —dijo Alex—. Estoy en el coche con Emma. Voy a ponerte en manos libres.

—Hola —dijo Paul con sequedad, y Emma le devolvió el saludo—. Me he tomado la libertad de buscar cierta información para vosotros.

—¿Tan poco trabajo tienes sobre la mesa? —preguntó Alex en broma.

—Digamos que vuestro caso es más interesante que la pila que tengo aquí. Además, nada de esto es urgente.

—Y, además, es domingo.

—¿De verdad? —replicó Paul, fingiendo sorpresa—. Entonces supongo que aquí estoy dedicándome a mi afición.

—¿Qué tienes para nosotros? —preguntó Emma con una sonrisa. Se alegraba de que Paul y Sabrina estuvieran tan implicados, teniendo en cuenta lo mala que había sido al principio su relación con los dos investigadores.

—Después de que Aufderheide lo autorizara, eché un vistazo al teléfono y a los contactos de Anna-Lea Hamann y, por lo visto, tiene dos mejores amigas con las que queda con frecuencia.

Emma pensó en sus dos mejores amigas, Nina y Lisa, con las que quedaba muy de vez en cuando, aunque desde hacía años se suponía que se reservaban el primer miércoles de cada mes.

Volvió a sentirse culpable porque ya estaban a finales de enero y la última vez que se habían visto había sido en noviembre.

—Un número pertenece a una tal Bernadette Klaas y el otro, a Marina Eickhoff —dijo el compañero, devolviendo a Emma al presente.

—Uno de esos nombres ya nos suena. La madre nos habló de Marina Eickhoff, pero todavía no hemos tenido ocasión de contactar con ella —dijo Emma.

—Podría merecer la pena hablar con ella. Encontré el grupo de WhatsApp llamado «Noche de chicas». Se mandan GIF y memes tan contentas, pero también han organizado varias quedadas. A juzgar por el tono de los mensajes, son amigas íntimas de verdad.

—Entonces, ya sabemos qué haremos hoy —dijo Alex.

—Os enviaré los datos de contacto.

—Gracias —dijo Emma—. Y luego procura salir del despacho. Si Krüger se entera, volverá a echarnos la culpa.

—Podré soportarlo —bromeó Paul antes de despedirse de ambos.