13. Viernes TRECE
Viernes trece
David Goodis
L legaron tan a la carrera a casa de Gaspar que por poco no se llevaron por delante a una vecina al entrar en el vestíbulo.
La mujer quedó aplastada en la puerta, jadeando, diciendo que iba a darle un ataque de nervios ante tan manifiesta alevosía.
Como nadie le hizo caso, decidió reservarse el ataque para cuando tuviera más público y salió a la calle.
Ellos ya estaban ante los buzones, y Gaspar abría el suyo con mano trémula.
En efecto, el sobre estaba allí.
Esta vez, el que extrajo la hoja de su interior fue él.
—Allá vamos—suspiró Ana.
PRUEBA N.º 4
Me propongo afrontar un nuevo reto,
con versos y palabras del pasado,
para ello la pluma he desempolvado
porque pretendo hacer un gran soneto.
Con ganas he encetado otro cuarteto,
puede ser que lo tenga superado.
Mas aunque agora estoy algo cansado,
aún tengo fuerzas para un terceto.
Con tesón las trabas voy doblegando,
me restan cuatro versos y un terceto,
¡parece que esto ya se está acabando!
Como he empezado el segundo terceto,
llego al verso postrero preguntando:
¿de qué cosa carece este soneto?
Pues sí, la pregunta va implícita al final, y la respuesta es tan sencilla... ¿Qué le falta a este soneto, queridos alumnos?
PISTA PARA EL SIGUIENTE SObrE
Asesinato en el Orient Express
El Quijote
Romeo y Julieta
La metamorfosis
Cien años de soledad
Veinte poemas de amor y una canción desesperada
Cinco horas con Mario
La vuelta al mundo en 80 días
El escarabajo de oro
Alicia en el País de las Maravillas
William Shakespeare
Lewis Carroll
Gabriel García Márquez
Miguel Delibes
Jules Verne
Agatha Christie
Franz Kafka
Edgar Allan Poe
Miguel de Cervantes
Gustavo Adolfo Bécquer
Aquí tenéis diez autores y diez obras. Cruzad a cada autor con la suya, y tanto el escritor y la obra que os sobren, porque no forman pareja, os darán la dirección donde podréis encontrar el siguiente sobre.
Pero tened cuidado...
—La pista es como un examen—murmuró Gaspar.
—Pues anda que la prueba...—Tasio volvió al soneto—. Y encima dice que es sencilla.
Ana ya lo estaba leyendo, despacio.
—Es muy fácil—sonrió de pronto.
—¿Lo tienes?—se quedaron impresionados sus compañeros.
—Si esto me lo dieran en frío, probablemente no sería capaz de verlo—admitió ella—. Pero después de haber superado ya tres pruebas... ¿Qué estamos buscando?
—Letras.
—¿Cuál es la letra que no aparece en este soneto?
—¡La W!—gritó Tasio.
—¡No, la K!—gritó aún más Gaspar.
—Cierto, esas letras no están, pero es mucho más simple que eso, porque entonces habría dudas. Aquí, como la SOS dice, es tan sencillo como que falta... una vocal.
Los dos amigos abrieron los ojos.
—El autor ha hecho este soneto sin emplear la I—dijo Ana.
—Ahí va, es cierto—se quedó boquiabierto Gaspar.
—¿Cómo se puede escribir algo tan largo sin una de las vocales?—se preguntó Tasio.
—Seguro que existen escritores que se han dedicado no solo a hacer sonetos, sino hasta textos más largos, incluso relatos, sin emplear la A o la E—suspiró Ana.
—Sí, hay gente para todo—tuvo que admitir Gaspar.
—¡Tenemos la cuarta letra, la I!—aplaudió Tasio.
—Salgamos a la calle—propuso Ana, puesto que todavía se encontraban en el vestíbulo de la casa de Gaspar—. Me temo que para la pista, tendremos que llamar a Julio o a Esperanza.
Se sentaron en el bordillo y examinaron la lista de diez autores y diez obras detenidamente.
—Está claro que el nombre de la calle será el de un autor—dijo Tasio—. No hay calles con nombres de novelas.
—Busquemos un callejero—propuso Gaspar.
—¿Para qué? Que yo sepa hay una calle Cervantes y una Gustavo Adolfo Bécquer por lo menos, así que puede que también haya una de cualquier otro—objetó Ana.
—Si el nombre de la calle es de un autor, el número estará en la obra—siguió con sus razonamientos Tasio.
—Entonces, eso es fácil...
—Hay varias obras con números—le hizo ver Ana a Gaspar—. Y la SOS nos avisa de que tengamos cuidado.
