El asesinato de la profesora de lengua (El asesinato del profesor 1) 16. DIECISÉIS esbozos de mÍ mismo
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16. DIECISÉIS esbozos de mÍ mismo

dieciséis esbozos de mÍ mismo

Bernard Shaw

I ban a marcharse, apremiados por la hora y el tiempo, que transcurría cada vez a mayor velocidad, pero Tasio no dejó pasar la pequeña oportunidad que le brindaba el comentario hecho por el hombre.

—Oiga, ¿ha dicho... Sole?

—¿Qué?

—¡Ha mencionado a Sole!

—Sí, y no grites tanto.

—¿La conoce?

—Es prima de ella—señaló a su mujer.

—Pues se ha vuelto loca, ¿lo sabe?

—Depende. La verdad es que sois bastante burros y la tenéis desesperada. Pero yo no creo que esté loca. Tiene un carácter...

—Vámonos, TNT—le apremió Gaspar.

—Estamos metidos en un lío tremendo por su culpa.—El chico no se rindió.

—Cada cual se mete en los líos que quiere y se busca—pareció ponerse de parte de su prima la señora.

—Ya discutiremos esto luego—suplicó Ana.

Los dos tiraron de él. La única que no decía nada era la muchacha, la hija, que tenía los ojos fijos en la mesa. Sin embargo, a Tasio le pareció que estaba sonriendo.

Era hora de seguir con el juego, o lo que fuera aquello.

Tan diabólico.

No caminaron mucho al llegar a la calle. Apenas unos pasos y volvieron a sentarse en el bordillo para abrir el sobre.

—¿Por qué estás enfadado?—le preguntó Gaspar a su amigo.

—Porque todo el mundo parece confabulado para fastidiarnos. Ella quiere matar a uno y los demás como si tal cosa, la quiosquera, Agamenón, esa gente del bar...

—¿Leo esto?—les interrumpió Ana.

—Sí, adelante.

Se concentraron en la nueva prueba y la siguiente pista. El texto de la nota de la profesora de lengua decía:

PRUEBA N.º 7

Es extraño mojar queso en una cerveza o probar whisky de garrafa.

Esta frase no es así porque a alguien se le ocurriera ponerse idiota y dedicarse a escribir cosas raras o incomprensibles. Esta frase tiene sentido porque se trata de un pangrama. ¿Y qué es un pangrama, os preguntaréis? Pues averiguadlo y así encontraréis la séptima letra.

PISTA PARA EL SIGUIENTE SObrE

Yo compadezco a los sastres,

porque de los hombres todos

no hay otros que de más modos

sufran mayores desastres.

Por eso soy su vocero

y, si me lo permitieseis,

os rogaría que fueseis

también su amigo sincero.

Siempre humilde fue su cuna

y, como viven sentados,

nunca fueron encumbrados

en hombros de la fortuna.

No hay uno entre ochenta y nueve

que en mil casos repetidos

no remiende sus vestidos

y los ajenos renueve.

Y entre ciento no habrá uno

que haya subido a un birlocho

o haya probado un bizcocho

en su frugal desayuno.

No les vale estar armados

para cortar sus vestidos:

por la aguja son heridos

y por la plancha quemados.

Un rey hubo cervecero,

y cerrajero hubo alguno

que, infeliz como ninguno,

cayó al golpe del acero.

Hubo papas y soldados,

por supuesto no eran lerdos,

que después de cuidar cerdos

fueron al solio exaltados.

Pero acerca de los sastres,

que por cierto no son rudos,

los anales están mudos

y solo cuentan desastres.

No a los sastres acuséis

de sus percances en medio,

buscad a su mal remedio

y no a infamarlos paséis.

En su taller encorvados

los veréis mustios y cuerdos,

pues solo un brazo y tres dedos

mantienen siempre ocupados.

Allí, lector, no penetres,

allí llueven los petardos

de los blancos, de los pardos,

de todos los petimetres.

Porque no faltan belitres

que, a estafar acostumbrados,

hacen con esos cuitados

el oficio de los buitres.

¡Cuántos chalecos fiados

y pantalones medidos

que luego han sido pedidos

y nunca han sido pagados!

