CAPÍTULO 32 TODO LLEVABA A UNA CARTA DE BURGOS
La carta no estaba donde debía.
Eso fue lo primero que Martín Arce descubrió al seguir la referencia antigua que habían encontrado entre las cartas de administración.
La ficha era suficientemente precisa:
“Carta del escribano sobre los papeles que tuvo a su cargo y la razón de haber guardado una copia.”
Sin embargo, la signatura moderna conducía a una carpeta donde aquel documento ya no aparecía.
Adrián Valcárcel revisó el inventario y consideró primero la posibilidad de un error de catalogación. Martín creía más probable que la carta hubiese sido separada durante alguna reorganización posterior.
La serie había cambiado de criterio varias veces. En una de esas intervenciones, la correspondencia se había distribuido por remitente cuando era posible identificarlo y por materia cuando no lo era.
Eso significaba que la carta podía haber cambiado de ubicación sin haberse perdido.
Elena Salcedo preguntó si podían buscarla directamente por Hernando de Burgos.
Todavía no convenía.
Aunque todo apuntaba hacia él, la identificación acababa de construirse a partir de varias referencias y los catálogos contenían numerosos Hernando. Incluso escribano de Burgos era una fórmula demasiado amplia para garantizar un resultado limpio.
Adrián propuso entonces buscar no al hombre, sino el motivo por el que la carta había sido conservada.
La ficha decía que explicaba la decisión de guardar una copia.
Tal vez una reorganización posterior hubiese descrito ese contenido aunque hubiera perdido el nombre del remitente.
Martín probó distintas fórmulas asociadas con conservación de traslados y diferencias entre memorias.
Una entrada apareció:
“Carta antigua justificando conservación de traslado por diferencia de memoria.”
La ficha moderna la situaba dentro de:
“Correspondencia varia. Diferencias de memoria y fundación.”
No mencionaba al escribano.
Un registro anterior asociado contenía, sin embargo, una procedencia:
“De Burgos.”
Solicitaron la carpeta.
Mientras esperaban, Elena recibió una actualización sobre Julián Rojas.
La cafetería próxima al fondo Santillana conservaba imágenes de aquella noche.
Rojas aparecía entrando solo y permanecía un tiempo sentado mientras revisaba papeles. Más tarde llegaba un hombre que, según las primeras comprobaciones, no era Roberto Salcedo Navas ni Rafael Ordóñez.
Todavía no estaba identificado.
Elena dejó claro que aquello seguiría por el circuito policial.
La documentación histórica no debía interpretarse a partir de una persona que todavía ni siquiera sabían quién era.
La carpeta llegó poco después.
Era más gruesa de lo previsto y reunía correspondencia de períodos distintos, buena parte de ella clasificada de manera imprecisa.
Martín comenzó por las piezas más antiguas.
La carta no apareció.
Encontró, en cambio, una hoja doblada cuyo encabezado decía:
“Papeles recibidos con carta de Burgos.”
La relación mencionaba:
“Una copia de memoria.”
También:
“Una relación de letras.”
Y finalmente:
“Una advertencia del escribano.”
Aquellos documentos habían llegado acompañados por la carta que buscaban.
Una nota posterior explicaba por qué se había separado:
“La carta se ponga aparte por tratar de razón personal del escribano.”
Ahí estaba el origen de la dispersión.
No se había considerado correspondencia administrativa ordinaria porque contenía una explicación personal de quien había realizado los traslados.
Otra instrucción decía:
“No se junte con las cuentas ni con los traslados.”
La carta había quedado, por tanto, expuesta a terminar en una serie distinta.
Para seguirla necesitaban saber a quién había sido enviada.
BLOQUE 2
La respuesta apareció en una relación antigua de entradas.
No identificaba al remitente.
Identificaba al destinatario:
“Entregada carta a Gonzalo de Aranda para razón de los traslados.”
Adrián levantó la vista.
Gonzalo de Aranda era el notario que ya aparecía vinculado al protocolo sucesorio.
La carta había sido enviada a alguien capaz de conservar una constancia jurídica del trabajo realizado.
Martín buscó entonces dentro de la correspondencia asociada a Aranda.
Había documentación de naturaleza muy diversa, pero una entrada destacaba claramente:
“Carta de escribano de Burgos sobre memoria de Valderrama.”
La carpeta correspondiente existía.
No estaba completa.
Una hoja de control añadida mucho después explicaba:
“Falta una carta antigua separada para restauración.”
La separación había ocurrido décadas atrás.
No aparecía constancia de que el documento hubiese regresado a su lugar original.
La pista pasó entonces a los registros de conservación.
La carta figuraba allí como un manuscrito en tinta ferrogálica con una pérdida en el borde inferior que había sido estabilizada.
La identificación era escueta:
“Correspondencia Aranda. Siglo XV.”
Después del tratamiento debía haber pasado al depósito de documentos restaurados.
Clara entendió inmediatamente lo que podía haber ocurrido.
La carta quizá nunca había regresado a su carpeta porque había quedado almacenada siguiendo el circuito técnico de restauración.
La ficha conservaba además una fotografía anterior al tratamiento.
La resolución era mediocre, pero suficiente para distinguir algunas palabras.
En la parte superior podía leerse:
“…por haber visto las memorias antiguas…”
Más abajo aparecía otra frase incompleta:
“…no quise que se perdiese…”
Adrián ya no tuvo demasiadas dudas sobre la identificación del documento.
