El asesinato del profesor de matemáticas (El asesinato del profesor 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

L a última prueba. El último problema.

Podían tocar el éxito con las manos.

Descubrir al odioso asesino del pobre profesor de matemáticas.

Ya sería tarde, nada le devolvería la vida, pero al menos él estaría orgulloso.

Y ellos.

—¡Yo corro más! —gritó Luc a medio camino al darse cuenta de que Adela y Nico le retrasaban.

—¡Sí, adelántate por si puedes ir resolviendo el problema!

Aceleró y los dejó atrás.

En un momento ya los había perdido de vista.

Cruzó calles, sorteó coches y motos cuyos dueños protestaron airados, regateó a cuantos paseantes y demás fauna urbana se cruzaron en su camino, saltó, patinó, hizo las mil y una, con las zapatillas tocándole el trasero de la velocidad a la que corría.

Cuando llegó al parque el corazón le iba a mil por hora.

Se metió de cabeza en él.

La estatua estaba en el centro y era muy grande.

Eso implicaba tener que buscar el sobre y, a lo peor, encaramarse por ella.

Solo faltaría que alguien le llamara la atención o un guardia se lo impidiera.

Con intentar explicarle de qué iba la cosa, ya se les acabaría el tiempo.

Llegó hasta la placita central, rodeada de bancos en los que descansaban ancianos y ancianas, y, sobre todo, mamás con sus retoños apurando el sol de la tarde, y comenzó a dar vueltas en torno a la estatua, que era la de un gran escritor que había nacido allí mismo, en una calle de al lado.

También dio saltos, buscando el dichoso sobre.

Hasta que lo descubrió. En los pies del escritor, bajo una piedra que impedía que volara.

Saltó la cerca, se encaramó al pedestal, alargó la mano y retiró el sobre antes de que nadie le viera o pudiera protestar. El sobre, además de un gran número 8 entre signos de admiración, tenía una enorme cagadita de paloma en un ángulo.

—¡Oh, no! —tembló—. ¡Como se haya borrado el texto a causa de eso...!

El profesor Romero no había pensado en todo.

Lo abrió temblando y suspiró aliviado. La huella de la defecación palomar era visible, pero afortunadamente no había corrido la tinta con la que estaba escrito el problema.

Trató de calmarse lo justo para leer el enunciado.

Lo hizo una vez, tan rápido que...

Pero ya no hizo falta más.

Abrumado, desfallecido y sobre todo derrotado, se dejó caer al suelo con unas enormes ganas de llorar, que evitó por puro orgullo.

Sintió rabia.

Tan cerca...

Tan y tan cerca...

Y ahora aquello.

—¿Por qué, profe? —lamentó.

Miró en la dirección en que tenían que llegar Adela y Nico.

Tardaron todavía un par de minutos en aparecer por el paseo central del parque y casi otro en llegar hasta él. Cuando lo vieron, los dos dejaron de correr automáticamente. Su cara era lo bastante expresiva.

—¿Qué pasa? —se alarmó Adela.

Nico no dijo nada. No podía.

—Hemos perdido —se encogió de hombros Luc.

—¡No! ¿Por qué?

El muchacho les entregó la hoja de papel para que ella y Nico leyeran la última pregunta. Esta:

Problema nÚmero 8 y Último

Un hombre llenó con la sexta parte de su vida su infancia, con la duodécima su adolescencia y juventud.

Se casó pasada la séptima parte de esa vida y tuvo un hijo cinco años después de la boda.

Lamentablemente, ese hijo murió cuando tenía la mitad de la edad de su padre.

Triste por la pérdida, el hombre murió cuatro años después.

¿Cuál era la edad de su nieto, si al morir tenía 65 años más que él?

Pues ya está, colegas. Ahora con los ocho resultados ya no tenéis más que dar con el nombre de mi presunto asesino y resolver El asesinato del profesor de matemáticas.

Lo conseguiréis si jugáis a espías y dais con la clave.

Ah: sin letras compuestas como ch o ll, ¿vale?

¡Enhorabuena! ¡Y preparaos para la gran sorpresa!

—¡Es el problema que no supimos resolver en el examen! —exhaló Adela.

—¡El mismo maldito problema! —masculló entre dientes Luc.

—¿Por qué? —pudo proferir acaloradísimo Nico.

—¿Y por qué al final, cuando ya lo teníamos? —las lágrimas sí asomaron al rostro de Adela.

—Oh, no... ¡No! —la idea de la derrota se apoderó de Nico.

¡Tenía que ser aquel problema!

Se sentaron uno a cada lado de Luc. O mejor decir que se dejaron caer derrengados.

—No es justo.

—Es más que eso, es...

—Es una cerdada.

Ni siquiera compartir aquel fracaso les servía de consuelo. Se sentían como tres redomados inútiles.

—Quería que lo resolviéramos, eso es todo. Ya nos dijo que le parecía extraño que no lo hubiéramos hecho —dijo Adela.

—Pues ya me diréis: yo ni lo empecé —manifestó Nico.

—Yo llegué a plantearlo en realidad, aparte, en lo de las operaciones, pero como si nada —admitió Luc.

