El aroma de la memoria Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Necesitó unos minutos para volver a la realidad y dejar de sonreír como una tonta.

Luego se dirigió a su cita.

Aquella noche, la familia Reed se reunió para cenar, junto con el invitado de Madelyn.

Estaban tomando copas en el salón, hablando de los últimos lanzamientos de la empresa y del próximo producto.

—Nunca se cansan de hablar de negocios —se quejó Eve, hablando con su cuñada al otro lado de la sala.

—¿Todavía no te has acostumbrado?

—Nunca.

—Si Alice hubiera estado despierta, esto habría sido menos tedioso.

Cogió el móvil y lo miró.

—¿No vas a soltar ese teléfono?

—Estoy viendo si «alguien» me ha enviado un mensaje.

—Ya me imagino quién.

Sonrieron.

—Chica… —Bajó la voz—. Madame M. montó hoy un numerito de yerno adorado, ¿y adivina delante de quién?

—¿Olivia?

—Exacto.

—¿Y ella?

—No dijo nada. Intentó ocultarlo, pero estaba visiblemente molesta.

—No me extraña. Esos dos me dan náuseas.

Observaron a David y Madelyn hablando junto a Henry y Tommy.

—Se aferra a la esperanza de que él y yo volvamos algún día.

—No solo ella, Emy. David también.

—Ni hablar.

—Huum… cuéntame, ¿cómo estáis vosotras dos?

—¿Qué noticia quieres primero? Porque hasta he conocido a la suegra.

Emily no pudo contener la risa al decirlo.

—Oh, esto se está poniendo serio.

—No tienes ni idea de cuánto.

—No puedo negar que me encantaría ver las caras de esos tres cuando se enteren.

—Muerte súbita —bromeó Emily.

—Instantánea.

Se rieron al imaginarlo.

—Hablando de instantáneo…

Mostró el móvil, donde había recibido una notificación.

—A juzgar por tu sonrisa, ya sé quién es.

«¿Podrías escaparte de ahí cinco minutos y salir a la verja?», decía el mensaje.

—Creo que está fuera. Esa loca.

Emy se rio.

—¿Aquí?

—Ajá. Pregunta si puedo salir cinco minutos.

—¿A qué esperas?

Emily pensó en cómo escapar de aquella cena.

—¿Harías algo por mí, Eve?

—Tú dirás, cuñada.

Momentos después, se escabulló discretamente por los jardines hacia la verja.

Eve se acercó a los demás, anunciando que Emily había tenido que irse.

—Chicos, ha surgido algo…

—¿Qué ha pasado, cariño? —preguntó Tommy.

—El laboratorio ha llamado a Emy y ha tenido que ir.

David comprendió de inmediato que era una excusa endeble, pero como Emily pasaba más tiempo en su laboratorio que en su propia casa, resultó bastante creíble para los demás.

—Mi hija nunca tiene un momento de paz, ni siquiera para cenar —se quejó Henry.

—¿Por qué no nos lo ha dicho?

—No quería molestarlos, señora Madelyn —explicó Eve.

—Eso es muy de Emily —concluyó su hermano.

Volvieron a sus conversaciones…

David se marchó como si fuera al baño, pero, receloso, rodeó la casa por un lateral.

Justo más allá de la verja, Emily subió al coche de Wess.

—No puedo creer que hayas venido hasta aquí. —Emily estaba visiblemente feliz con la sorpresa.

Olivia la recorrió con la mirada de arriba abajo.

—¿No crees que estás demasiado guapa para una cena a la que no asistía tu novia?

—Quizá porque iba a verla después de la cena.

—Mmm… buena respuesta. —Le tocó el rostro—. Yo también olvidé decirte algo…

—Entonces dilo.

Olivia respiró hondo y fijó la mirada en aquellos ojos azules.

—Te quiero tanto… —Su voz titubeó. Emy aún no sabía que era la primera vez en la vida de su novia que esas palabras salían de sus labios—. Te quiero de una manera que…

Olivia no pudo terminar la frase. Emily la silenció con sus labios y la besó en un arrebato arrollador.

