El asesinato de la profesora de lengua (El asesinato del profesor 1) 19. DIECIOCHO rosas
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19. DIECIOCHO rosas

diecinueve rosas

Mircea Eliade

S intieron tanta alegría como alivio.

—¡Bien!—gritó Gaspar.

—¡La han cogido, la han cogido!—estalló Tasio.

Ana fue la primera en darse cuenta de la sonrisa de la señorita Soledad. Parecía muy feliz.

De todo, menos triste o compungida.

Y ni mucho menos detenida.

Los tres chicos se detuvieron, jadeando por el esfuerzo, delante del cuarteto del banco. Todos sonreían de oreja a oreja y les miraban con cara... como de chiste. Hasta el policía, tan serio en clase y ahora risueño, en plan festivo total.

—Os dije que lo conseguirían—habló la profesora de lengua, dirigiéndose a sus compañeros de banco.

—Nunca lo hubiera creído—le respondió el jefe de estudios.

—Eso es porque no tenéis fe—suspiró la señorita Soledad.

—No, si listos son, pero como no les da la gana de estudiar, y menos de leer...—suspiró la directora.

—Ytenías razón—repuso el inspector de policía—. Son esos dos de los que me hablaste. ¿Quién es TNT y quién GOL?

—Tasio es TNT—indicó la maestra señalándole con el dedo—. Y Gaspar es GOL.

¿Cómo sabían eso?

Lo pasaron por alto. Ana, Tasio y Gaspar se miraron entre sí. No entendían nada. O tal vez lo entendían todo pero se negaban a aceptarlo. No después de las horas que acababan de pasar, corriendo de un lado a otro y resolviendo más problemas que en un examen.

—¿Qué está... sucediendo aquí?—apretó las mandíbulas Tasio.

—Está claro, ¿no?—dijo la profesora de lengua.

—¿Nos... han tomado el pelo?—balbuceó Gaspar.

—No—fue terminante ella—. Os he demostrado que sois listos, y que si leyerais, lo seríais más, y que en las letras y en las palabras se esconde un mundo infinito de belleza y diversión, bien sea a través de unos simples juegos como los que os he puesto, o bien sea a través de la lectura de una buena novela.

—¿Así que no se ha vuelto loca?—Ana pareció alegrarse.

—Enfadada sí estoy—admitió la señorita Soledad—, y a veces incluso frustrada y con ganas de asesinaros—sonrió—. Pero de loca, nada. Siempre pienso que en el curso siguiente leeréis más, o que lograré convenceros de la maravilla que eso representa.

—¿Ha montado todo este lío para demostrarnos...?—apenas si pudo seguir Ana.

—Sí.

—¿Estaban todos conchabados?—quiso saber Tasio.

—Buena expresión—admitió el jefe de estudios—, aunque quedaría mejor y más apropiada «confabulados».

—¿Qué pasa, que no podemos divertirnos también un poco nosotros?—manifestó la directora—. Cuando la señorita Soledad nos expuso su plan, nos pareció genial. Ella quería daros una oportunidad, y nosotros le dijimos que no había nada que hacer.

—Nos alegra haber perdido—reconoció el señor Valerio.

—Sí, ella ha ganado—siguió la señora Bienvenida—. Lo habéis conseguido. Y eso que algunas pruebas se las traían.

Gaspar miró al inspector Atienza.

—¿Usted es policía?—preguntó.

—¿Yo?—La idea se le antojó ridícula—. No, claro que no. Pero actor aficionado, sí.

—Es mi primo Baltasar—dijo la señorita Soledad.

—¿Ni siquiera se llama Manuel Atienza León?

—Baltasar García Majandrín.

BGM. Sus iniciales ni siquiera decían nada. Era un amorfo.

Ana, Tasio y Gaspar se quedaron sin habla.

—Eh, ¿qué os pasa?—frunció el ceño la profesora de lengua.

