El asesinato de la profesora de lengua (El asesinato del profesor 1) 17. DIECISIETE cuentos y dos pingüinos
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17. DIECISIETE cuentos y dos pingüinos

diecisiete cuentos y dos pingüinos

Daniel Nesquens

¡ N o puede ser!—jadeó Gaspar, agotado por la carrera.

—¿Qué hemos hecho mal?—casi lloró Ana.

Por si acaso, entraron en el cajero automático y lo registraron. Nada.

Escudriñaron cada rincón, y también la fachada. Ningún sobre a la vista.

—Déjame el papel—pidió Tasio.

Se apoyó en la pared y leyó por enésima vez el texto, despacio, deletreando cada palabra por si hubiera en ella un número oculto.

—Eso es que los artículos cuentan como números—afirmó Gaspar.

—No creo que se permitiera ese desliz—dijo Ana—. Menuda es la SOS con la precisión.

Tasio cerró los ojos.

—Lo tengo—suspiró.

—¿Cómo que...?

—¿En serio?

Se lo enseñó colocando su dedo índice sobre uno de los versos, el primero del décimo cuarteto.

—No hemos contado este «sastres» ni ese «ciento» que están en mitad de la línea.

—¡Es cierto!—abrió los ojos Ana—. ¡Se nos ha pasado!

—¡Hemos visto el uno y el mil del cuarteto cuatro y el tres del once, pero no nos habíamos dado cuenta de que ahí, escondidas, había más cifras!—rezongó Gaspar.

—Así que el número es el trescientos sesenta y seis.—Tasio miró la acera frontal—. ¡Que está justo ahí delante!

—¡Menos mal!—bufó su compañero—. Si hubiera estado en la otra punta, sí que no llegamos.

Cruzaron la calle. Encontraron a la portera del edificio en su garita, haciendo calceta. Cuando les vio, no tuvo la menor duda de quiénes eran. Sonrió con expresión seráfica y les dio el sobre que tenía sobre la mesita.

—Oiga, ¿quién vive aquí?—le preguntó Tasio.

—La señorita Soledad, por supuesto.—La sonrisa se hizo mayor—. Pero no está en casa, claro.

—Claro—suspiró, dejando caer la cabeza sobre el pecho.

—Tenemos el último sobre—le recordó Gaspar.

Ana ya lo estaba abriendo en la calle. Se reunieron con ella y leyeron la nota.

El posible fin de su pesadilla.

PRUEBA N.º 8

La última letra, la número ocho, es la última de la palabra que sobra de esta lista.

Arroz

Alas

Animal

Aparta

Rata

Lava

Orbe

Social

León

Nata

Ocas

Subo

Sabor

Campeón

Raro

Sanar

Notar

Orcas

Adulas

Nenitas

PISTA FINAL

En esta sopa de letras hay nada menos que 35 escritores escondidos, horizontal, vertical y diagonalmente, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, pero siempre de arriba abajo (os lo he puesto fácil).

Tenéis que encontrarlos todos porque con las casillas no utilizadas conseguiréis leer la frase decisiva, la que os conducirá al final del juego.

Porque es un juego... aunque sea a vida o muerte, ¿verdad? ¡Suerte si habéis sido capaces de llegar hasta aquí, y recordad que a las ocho en punto me iré a por uno de vosotros si no habéis dado conmigo! ¡Ja, ja, ja!

—Creo que la mataré yo a ella si lo conseguimos—lamentó Gaspar.

—Vamos a lograrlo. Ahora ya es fácil—dijo Ana con determinación—. La pista final es solo cuestión de paciencia.

—¿Y la última letra?

—Chupado—aseguró Ana—. ¿Recordáis lo de los palíndromos?

—Sí.

—Pues esto es lo otro, lo de los bifra... bifro...

—Bifrontes—lo dejó claro Tasio, haciendo gala de su buena memoria.

—Exacto: palabras que se leen por los dos lados con significados distintos.

—Arroz... zorra—comenzó a examinarlas Gaspar—. Alas salas, animal lámina, aparta atrapa, rata atar...

Llegaron a la decisiva los tres al mismo tiempo.

—¡Campeón!—exclamaron.

No podía leerse al revés, porque «noepmac» no significaba nada.

—¡Tenemos la octava letra: la N!—suspiró emocionada la chica.

—Esto nos da... dos L, dos A, una C, una O, una I y una N—hizo memoria Tasio.

—No nos metamos ahora con eso, vamos a sacar autores de esta sopa de letras—los apremió Ana dando otro vistazo de soslayo a su reloj.

—Por si acaso, ten la línea abierta con Esperanza—le sugirió Gaspar a su compañero—. Creo que nos hará falta, porque de nombres de escritores no estamos lo que se dice sobrados.