David las observaba y, furioso, confirmó que todo lo que Jane había dicho era cierto. Con una mezcla de odio y frialdad, regresó en silencio a la casa.

—Llévame lejos de aquí… —murmuró Emily.

—¿No necesitas volver?

—Por supuesto que no.

—Me encanta eso… —Olivia arrancó el coche y se alejaron hacia otra noche que les pertenecía solo a ellas… enteramente a ellas.

◆◆◆

Ese fin de semana…

—Pequeña mía, ¿qué haces ahí?

Emily, que había llegado con la familia a la casa de los Russel en los Hamptons, se sentó en el suelo del porche para jugar con Alice, su sobrina.

—Tía, ellas son las que causan problemas… —dijo la pequeña, señalando sus muñecas.

—Te has dado cuenta, tía Emy, de que tu sobrina nunca causa ningún problema, ¿verdad? —bromeó Eve mientras se unía a ellas.

—Es lista. Prepárate.

—Tía, esta es buena, y esta es malosa —explicó.

—¿Qué? ¿Es qué? —Emily se rio.

—Es malosa, tía. Es cuando una niña no es buena. Empieza a mentirear.

—Ah, ahora entiendo. Sí, parece malosa. —Emy lo dijo mientras se reía con su cuñada—. Especialmente lo de mentirear, porque eso no está bien, ¿verdad?

La pequeña asintió, feliz de que su tía entendiera todo su dialecto.

Tommy y David se acercaron para anunciar que iban a salir, aunque volverían pronto.

—No arrastres a mi marido de fiesta, David.

—Vamos, Eve. Al igual que Tommy, soy un hombre serio y de una sola mujer… —Miró a Emily, quien fingió no darse cuenta y siguió jugando con Alice.

—Ya… —respondió Eve, haciéndole a Tommy el gesto de «te estoy vigilando» con la mano.

Él se rio.

—Volveremos para comer —dijo el empresario mientras se dirigían al coche.

—¿Es maloso? —murmuró Alice al darse cuenta de que su tía hacía muecas en dirección a su ex, y sorprendió a Emily con su observación.

—No. —Soltó una carcajada—. No lo es.

—¿Ves con lo que lidio? Su percepción es aterradora —articuló Eve sin emitir sonido.

Pronto regresaron.

El día estaba resultando agradable, salvo por los destellos de arrogancia de Madelyn, que sacaban de quicio a su hija.

—Era el mejor candidato. Eso es innegable —afirmó Madelyn, que hablaba de política con su marido y los demás.

—Vosotros los republicanos… —Henry se irritó.

—¿De qué te quejas? Ese otro insiste en el absurdo de aceptar refugiados e incluso apoyar el matrimonio gay.

Eve miró a Emily, que palideció visiblemente ante el comentario de su madre, mientras David parecía complacido con las opiniones de su antigua suegra.

—Entonces, mamá, ¿estás diciendo que ese imbécil, que ni siquiera respeta a las mujeres, es más honorable que el otro porque el otro acepta la diversidad? —Emily no pudo contenerse.

—No es eso lo que quiero decir. Yo acepto la diversidad.

—¿De verdad? ¿Cómo?

Madelyn pensó qué responder, y todos en la sala se quedaron en silencio, expectantes.

—Empleo a María, que es hispana. —Se refería a su ama de llaves en San Francisco.

Emy ni siquiera comentó nada. Simplemente puso los ojos en blanco, se levantó y salió de la habitación. Se fue a caminar junto al mar.

—Esa hija tuya es igualita a ti —le dijo Madelyn a su marido, como si fuera una acusación, una que él disfrutó mucho por cómo su hija había desafiado a su madre.

Siguieron hablando de política, o más bien, Madelyn siguió.

Emily sacó el teléfono y llamó a Olivia.

—Ojalá estuvieras aquí... —dijo Reed.

—Y tú podrías estar aquí conmigo... —Olivia ni siquiera se había levantado de la cama, a pesar de la hora.