Dura verdad, no me arrastres

a decir que en ambos mundos

hierven rencores profundos

en contra de nuestros sastres.

Vienen a nuestros mercados

baratísimos vestidos

por los franceses vendidos

y por nosotros comprados.

Preciso es que confeséis

que están por esto arruinados,

mas no por ser desgraciados

de su desgracia abuséis.

Esta hermosa (y larga) prueba de ingenio se llama «Los sastres» y es de autor anónimo.

Qué cosas, legar algo a la humanidad y que no se sepa que lo has hecho tú.

Eso es porque antes había gente muy modesta, que solo hacía su trabajo bien hecho, sin pretender la fama.

En fin, a lo que íbamos. El siguiente sobre se encuentra en la calle Mayor.

Pero ¿en qué número? Ah, es sencillo: solo tenéis que sumar TODOS los números que aparecen en el poema y restarle mil.

Todos, incluso los medios. La portera del edificio tiene el sobre.

Ni que decir tiene que, como os equivoquéis en un solo número, no vais a dar con la casa, y la calle Mayor, ya lo sabéis, es la más larga, así que no podéis ir casa por casa antes de las ocho.

¡Abrid los ojos!

—Si es que parece que cada vez se lo esté pasando mejor—advirtió Tasio.

—No debe de haber disfrutado ni nada preparando todo esto.—Gaspar no apartaba los ojos del larguísimo poema de los sastres—. Pero parece sencillo, ¿no? Quiero decir que ahí solo sale un número, el ochenta y nueve de este párrafo—puso un dedo en el cuarto cuarteto.

—Primero la prueba—insistió Ana.

—¿Qué es un pangrama?—volvió al orden Gaspar.

—De eso se trata. Hay que llamar a Julio.

Tasio recuperó el número en la memoria de su móvil y pulsó el dígito de «llamada». El tono, al otro lado, le indicó que su salvación informática estaba comunicando.

—¡Maldita sea!—protestó.

—Bueno, vamos a resolver lo del poema—concedió Ana.

—Pero si ya está—insistió Gaspar—. Es el ochenta y nueve. No hay más número que ese.

—Releámoslo despacio, ¿vale?—quiso asegurarse ella—. Dice que sumemos todos los números, y lo pone en mayúscula.

—Incluso los medios.—Tasio puso cara de no entender nada—. Seguro que esto también tiene truco.

—Yademás dice que le restemos mil, es verdad—reflexionó Gaspar.

Releyeron el poema, cada cual para sí mismo y en silencio.

—Fijaos—señaló Tasio—. En el cuarto, antes del ochenta y nueve, aparece la palabra uno.

—Yen la línea de debajo está el mil, así que ya son mil noventa—asintió Gaspar.

Nuevo silencio.

—¿Contará este «un» con el que empieza el séptimo cuarteto?

—No, porque es un artículo, no un número—estuvo segura Ana—. Si fuera uno o una, sí.

Leyeron un poco más.

—Aquí, en el cuarteto número once. Hay un tres.

—Mil noventa más tres son mil noventa y tres.

—Pues no hay más.

—Releámoslo otra vez—quiso estar segura Ana.

—No hay más, seguro.

—¿Así que mil noventa y tres menos mil... es la calle Mayor número noventa y tres.

—Parece tan fácil...

—No lo va a complicar todo, digo yo.

Ana y Tasio miraron a Gaspar.

Y mientras ella hacía otra lectura más, Tasio llamó por segunda vez a Julio.

Esta vez tuvo más suerte.

—¡Estabas comunicando!—le gritó.

—Caray, tengo otras cosas que hacer, y era mi abuela—se defendió el genio informático.

—¡Nosotros en peligro de muerte y tú hablando con tu abuela!

—¿Cómo vais?

—Estamos cerca. Si conseguimos esta letra, solo nos faltará una.

—¿Qué necesitas?

—Saber qué es un pangrama.

—Marchando.

Tasio se mantuvo a la espera. Ana seguía leyendo el poema. De pronto dijo:

—¡Qué burros somos!