Tasio llamó a la chica. Ella sí estaba pendiente del teléfono.

—¿Cómo vais?

—Ya casi estamos, pero son casi las ocho y nos falta la última pista. Hemos de encontrar 35 nombres de autores en una sopa de letras. ¿Preparada?

—Adelante.

Ana ya los estaba encontrando. Gaspar y Tasio se le sumaron.

—En las horizontales veo... ¿Steinbeck?—se detuvo en la primera línea.

—Steinbeck—le dijo Tasio a Esperanza por teléfono. Y se lo deletreó pacientemente.

Ana siguió buscando nombres.

—John Steinbeck—reapareció la voz de Esperanza—. Hizo grandes obras como Las uvas de la ira o La perla y...

—No te enrolles—la detuvo Tasio—. Solo confírmalo.—Y dirigiéndose a Ana le dijo—: Steinbeck.

La chica enmarcó el nombre con el bolígrafo.

—Yo ya tengo más—señaló el cuadrado lleno de letras—. En la línea dos está Dahl, por Roald Dahl, el de Charlie y la fábrica de chocolate; en la tres está Cervantes, y en la seis Esopo, el de las fábulas.

—¿Y este Zola de la línea ocho?

—No me suena de nada—admitió ella.

—Zola—dijo Tasio.

Otra breve espera.

—Émile Zola, sí—lo confirmó Esperanza.

Ana ya había detectado el siguiente.

—Shakespeare en la nueve... Aquí aparece un posible nombre, Vian.

—Vian—dijo Tasio—. Uve, i, a, ene.

Esperanza tardó un poco más.

— Escupiré sobre vuestra tumba.

—¿Qué?—no entendió nada el chico.

—Que digo que esa es una de sus obras.

—Vale, Vian—asintió en dirección a Ana.

—Poe y Lorca en la doce... Nabokov en la trece...—miró a Tasio—. No sé quién es, pero tiene que ser un escritor, seguro. Más abajo están Chejov en la catorce y Cortázar en la quince, que también me suenan a escritores.

No tuvo que decírselo a Esperanza, porque había puesto el móvil junto a los labios de Ana.

La chica del otro lado fue de nuevo rápida.

—Chejov y Cortázar seguro. Nabokov...—pasaron apenas cinco segundos—. Sí, es uno muy famoso.

—¡Ya tenemos doce!—se frotó las manos Gaspar.

No quisieron mirar el reloj.

—Vamos a por los verticales—se lanzó Ana—.

Quevedo y Cela en la uno... Aquí hay un Emerson en la tres, pero no hace falta que le preguntes porque está claro que es un nombre.

.. Ninguno en la cuatro..., ni en la cinco.

..—Sus ojos iban a toda velocidad, buscando palabras hilvanadas por en medio de la sopa de letras, que con razón se llamaba así el juego—.

¡Kafka en la seis!—Se alegró de tropezar con otro después de comprobar que tampoco había ninguno en la siete, la ocho y la nueve—.

¡Baroja, abajo en la diez! ¡Y Dickens en la once, Galdós en la doce y Lope de Vega en la trece! ...

—¡Y ya está!—la ayudó Gaspar—. ¡Delibes y Andersen en la catorce y García Márquez en la quince!

—¿Cuántos llevamos?—preguntó Tasio.

—Doce de antes y..., veamos..., once de ahora... ¡Veintitrés!

—Estos son los más difíciles—dijo Ana poniendo el bolígrafo en diagonal para tratar de descubrir los nombres que se escondían en este sentido de la lectura—. Veamos primero de derecha a izquierda...

Pareció no encontrar ninguno, hasta que dio con el primero.

—¡Dante!... ¡Y aquí está Clarín!

—¿Quién es ese?—dudó Gaspar.

—Ya te lo explicaré luego, pero está en el libro de literatura—chasqueó la lengua Ana—. ¡Capote..., Ende, el de La historia interminable ..., y Eco!

—Aquí veo un Rueda—señaló Gaspar.

Ana no lo tuvo claro.

—¿Rueda?—preguntó Tasio por teléfono.

Otros pocos segundos, que iban amontonándose demasiado rápido.

—Sí—se lo confirmó Esperanza.

—No veo más—suspiró Ana.

—Seis. Llevamos veintinueve—hizo el cálculo Gaspar.

Ya solo quedaban los diagonales de izquierda a derecha.

—Aquí está Borges..., King, que supongo que será Stephen King..., Verne..., ¿Sierra i Fabra?

—Con este nombre es escritor, seguro.

—¿Sierra i Fabra?—le preguntó Tasio a Esperanza.