—No sé si aguanto quedarme hasta mañana.

—¿Va todo bien, Emm?

—Es complicado, Liv. Mi madre y yo... olvídalo.

—Solo espero que mantengas al cabezahuevo bien lejos de ti.

—¿Cabezahuevo? —soltó una carcajada.

—Ríete todo lo que quieras. Hablo muy en serio.

—Lo haré. Está ahí haciéndole la pelota a Madelyn.

—Que se quede ahí.

—Estoy pensando en volver a última hora de la tarde.

—No voy a decirte que deberías quedarte hasta mañana ni a fingir que no estoy dando saltos de alegría porque vuelves hoy.

—Eres boba...

—Lo soy, pero dale la vuelta. Si yo fuera la que estuviera en casa de la familia de Jane, con ella allí y...

—Basta. Capté el mensaje. Vuelvo hoy... y como vuelvas a mencionar a Jane, te mato.

—Entonces hablaremos de... ¿duermes aquí esta noche?

—No. Tú duermes conmigo en mi casa.

—Mmm... alguien se está poniendo mandona, ¿eh?

—¿Te quejas?

—¿Yo? Jamás —Liv se rio.

Emily miró a su alrededor y vio que David se acercaba.

—Esta noche hablamos más de eso —bajó la voz.

—Totalmente de acuerdo.

Por fin se despidieron. Después de colgar, Liv fue a ducharse sin dejar de reírse de su novia. En los Hamptons, Emily seguía contemplando el mar.

—Antes te encantaba venir aquí y pasarte horas mirando el agua —dijo Russel, acercándose hasta ponerse a su lado.

—Sí... el océano me fascina...

—Tanto que creaste una fragancia que nos recuerda al mar.

—Así es... —respondió seca.

—Tu madre ha dejado de hablar de política.

—Ella nunca se rinde. Volverá a sacarlo pronto.

El silencio entre ellos se tornó incómodo.

—Te echo de menos... —dijo él, pillándola desprevenida.

—David, por favor...

—Emy, no le veo sentido a que estemos así. Te quiero, y...

—Yo no te quiero —dijo sin rodeos—. Lo siento, pero es la verdad.

—¿Y a quién quieres?

—Eso no importa, David.

Se giró para marcharse, pero sintió que la mano de Russel la agarraba con firmeza.

—Suéltame. ¡Ahora! —espetó.

En respuesta, él la atrajo hacia sí y la besó de forma repentina y no deseada. Durante unos segundos, ella forcejeó para liberarse, hasta que logró empujarlo y se limpió los labios.

—¿Estás loco? —seguía limpiándose la boca—. No vuelvas a hacer eso jamás. ¿Me oyes? —gritó, con el rostro enrojecido de rabia.

—Emy, perdóname. No sé qué me ha pasado... —se disculpó en vano.

—¡Vete al infierno con tus disculpas! —gritó aún más fuerte, y se marchó furiosa, dejándolo allí plantado.

David mantuvo la expresión arrepentida hasta que su exnovia se alejó. Luego miró hacia un lado, donde un hombre lo observaba, y sonrió con disimulo: había conseguido exactamente lo que quería.

—¿Adónde crees que vas? —Eve entró en el dormitorio y encontró a Emy sola, furiosa.

—¿Te puedes creer que ese idiota me ha besado a la fuerza? —dijo, yendo de un lado a otro.

—¿David?

—Ese.

—Qué idiota. Una cosa es ir detrás de ti, pero propasarse así es otra muy distinta.

—Está loco.

—Voy a hablar con él. Vaya si lo haré.

—No, Eve. Me vuelvo a Nueva York, y él que se quede aquí aguantando a Madelyn.

—¿Me vas a dejar aquí? Ni hablar.

—Si me quedo, le parto la cara —Eve se rio de la ferocidad de su cuñada—. No te rías —la regañó.

—Si tú, que eres la tranquila, le partes la cara, ¿qué quedará de él cuando Olivia se entere?