—¿Por qué?—se inclinaron sobre ella los dos chicos.

—¡Porque esto está lleno de números!—gritó la chica—. ¡Todo el poema es un inmenso número! ¡Incluso hay dos medios, como decía el texto de la pregunta!

Pensaron que se había vuelto loca.

—¿Dónde están los números?—alucinó Gaspar.

Julio reapareció en el oído de Tasio con la respuesta a su pregunta.

—Un pangrama es un pequeño texto en el que aparecen todas las letras del abecedario, sin las dobles, claro, nada de CH o LL.

—Gracias, tío.

Les repitió lo dicho por Julio, pero ahora su atención estaba centrada en la sorprendente revelación de Ana.

—¿No os dais cuenta de que absolutamente todos los versos terminan con un número?—les hizo ver la chica.

Lo comprobaron.

—Sastres, todos, modos, desastres...

—Vocero, permitieseis, fueseis, sincero...

—Tres, dos, dos, tres, cero, seis, seis, cero...—fue cantando Ana.

Tasio y Gaspar se quedaron pálidos.

—¡Qué pasada!—admitió el primero.

—¿Cómo te has dado cuenta?—preguntó el segundo.

—Porque «ochenta y nueve» rimaba con «renueve», y luego he visto «bizcocho» y «birlocho»... Se me ha encendido la bombillita.

—Yo no lo habría visto en años—admitió Gaspar.

—No seas bobo, pues claro que lo habrías notado—le defendió Ana—. Lo que pasa es que estamos colapsados, y tan cerca del final...

—Venga, vamos a sumar—propuso Tasio.

—En el primer cuarteto son tres, dos, dos y tres.

—En el segundo son cero, seis, seis y cero.

—En el tercero hay uno, dos, dos, uno.

Tasio y Gaspar iban averiguando los números con los que terminaban las palabras de los versos, y Ana los anotaba en un papel con su bolígrafo.

—En el cuarteto diez están los medios, es verdad—suspiró Gaspar.

Siguieron contando.

Al final, Ana hizo la suma.

—Teníamos mil noventa y tres de antes, y ahora he sumado ciento setenta—dijo.

—Total mil doscientos sesenta y tres, menos mil... ¡El número de la calle Mayor es el doscientos sesenta y tres!

Gaspar ya se disponía a ponerse en pie.

—Espera—lo detuvo Ana—. Veamos primero cuál es la respuesta de la prueba. Lo del... pangrama.

—Esa es fácil—dijo Tasio—. Si es una frase en la que están todas las letras del abecedario, solo hay que ver qué letra no aparece en ella.

Examinaron la frase: « Es extraño mojar queso en una cerveza o probar whisky de garrafa». Luego, iniciaron la búsqueda.

—Está la A, la B, la C...

Al llegar a la L se detuvieron. Era la que faltaba en el pangrama.

—Pues ya está: la séptima letra es la L—se relajó Ana.

—Ya tenemos siete—dijo Tasio—. ¿Y si fueran suficientes para saber el lugar donde está? No vendrá de una letra.

—Vamos a seguir las reglas del juego—le previno Ana—.

Puede que sí sea cierto que nos esté espiando o que alguien nos siga en su nombre.

Es más, una letra es una letra. Imagínate que con solo siete nos sale una palabra totalmente distinta a la que obtendríamos con las ocho que dice que tiene ese sitio.

Y no olvides que nos falta la última pista. Sin duda, será la clave final.

Estaban atrapados.

—Sí, hay que seguir—asintió Gaspar.

—¿Qué hora es?—quiso saber Tasio.

—Apenas faltan quince minutos para las ocho—se estremeció la chica—. Y si hemos de ir de un lado a otro...

—No llegamos—se puso fatalista él.

—Pues habrá que correr más, así que...—Gaspar, ahora sí, fue el primero en salir disparado hacia la calle Mayor.

Tardaron menos de cinco minutos en alcanzar su destino, y entonces...

Volvieron a quedar consternados cuando vieron que el doscientos sesenta y tres... era otro banco, justo en la esquina del parque de La Colina, tan cerrado a esa hora como el anterior.