—¿No recordáis que leímos un libro suyo el año pasado?—le refrescó la memoria la chica al otro lado de la línea.

—¡Ah, sí!—le hizo un gesto de aprobación a Ana mientras la escuchaba—. Un tío majo.

—Pues... listos—dijo ella.

—Veintinueve y cuatro...—Gaspar se quedó blanco—. ¡Treinta y tres!

—¡Maldita sea!—lamentó Tasio—. ¡Faltan dos!

—Han de estar en las diagonales, seguro—suspiró Ana, sin dejarse abatir por la adversidad—. Vamos, ayudadme, buscad todo lo que parezca un nombre, por raro que sea.

—¿Y si es ruso con muchas íes griegas o equis?—se asustó Gaspar.

—¡Pues lo encontramos y ya está!

Ana volvió a poner el bolígrafo, primero en las diagonales de derecha a izquierda.

No se dejó llevar por el pánico. Actuó con cautela, leyendo todas las palabras aunque las formasen letras al parecer inconexas.

—¿Puede ser Pla?—se detuvo de pronto.

Esperanza se tomó su tiempo mientras ella seguía, por si acaso.

—¡Josep Pla, sí!—gritó la voz de la línea telefónica.

—Uno, falta uno—apretó los puños Gaspar.

Los tres se lanzaron sobre la sopa de letras.

—No está en las diagonales de derecha a izquierda—dijo Ana pasando a las de izquierda a derecha.

Lo vieron casi al mismo tiempo, Gaspar y ella.

—¡En la misma diagonal de King sale Uris!

La espera final.

—¡León Uris, autor de Éxodo! —les cantó Esperanza.

—¡Treinta y cinco!—saltó Gaspar.

—Gracias—se despidió Tasio de su interlocutora soltando la tensión nerviosa—. ¡Te llamo luego!

—¡Jobar con la SOS!—A Gaspar el corazón le latía a mil—. ¡Mira que lo ha puesto difícil!

—Ahora hemos de formar una frase con las letras de la sopa de letras que no hayan sido empleadas en ninguno de los nombres de los escritores—llegó al borde de la excitación Ana.

La sopa de letras había quedado ahora así:

Empezaron a leer las letras de las casillas no utilizadas en ningún nombre:

—Com... binad... las... letras... id al par...que... último ban... co.

Los tres se envararon.

—¿Parque? ¿Qué parque?—se asustó Gaspar.

—¿Seguro que pone eso?—se inquietó Tasio.

Ana marcó las letras sueltas, una a una, para confirmarlo.

—«Combinad las letras id al parque último banco»—lo volvió a leer, ahora de un tirón.

—Entonces las ocho letras...

—Las ocho letras nos dirán el nombre del parque, y en el último banco está ella. De eso se trata.

—¡Ay, Dios!—Gaspar alzó los ojos para ver el reloj de la torre.

Las ocho menos tres minutos.

—¡Rápido, las letras!

Ana ya tenía el bolígrafo en la mano. No tuvo que sacar nada de la mochila de su espalda porque usó el sobre de la última prueba y la pista final. Escribió las ocho letras con mayúsculas y en el orden en que las habían conseguido.

CAOILALN

—Ahora sí que la hemos pringado—reconoció Gaspar.

—Tan cerca, a un paso...—lamentó Gaspar.

—Es una combinación de ocho letras, y eso en matemáticas nos da un número de probabilidades...—se sintió perdida por primera vez Ana.

Las ocho menos dos minutos.

—Yaunque lo descifremos no llegamos.

—Imposible.

—Nos la ha jugado.

Estaban lejos de sus casas, tanto que ella podía cumplir su amenaza y asesinar a uno antes de refugiarse bajo el amparo de sus hogares.

Una sombra siniestra se abatió sobre ellos.

Y era real: la noche extendía su primer manto sobre la ciudad.

El bloqueo duró apenas diez segundos, aunque se les hicieron eternos.

Luego, el flash .

—De todas formas...—musitó Tasio estremeciéndose al comprender lo evidente.

—Solo hemos de pensar en un lugar de por aquí que tenga esas letras, ¿no?—reflexionó Gaspar.

—Ya fin de cuentas... ¡es un parque!—se dio cuenta Ana de lo más simple y esencial—. ¿Cuántos parques hay en la ciudad?

Se quedaron blancos.

Habían estado a punto de rendirse cuando la simpleza de la respuesta la tenían casi delante de los ojos.

Estaban frente al parque de La Colina.

La Colina.

Miraron las ocho letras.

LA COLINA

—¡Está ahí!—gritó Ana.

Las ocho menos un minuto.

—¡A la carrera!

Y salieron como una exhalación, con los talones pegados a sus traseros.