El asesino de ángeles (Bajetzky y Kuper 4) Capítulo 36
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Capítulo 36

—Ustedes otra vez —dijo Carlos Romero cuando abrió la puerta de su habitación de hotel tras varios golpes que, ante la impaciencia de Alex, habían acabado convirtiéndose casi en estruendos.

Los restos blancos de cocaína que se habían acumulado en las gotas de sudor sobre su labio superior llamaron de inmediato la atención de Alex.

— No me había fijado en que estaba nevando —dijo Alex—.

¿No deberíamos echar un vistazo por si se ha olvidado de cerrar las ventanas?

Carlos Romero estuvo a punto de protestar hasta que se dio cuenta de a qué se refería Alex. Rápidamente se frotó el rastro con la mano.

—También podemos limitarnos a hablar —sugirió Alex.

—Pasen —dijo él entre dientes, manteniendo la puerta abierta para que entraran los dos.

Sorbiendo por la nariz y sin dejar de frotársela, los guió al interior del ático, que parecía el escenario de una fiesta salvaje con al menos una docena de personas. Alex recordó fragmentos del documental sobre The Doors, en el que destrozaban ceremoniosamente una planta entera de un hotel.

—¿De qué me acusan ahora? —Se desplomó ostentosamente en el sofá y extendió los brazos sobre los respaldos.

Al hacerlo, el albornoz se le abrió, dejando al descubierto su pecho de palomo velludo—.

Debe de haber una sospecha razonable si se presentan aquí en mitad de la noche. Estoy seguro de que lo saben de sobra.

—Desde luego. Pero verá, es que no tenemos otros planes ni tampoco aficiones —dijo Alex.

—Casi me lo creo.

—Nosotros también tenemos nuestra propia opinión sobre usted —le interrumpió Emma, sentándose en uno de los sillones junto a Alex; detrás de este había un pañuelo de seda que, al parecer, se había deslizado del respaldo.

—¿Me han buscado en Google? Entonces no puede ser tan malo.

—Tenemos fuentes más fiables —dijo Alex, algo que inquietó a Carlos Romero por un breve instante—. ¿Está solo?

—No. Sea lo que sea lo que intenten colgarme, tengo una coartada —dijo con aire de suficiencia—. ¿Aylin? Ven a hacernos compañía.

Poco después, una mujer muy joven y visiblemente aturdida, vestida solo con un biquini, salió tambaleándose del dormitorio.

Apenas podía mantener la vista fija y claramente tenía restos de coca entre los pechos y en el vientre.

Alex tuvo que morderse la lengua para evitar comentar nada.

Emma cruzó las piernas, lo cual era una señal clara de que estaba tan tensa como él.

Alex saludó educadamente a la joven después de que ella se desplomara sobre el brazo izquierdo de Carlos.

—Aylin, estos son mis amigos de la policía.

—Ah —dijo ella simplemente, recogiendo del suelo la fina manta para envolverse en ella hasta el cuello.

—¿No se siente bien? —preguntó Emma.

—Sí —dijo Aylin con voz somnolienta—. Solo tengo un poco de frío.

—¿Han estado juntos toda la noche? —preguntó Emma.

—Creo que sí —dijo ella, frunciendo el rostro.

—¿Lo ven? —dijo Carlos Romero con confianza—. Continúen con sus preguntas.

—¿Está seguro de que deberíamos tratar esto delante de su nueva novia?

—Visto así, quizá sea mejor que no. —Le dio un codazo a Aylin, ya que ella por lo visto no se había enterado de lo que acababan de decir.

Sin mediar palabra, ella se puso en pie.

La manta se escurrió de su cuerpo y quedó olvidada en el suelo frente al sofá.

Aylin regresó tambaleándose al dormitorio y dio un portazo.

La mirada de Carlos Romero la había seguido y, de manera inconsciente, se lamió los labios. Eso le bastó a Alex para saber todo lo que pasaba por la cabeza de aquel hombre.

Finalmente, Romero los miró a ambos con expectación. —Venga, disparen. ¿Qué he hecho?

—¿Le suenan estos nombres? —Emma le entregó una transcripción de los nombres femeninos que figuraban en la lista de Robert Vogel.

—Los conozco todos —dijo él, lanzando la lista con descuido sobre la mesa, entre botellas de alcohol vacías y a medio llenar. Emma la recuperó antes de que el papel pudiera absorber más alcohol derramado.

—¿De qué las conoce? —preguntó Alex.

—Qué pregunta más tonta. Les hago pruebas de casting con frecuencia.

—Aunque, excepto en el caso de Julia, no exactamente para papeles importantes —dijo Emma.

—¿Han estado mirando las listas de reparto de los últimos años, o, si no, cómo saben eso?

—Eso es exactamente lo que hemos hecho —dijo Emma.

—Se me escapa por qué es importante para ustedes —dijo Carlos Romero.

—Nuestras investigaciones han revelado que usted produce vídeos sexuales y los utiliza para chantajear a las jóvenes de esta lista —dijo Alex, poniendo las cartas sobre la mesa.

Carlos Romero se quedó mirándolo un instante. Sus rasgos parecían congelados, pero de pronto la ira afloró en él.— Fuera de aquí.

—¿No tiene nada más que decirnos al respecto? —preguntó Emma.

—A partir de ahora solo hablaré con ustedes a través de un abogado.

—Entonces será mejor que lo llame de inmediato y le diga que esté en comisaría a las nueve en punto. Lo estaremos esperando.