Capítulo 23
E stoy oculto tras la sombra del viejo edificio de ladrillo, observando cómo sale de la Maison de l’Art .
A su lado camina su novio, Arvid, un hombre de hombros anchos y pelo oscuro.
Ríen y hablan en voz alta mientras toman el camino corto de vuelta a su piso.
Resulta agradable, por supuesto, que los dos se sientan tan cómodos.
Pero yo no me siento nada cómodo con lo que estoy haciendo. O con lo que me veo obligado a hacer.
Los sigo, manteniéndome entre las sombras y con cuidado de no llamar la atención. El trayecto es corto, pero lo bastante largo como para observar cada uno de sus pasos.
De repente, su novio se da la vuelta hacia mí. Sus ojos atraviesan la oscuridad. El corazón se me acelera y me agacho tras un contenedor de basura, aunque estoy seguro de que me han visto. Echo un vistazo por el lateral del contenedor.
Mierda . Vuelvo a cubrirme, conteniendo el aliento.
Sopeso mis vías de escape, pero no se me ocurre ninguna.
Soy un idiota; debería haber ideado un plan B de antemano.
Sé que tengo que desaparecer. O podría arriesgarme a una huida hacia adelante.
Reducirlo sería una opción. Pero entonces sabrán quién soy.
—¿Hola? —le oigo gritar. Sus pasos se acercan, volviéndose más rápidos. Me pongo en posición, inspiro y empiezo a correr.
—¡Oye! ¡Detente ahí mismo!
Su voz se aleja mientras me adentro en el callejón más cercano. Sus pasos se aproximan. —¡Voy a acabar contigo!
El pánico brota en mi interior. Sigo corriendo, maldiciéndome a cada paso.
El callejón desemboca en un laberinto de calles y patios traseros.
Menudo lío. Nunca he estado aquí. No tengo tiempo de buscar un escondite.
Esquivo contenedores y coches aparcados, me meto en un jardín, salto la valla baja y vuelvo a salir a la calle por el otro lado.
No tengo ni idea de si sus pasos siguen tras de mí o no.
Solo oigo mi propio aliento rasposo y el fuerte latido del pulso en mis oídos.
No me atrevo a mirar atrás y corro cuesta abajo hacia una zona arbolada, cuyo sendero apenas es visible.
No sé a dónde lleva. Lo principal es alejarme de mi perseguidor y alejarme de ella.
Una parte de mí desearía detenerse, rendirse y poner fin a todo esto.
Pero no puedo. Entonces ellos habrían muerto en vano.
El pensamiento de que aún no he terminado con ella y los demás me impulsa a seguir.
Una última descarga de adrenalina recorre mi cuerpo y consigo salir del bosque.
Me encuentro en una avenida en la que no había estado nunca.
Aminoro el paso, casi seguro de que le he dado el esquinazo, pero solo unos segundos después le oigo gritar: —¡Pedazo de mierda pervertido!
Tengo los labios secos, la garganta me quema.
El aire frío hace que se me contraigan los pulmones.
Doblo la siguiente esquina, luego otra, y no sé cómo he acabado en el nicho oscuro entre dos edificios.
Aunque necesito aire desesperadamente, contengo la respiración.
El corazón me martillea contra el pecho.
El redoble resuena en mi cabeza. Me siento mareado.
Unas estrellas estallan ante mis ojos y entonces lo veo pasar corriendo por delante de mí.
Oigo el eco de sus pasos; es un auténtico estruendo.
Poco a poco, exhalo de forma casi inaudible y dejo que la tensión abandone mi cuerpo. Ha faltado poco. Por los pelos.
Me quedo en mi escondite un buen rato antes de atreverme a echar un vistazo a la calle.
No hay moros en la costa.