El asesinato de la profesora de lengua (El asesinato del profesor 1) 20. VEINTE mil leguas de viaje submarino
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20. VEINTE mil leguas de viaje submarino

veinte mil leguas de viaje submarino

Jules Verne

N o reaccionaron hasta que ellos desaparecieron de su vista.

Entonces, Tasio soltó una bocanada de aire.

—¡Qué fuerte!—lo resumió todo.

—Resulta que es una tía legal—asintió Gaspar.

—Es más que legal—dijo Ana—. Nos quiere.

Dejó que la palabra penetrara lentamente en el alma de sus dos amigos.

Se hacía muy tarde para todos, especialmente para ella. Había dicho que llegaría de ocho a ocho y media. Claro que, cuando contase en su casa lo sucedido aquella extraordinaria tarde...

Igual no la creían.

Gaspar pensó en su padre, felicitándolo por el aprobado.

Tasio se dijo que en cuanto estuviese solo, intentaría recordar cada momento de lo sucedido.

—Esta noche os haré copia de las ocho cartas—dijo Ana—. Yo me quedo con los originales. Me los he ganado.

Ninguno puso la menor objeción. Habían sido un equipo, pero ella lo había hecho todo de forma desinteresada, por amistad.

Sin decir nada más, echaron a andar de regreso a la puerta principal, la que daba a la calle Mayor, atravesando la isla de paz en medio de la ciudad. El anochecer era hermoso, y el parque brillaba con los tonos del ocaso. De pronto, la vida volvía a estar llena de colores.

Sus mentes eran un inmenso castillo de fuegos artificiales.

—Hay que llamar a los demás—recordó Ana.

—Que se esperen—dijo en tono malévolo Tasio.

—Lo mismo digo—le respaldó Gaspar.

Incluso Ana sonrió con malicia.

Iba en el centro, con la mochila en la espalda, así que extendió sus dos brazos y les atrapó las manos con las suyas en un gesto de cariño y camaradería. Los dos chicos sintieron el vivificante contacto y sus corazones se aceleraron.

Casi era el mejor de los premios.

A partir de ese instante, cada segundo se hizo un poco más largo, y un poco más corto, y...

—Me gustaría escribir esto—suspiró Tasio.

—«El asesinato de la profesora de lengua»—lo bautizó Gaspar.

—Bueno, aquí ha sido al revés, no se trata de que hayan matado a una profesora, sino de que ella iba a cometerlo—dijo Ana.

Unos pocos pasos más.

Estaban aprobados, era viernes, tenían todo un fin de semana por delante, se acercaba el verano, se acababan de convertir en héroes, y...

—De todas formas, es el asesinato que nunca existió—se encogió de hombros Ana mientras apretaba un poco más las manos de sus dos compañeros—. Aunque lo hayamos resuelto de fábula.