—¿A usted qué le parece?—Tasio seguía siendo el más enfadado.

—¡Lo habéis conseguido!

—¿Y el canguelo que nos ha hecho pasar pensando que iba a matar a uno de nosotros?

—Os lo merecéis, por lo mal que me lo hacéis pasar a mí durante todo el curso—asintió vehemente ella—.

¿O crees que yo me siento feliz viendo cómo desperdiciáis vuestra vida y vuestra inteligencia?

¿Cómo puedo haceros entender que leer os salvará el futuro, os hará mejores personas, más dignas de este mundo, más responsables y válidas?

¡Esto ha sido un juego, Tasio, pero lo que os espera no lo es, y tenéis que estar preparados!

¡Venir al instituto no lo es todo, ni aprobar las asignaturas!

¡Habéis de alimentar esto!—señaló su frente.

—Bueno, no les sueltes ahora un rollo dogmático—intervino su primo—. Bastante tienen con asimilar esta... experiencia, por llamarlo de alguna forma.

—¿Vais a leer el libro que os propuse?—preguntó la maestra.

—Lo leímos anoche—dijo Gaspar.

Logró sorprenderla.

—¿Ah, sí?

—La vimos tan disgustada que...

—¿Y qué tal?

—Nos gustó—admitió el chico.

—Mucho—añadió Tasio.

—Entonces, voy a aprobaros—los premió la profesora de lengua.

Se les detuvo el corazón.

—¿De verdad?

—No solo por haber leído el libro, sino también por haber resuelto las pruebas y haber llegado hasta aquí.

—Ana nos ha ayudado mucho, y ella ya lee y estaba aprobada—admitió Tasio.

—Aella le subiré la nota a sobresaliente.

—Gracias—se quedó boquiabierta la chica.

—¿Quién más os ha echado una mano?

—Esperanza Ferrer y Julio Serradell, desde sus casas.

—¿Sonia Romero, Pedro Cerezo y Fernando Cuevas...?

No podían mentir. Era absurdo hacerlo. La quiosquera, los del bar, la portera de la casa..., todos les habían visto solo a ellos tres.

—Creía que seríais más—hizo una mueca de resignación la maestra—. Pero me vale con vosotros.

—Los más burros de la clase—bajó la cabeza Gaspar.

—No digas eso—le cortó el jefe de estudios—. Cada uno es lo que quiere ser y responde según se siente. Si quieres ser un tonto, serás un tonto. Si te sientes tonto, serás un tonto.

—Eso es lo que da leer—aprovechó para decir la señorita Soledad—: Fuerza, convicción y carácter, seguridad en uno mismo.

Poco a poco, la idea del aprobado era la que más les entraba en la cabeza. La furia de Tasio menguó. El pasmo de Gaspar quedó atrás. En el fondo, estaban empezando a sentir ganas de reír y echar a correr de nuevo, para disfrutar de aquel momento.

—Podéis sentiros orgullosos—la directora se puso en pie.

—Nosotros hemos de irnos—la secundó el jefe de estudios—. Se hace tarde.

El falso policía y la profesora de lengua los imitaron.

—Hasta el lunes—se despidió ella.

—¿Va a... contar esto?—frunció el ceño Tasio.

—Desde luego. Y ya podéis llamar al resto para decirles que ni estoy loca ni voy a matar a nadie.

Encima, serían héroes.

Los cuatro adultos echaron a andar tranquilamente en dirección a la salida del parque.

Ellos se quedaron tal cual, de pie, convertidos en estatuas de piedra.

Todas aquellas horas yendo de un lado a otro y resolviendo problemas lingüísticos y ahora, tras frenar en seco y llevarse la sorpresa de sus vidas. ..

—¡Gracias!—gritó Ana de pronto.

Sin volver la cabeza ni dejar de caminar, la profesora de lengua levantó su mano derecha y correspondió con ese sencillo gesto a la última palabra de la chica.