—Venga, empecemos—propuso Tasio—. El Quijote es de Cervantes.
—¡Liiisto!—aplaudió Gaspar alargando la i.
— Romeo y Julieta es de Shakespeare—dijo Ana—. Y La vuelta al mundo en 80 días, de Jules Verne.
— Alicia en el País de las Maravillas ...—se lanzó Gaspar antes de detenerse.
—García Márquez escribió Cien años de soledad, seguro—continuó Ana.
—¿Esa de La metamorfosis no es la del tipo que se despierta convertido en un insecto?—vaciló Tasio.
—¡Sí, y la SOS nos dijo que el escritor había creado el término «kafkiano», por lo tanto, es de este!—puso el dedo índice sobre el nombre Gaspar—: ¡Franz Kafka!
—Tenemos cinco—les informó Ana—. Y la del Orient Express, yo diría que es de Agatha Christie, que era una que se dedicaba a las novelas policíacas.
—Ah, sí, yo creo que vi la película—asintió Gaspar.
Se encontró con la mirada de la chica y se puso rojo.
—¿Qué pasa?
—Seis—dijo Tasio—. ¿Miguel Delibes es poeta?
—No sé si también ha hecho poesía—admitió Ana.
—Es que esta de Veinte poemas de amor y una canción desesperada ...
—Yo creo que la de Delibes es Cinco horas con Mario —hizo memoria Ana—. Hablamos de él al comienzo del curso.
—¿Por qué no llamamos a Julio o a Esperanza?—se rindió Gaspar.
Ana apretó los puños. Le dolía admitir que no sabía tanto.
— Alicia en el País de las Maravillas ha de ser de Lewis Carroll.
—¿Y por qué no de ese tal Poe?
—Porque Poe hacia relatos de terror.
—Entonces, solo nos queda El escarabajo de oro para él.
Tasio ya marcaba un número.
—¿A quién llamas?—preguntó Gaspar.
—AEsperanza. Lo sacará antes de sus enciclopedias.
Al otro lado se escuchó la voz de la chica. Lo primero que le dijo fue:
—Esperaba que me llamarais. Julio me ha dicho que estás siguiendo las pistas y resolviendo las pruebas para impedir que la SOS os mate.
Las noticias volaban.
—¿Puedes decirnos quién escribió unas obras?
—Adelante.
— Alicia en el País de las Maravillas.
—Lewis Carroll.—La respuesta fue fulminante—. Esa la sabía yo porque es uno de mis libros favoritos.
— ¿El escarabajo de oro?
Tasio contó hasta diecisiete.
—Edgar Allan Poe.
— ¿Veinte poemas de amor y una canción desesperada?
Ahora la cuenta llegó hasta el veintinueve. Ana y Gaspar estaban pendientes de él.
—Pablo Neruda—dijo Esperanza.
—¿Estás segura?
—Oye, rico...
—Vale, esta es la del número.—Tasio se lo dijo a sus compañeros. Luego regresó a Esperanza—. ¿Cinco horas con Mario?
—Fácil: Delibes.
Solo quedaba Gustavo Adolfo Bécquer sin obra.
—¡Gracias, Esperanza, lo tenemos!—se despidió Tasio.
—¡Calle Gustavo Adolfo Bécquer número veinte!—se levantó el primero Gaspar.
—¡Y esa sí está lejos! ¡A correr!—se sujetó la mochila a la espalda Ana.
—¿Cogemos un taxi?
—¿Lleváis dinero?
La respuesta era obvia, así que se pusieron en camino.
Como para darles más prisa y ponerles alas en los pies, en ese momento el campanario de la iglesia de la plaza se puso a dar la hora.
—¡Vamos, vamos!—los animó Ana, aun sabiendo que ella era la que corría menos.
Atajaron por donde pudieron, se jugaron la vida atravesando calles sin pasar por el semáforo o cruzándolo en rojo, levantaron remolinos de aire a su paso y asustaron a más de una madre y a más de un anciano o anciana con bastón, pero la causa, por una vez, lo merecía.
Estaba en juego su propia vida. Mientras eludían coches, motos y personas, cada uno tenía la cabeza centrada en lo único que contaba para ellos en aquel momento: evitar que la profesora de lengua se saliera con la suya.
Se sentían fuertes.
Lo estaban consiguiendo.
Fuertes y convencidos de sus posibilidades, aunque el tiempo apremiaba y cualquiera de las siguientes pruebas podía salirles mal, o fallar en una pista.
Como, por ejemplo, aquella.
El número veinte de la calle Gustavo Adolfo Bécquer era... un banco.
Y encima estaba cerrado.