El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 4
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Capítulo 4

En la austera sala de interrogatorios número dos, Emma estaba sentada frente a Matthias Austermann, que ahora se encontraba evidentemente sobrio, aunque parecía alterado.

Alex estaba seguro de que, después de los depresores, había tomado unos cuantos estimulantes para volver a ponerse en marcha.

Aquella paradójica combinación no era infrecuente en el ambiente de la música electrónica.

Él nunca había formado parte de aquel mundo, pero había asistido a suficientes fiestas durante sus años de punk para saber cuánta gente consumía allí: las drogas corrían con tanta libertad como la cerveza en un concierto de punk.

—Oye, lo siento, de verdad —dijo entonces Matthias Austermann—. Estoy intentando acordarme, pero no puedo.

Miró a Emma, luego a Alex y después el expediente abierto delante de Emma, como si buscara ayuda. La pierna derecha le rebotaba rápidamente de arriba abajo. —¿Nadie me vio marcharme?

—Al menos nadie puede confirmar que estuviera en el lugar de los hechos cuando se cometió el crimen en cuestión.

—Mierda —dijo él—. ¿Habéis analizado ya mi móvil?

—Nos lo ha entregado poco antes de que empezara este interrogatorio —dijo Emma—. Por desgracia, no es algo que pueda hacerse tan deprisa.

—Vale, vale. Lo entiendo. Pero eso también significa que, si veis que mi teléfono no estaba cerca de Anna, tengo una coartada. ¿No?

—No exactamente —dijo Alex—. Podría haberlo dejado en otro sitio precisamente para hacernos pensar eso.

La pierna se detuvo. Durante un instante, miró a Alex con incredulidad. Después, los ojos se le fueron abriendo poco a poco. —Yo nunca le haría daño —dijo, casi al borde de las lágrimas—. Es la madre de mi hijo.

Eso no impide necesariamente que los hombres maten a sus esposas , pensó Alex.

—¿Queréis mi ADN? Aunque seguramente eso no me convendría demasiado…

—¿Por qué dice eso? —preguntó Emma, alarmada; Alex también se sorprendió.

—Ya no estamos juntos, pero ninguno de los dos sale con nadie más y, de vez en cuando… Bueno, ya sabéis.

—Sea más concreto, por favor —pidió Emma.

Titubeó durante un momento. Después soltó de golpe: —A veces tenemos relaciones sexuales. Y añadió apresuradamente: —Sin compromiso.

—¿Ella también lo ve así? —preguntó Alex.

—¿Qué? Claro. Yo estoy bastante contento de no tener ataduras.

—La última vez dijo que no había querido separarse en absoluto —señaló Emma.

—Es verdad.

—¿De veras?

—Siempre esperé que volviéramos. Pero ella no quería.

—¿Por qué no?

—Yo… No soy un buen padre. Ni siquiera me atreví a preguntarle a su abuela cómo estaba… Está mejor con Helga… Por casualidad, ¿sabéis si mi hijo está bien?

—Está bien, dadas las circunstancias —respondió Alex.

—¿Sigue en pie lo que me ofrecisteis esta mañana? ¿Lo de llevarme hasta allí?

—Podemos arreglarlo.

—Antes ha ofrecido someterse a una prueba de ADN —dijo Emma por fin—. De hecho, nos gustaría realizarla.

—Vale.

***

—No sé por qué, pero no creo que tuviera nada que ver con la muerte de su ex —dijo Emma mientras estaban junto a la máquina expendedora, de la que Alex sacaba un Snickers.

—Yo tampoco estoy seguro. Pero alguien tan drogado es capaz de cualquier cosa. Dependiendo de lo que tomara, podría habérsele ido la cabeza y haberse lanzado contra ella sin pensar.

—Pero todo parece estar tan bien planeado… Y su hijo no notó nada en toda la noche —dijo Emma. Habían recibido esa información del psicólogo que atendía al niño antes del interrogatorio del padre—. O está reprimiéndolo, si es que vio algo, o lo sedaron.

—¿Te refieres a algo como burundanga? ¿O algo parecido, pero en una dosis más baja? Alex introdujo el número 33 para sacar el segundo Snickers.

—Podría ser. Podría habérselo dado a su hijo con bastante facilidad. Un niño no se cuestiona nada cuando sus padres le dan algo de beber. Y quizá Anna-Lea y Matthias habían quedado para acostarse anoche. A lo mejor los dos tomaron drogas y luego, de algún modo, la situación se les fue de las manos.

—Entonces deberíamos analizar a la víctima, al niño y al padre para buscar rastros de cualquier sustancia pertinente. La chocolatina cayó en la bandeja de recogida. —Si hay una coincidencia, la cosa pintará mal para él.

—Aunque logremos acotar la búsqueda para el laboratorio, seguramente tardarán varios días en llegar los resultados.

—Esperemos a ver qué nos presentan mañana Gräfe y Wolf. Alex recogió su chocolatina de la máquina.

—¿Y qué hacemos hasta entonces?

—Dar el día por terminado.

—Eso suena como si lo hubieras decidido hace rato. Entonces, ¿para qué quieres los Snickers?

—Uno para el cajón y otro para ti. Le guiñó un ojo y le puso una chocolatina en la mano.