—Yo creí que lo había resuelto, pero los resultados finales no concordaban —exhaló muy triste Adela.

—¿Qué resultados finales? —arrugó la cara Luc mirándola.

—Pues planteé los quebrados e hice lo del mínimo común denominador, pero al final lo de arriba no era igual que lo de abajo, así que ya... Ni pasé las operaciones al espacio para resolver el problema. No vi ninguna salida, llegó la hora y... ¡adiós!

—Tú al menos lo planteaste —dijo Nico con admiración—. Eso tendría que contar.

—Vamos, tampoco te castigues la moral, hemos demostrado que somos bastante buenos —quiso alentarlo Adela.

—En equipo —le quitó importancia Nico.

—Bueno, en equipo, pero lo somos —afirmó ella—. Cada uno ha aportado algo, y sin ello no estaríamos aquí ahora.

—Vencidos —dijo fúnebre Nico.

—Solo por una prueba y...

—Espera, espera —insistió Luc, todavía colgado de las palabras de su compañera y con la misma cara arrugada—. Plantea la resolución como dices que hiciste.

—No vale la pena. No da.

—Hazlo. A lo mejor Nico y yo...

Adela se encogió de hombros.

Sacó el bolígrafo que había guardado en el bolsillo antes de echar a correr y, tomando una gran bocanada de aire, empezó a escribir al dorso de la hoja de papel cuadriculado con el enunciado de la última pregunta.

—Ese hombre ha vivido la sexta parte de su vida con la infancia, la duodécima con la adolescencia y juventud, se casa pasada la séptima parte de su existencia y cuando su hijo tiene la mitad de su edad va y la palma. Bueno, pues en teoría habría que sumar todas esas fracciones. Así:

—¿Mezclándolo todo? —preguntó Nico.

—Ya te digo que en teoría sí. Pero en la práctica no sale —volvió a decir Adela.

—A ver, sigue —fue tozudo Luc.

—Mira, lo haré paso a paso, pesado: busco el común denominador:

—Ahora, el mínimo común denominador es 2 por 3 por 7 por 2, ¿me seguís?

—Sí —asintieron Luc y Nico.

—Eso da 84 —hizo las multiplicaciones Adela.

—Muy bien —corroboraron ellos.

—Ahora los quebrados quedan así:

—Por consiguiente, y sigo paso a paso para que no os perdáis, el quebrado final es este:

—Pues sí —convino Nico.

—Eso está bien —asintió Luc.

—¿Entonces por qué arriba me sale 75 y abajo 84?

—¿Qué?

—¿Cómo?

—Sumad lo de arriba —les pidió Adela.

Era cierto. El resultado final daba:

—¿Vale, listo? —se enfurruñó Adela.

—Pero si eso está bien —dijo Nico—. ¿Cómo es posible que no...?

—Tiene razón —aseveró Luc, boquiabierto—. El problema se resuelve así, ahora recuerdo que puso algo parecido.

—Pues aquí no hay truco que valga —manifestó Nico.

Luc sintió una descarga de energía.

De arriba abajo.

—¿Qué has dicho?

—Que aquí no hay truco que valga —repitió Nico.

Luc leyó el enunciado.

—¡Seremos... idiotas! —exhaló.

—¿Qué pasa? —se envaró Adela.

—¡Tiene truco! —se puso a gritar—. No lo es del todo, pero como somos tres cabezas cuadradas... ¡Claro que tiene truco!

—¿Dónde?

—Pero si el enunciado no dice nada más que...

—¡Lo dice! ¿No lo veis? ¡Lo dice! ¡Es genial! —Luc estaba como poseído—. ¡Es tan claro que lo hemos pasado por alto!

—¿Qué hemos pasado por alto? —le zarandeó Adela.

—¡El 4 y el 5!

Abrieron la boca. Ya no hacía falta, pero Luc se lo dijo con palabras:

—¡Nos hemos olvidado de incluir los 5 años que pasaron desde la boda hasta el nacimiento de su hijo, y los 4 transcurridos desde la muerte de ese hijo hasta la suya! ¡4 y 5... suman 9!

—¡Y 75 y 9...!

—¡... suman 84!

Lo habían resuelto.

¡Lo habían resuelto!

—¡Ay, Dios! —suspiró Adela, mitad sorprendida, mitad rabiosa—. Lo tenía, ¡lo tenía!, pero no supe ver ese dichoso...

—¡Pero ahora ya está! —se puso en pie de un salto Luc.

—¡La edad del hombre era 84 años y, si al morir era 65 años mayor que su nieto, el nieto tenía entonces 19 años! —le imitó Adela.

—¡El resultado es 19! —hizo lo propio olvidándose de su cansancio Nico.

—¡Tenemos los ocho resultados de los ocho problemas!

Gritaban tanto que la gente los miraba como si estuviesen locos. Pero encima, cuando empezaron a dar saltos abrazados entre sí, la desconfianza ya fue total. Las mamás llamaron rápidamente a sus retoños por si aquellos tres se ponían peligrosos.

Claro que eso duró tan solo unos segundos.

Dejaron de gritar, abrazarse y dar saltos para plantearse la última pregunta, la definitiva:

—¿Y ahora qué?