El asesinato del profesor de matemáticas (El asesinato del profesor 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

M ariano Fernández.

Director del colegio al que iban.

Ni más ni menos.

Se quedaron paralizados.

—He estado esta misma tarde... con él —se estremeció Adela—. Me ha tenido allí, con el sobre en... en la mano y...

La realidad se abría paso por entre sus enturbiadas mentes.

Ya no les importaba haberlo descubierto, haber resuelto los ocho problemas, las siete pistas, haber cumplido la voluntad de su profesor de matemáticas. La magnitud de aquel nombre era como pretender acusar a...

¡Era el director de su colegio!

—¡Nadie va a creernos! —lo resumió Nico.

—¡No tenemos pruebas! —fue explícito Luc.

—¡Nos matará a nosotros también! —siguió pensando en su encuentro anterior Adela.

La miraron.

—¿A los tres?

—¡No puede matarnos a los tres!

—¿No pretenderéis que vayamos allí y...? —Adela estaba hecha un flan.

—Si ve que alguien lo sabe, se entregará, seguro —vaticinó Luc.

—No, se va a escapar, como dijo el Fepe —puso la evidencia decisiva Nico.

—¡Escapar!

—¿Qué hora es?

—¡Faltan nueve minutos para las seis!

No fue premeditado. Ni lo hablaron. Solo fue instintivo.

Se levantaron los tres y volvieron al colegio a más velocidad aún que a la ida, lo cual ya era de por sí difícil. La única diferencia es que esta vez Luc no se adelantó. No quería llegar el primero y solo.

Ahora estaban los tres metidos hasta el cuello en aquel espantoso lío.

Los tres.

—¡Corre, Nico!

—¡Ya, ya!

—¡Vamos, Adela!

Cruzaron calles, sortearon coches y motos cuyos dueños protestaron airados, regatearon a cuantos paseantes y demás fauna urbana se cruzaron en su camino, saltaron, patinaron, hicieron las mil y una, con las zapatillas tocándoles los traseros debido a la velocidad a la que iban.

Solo se detuvieron en un semáforo, menos de cinco segundos.

—¡Podía haber puesto las pistas más cerca!

—¡Claro que... cómo iba a saber él que...!

—¡Tres minutos!

Otra vez a la carrera.

Dos minutos.

Uno.

La imagen del colegio se recortó en su horizonte tras la última calle. Entendían por fin por qué el asesino se iba a escapar a las seis. Esa era la hora en que salía el director los viernes por la tarde. Lo más seguro era que no pensara regresar.

Lo que no entendían era el motivo.

Y bien pensado, tampoco lo de la huida a las seis.

Ni cómo Felipe Romero...

No podían pensar y correr, así que dejaron de pensar. Hicieron los últimos metros a una velocidad de infarto, sobre todo para Nico, y se precipitaron sobre la puerta del colegio, todavía abierta, en el mismo instante en que en el campanario cercano sonaba la primera de las seis campanadas horarias.

La puerta del despacho de dirección estaba abierta.

Y la cruzaron en tropel.

Como una banda de salteadores de caminos.

Al primero que vieron, de cara, tranquilamente sentado en su butaca, fue a Mariano Fernández, el director, el asesino, sonriente, con las yemas de los dedos unidas y apoyadas en sus extremos bajo la barbilla. Tan tranquilo como feliz.

Pero allí había alguien más.

Una visita.

De espaldas a ellos.

—Hola, chicos —los saludó el asesino.

La visita volvió la cabeza.

Entonces sí se quedaron de una pieza.

Helados.

Blancos.

Porque allí estaba el asesinado, o mejor llamarlo ya el presunto asesinado, más sano que unas pascuas, igualmente sonriente solo que acentuándolo de oreja a oreja, y con un aspecto de felicidad que contrastaba de todas todas con el que le imaginaban después de haberle visto cosido a balazos tres horas antes.

—¡Profe! —exclamaron alucinados.