En el extremo inferior se distinguía además el comienzo de una firma:
“Hern…”
El resto quedaba fuera de foco.
Todavía no bastaba para cerrar el nombre.
Necesitaban el original.
La trazabilidad del depósito resultó más complicada de lo esperado porque la sección de restaurados había sido reorganizada en dos ocasiones. Algunos documentos habían vuelto a sus fondos de procedencia y otros permanecían agrupados por tratamientos.
Finalmente apareció una caja descrita como:
“Correspondencia estabilizada pendiente de reintegración.”
Tampoco conservaba ya la misma signatura.
Martín siguió las hojas de movimiento hasta localizar una anotación posterior:
“Trasladado a reserva documental, armario 6.”
Por primera vez tenían una ubicación física concreta.
BLOQUE 3
El armario 6 contenía documentos que requerían condiciones especiales de conservación.
La responsable del depósito revisó las referencias hasta extraer una carpeta fina sin título visible.
El número coincidía con la trazabilidad que Martín había reconstruido.
La carta estaba allí.
Nadie la tocó.
Fue colocada sobre una superficie de consulta adecuada.
El papel estaba oscurecido por el tiempo y el borde inferior presentaba la pérdida descrita en el informe de restauración. Parte de la tinta se había debilitado, pero la escritura seguía siendo legible en casi toda la hoja.
Martín comenzó por el encabezamiento:
“A Gonzalo de Aranda, para que quede razón de lo que se hizo con los papeles de memoria.”
El destinatario quedaba confirmado.
La carta continuaba:
“Por haber visto las memorias antiguas y la relación que ahora se manda usar, entendí que no decían ambas una misma cosa en cuanto a la continuación de la línea de Fernando.”
Clara miró a Adrián.
Por primera vez tenían la declaración directa de alguien que había visto ambas versiones mientras el cambio se estaba produciendo.
Martín siguió:
“Y porque por mi mano se sacaron los traslados y se pusieron en limpio las letras que habían de servir para la sepultura, quise dejar razón de lo primero.”
Aquello situaba al escribano dentro de ambos circuitos.
Había trabajado con la documentación antigua.
También había preparado las letras destinadas a la reforma funeraria.
La siguiente frase era todavía más precisa:
“No digo que sea falso lo que se pone, porque responde al gobierno que hoy tiene la casa; mas tampoco sería cierto decir que lo antiguo carece de valor.”
Adrián permaneció unos segundos en silencio.
Hernando no denunciaba una falsificación.
Distinguía entre dos niveles de memoria.
La relación corriente respondía al gobierno existente.
La anterior conservaba valor histórico y jurídico.
La carta lo expresaba nuevamente:
“Los papeles de sangre y derechos dicen más de lo que ha de quedar en la memoria corriente.”
La reducción que habían reconstruido durante semanas aparecía ahora descrita por alguien que había intervenido personalmente en ella.
Martín continuó:
“Por esto guardé traslado de aquello que vi antes de que se apartasen los papeles y antes de que la piedra quedase compuesta.”
Eso explicaba la copia.
Hernando había conservado un traslado antes de que quedaran concluidas la separación archivística y la reforma de la sepultura.
No lo había hecho, según sus propias palabras, para enfrentarse con la casa.
La frase siguiente era clara:
“No por llevar contradicción a la casa, sino para que si alguna vez se dudare de cómo estuvo primero, haya quien pueda probarlo.”
Su propósito declarado era conservar una constancia.
Martín descendió hasta la firma.
Esta vez era legible.
Hernando de Burgos, escribano.
La identificación quedaba cerrada.
Clara preguntó inmediatamente si la carta decía dónde había dejado la copia.
Las últimas líneas estaban dañadas, pero todavía podían reconstruirse fragmentos suficientes.
Una frase decía:
“El traslado que guardé no quedó con la caja que entregué…”
Después faltaba parte del papel.
Más abajo reaparecía el texto:
“…por temor de que, juntándose con los demás, fuese tenido por repetido y se perdiese…”
La razón volvía a ser práctica.
Había separado aquella copia para evitar que, considerada duplicada, terminara descartada o extraviada durante una reorganización.
La carta concluía con una última indicación:
“Dije dónde queda en otra carta que envío por mano segura.”
Clara levantó la vista.
Existía una segunda carta.
Esta primera explicaba por qué Hernando había decidido conservar el traslado.
La segunda debía decir dónde lo había dejado.
Martín consultó la ficha antigua asociada.
En el margen aparecía:
“Segunda carta del escribano, sobre copia reservada.”
Adrián volvió a observar el documento.
La carta que acababan de encontrar ya resolvía una parte esencial de la historia.
Hernando de Burgos sabía que la memoria antigua y la aprobada para el gobierno no ofrecían la misma continuidad de Fernando.
Había trabajado en los traslados y también en la preparación de las letras destinadas a la sepultura.
Antes de que la reforma quedara terminada, decidió conservar una copia de la versión anterior para que pudiera demostrarse cómo había sido aquella memoria.
No la ocultó para utilizarla contra la casa.
La apartó porque temía que se perdiera entre copias consideradas repetidas.
Pero el lugar donde había depositado ese traslado no estaba escrito en aquella hoja.
Hernando lo había comunicado por separado.
Todo conducía ahora a una segunda carta de Burgos.
Una carta que ya no debía explicar por qué existía la copia.
Debía revelar dónde había quedado.