El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II) BLOQUE 3
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BLOQUE 3

Sebastián rehízo el mapa.

No porque el anterior estuviera equivocado.

Porque había sido construido alrededor de otra pregunta.

Hasta entonces la representación principal estaba formada por nombres.

Martín Orduña aparecía al comienzo.

Después venían Gonzalo Ibáñez, Sancho Martínez y los responsables que habían podido reconstruir durante la cadena.

El último nombre demostrado era Pedro de Grañón.

Era un mapa de personas.

Sebastián tomó otra hoja.

Esta vez escribió lugares.

San Millán.

Nájera.

Azofra.

Alesanco.

Santo Domingo de la Calzada.

Después dejó un espacio vacío.

Irene observó.

—Cambiaste de mapa.

—Sí.

—¿Por qué?

Sebastián tardó un momento.

—Porque creíamos que teníamos que descubrir dónde había terminado el libro.

Mauro lo miró.

—¿Y no?

—Todavía no.

Sebastián señaló Nájera.

Durante mucho tiempo habían tratado aquella ciudad como si pudiera contener la respuesta definitiva.

Después descubrieron que solo había conservado una etapa de la obligación.

Señaló Santo Domingo.

Ahora ocurría lo mismo.

La villa había sido un lugar de aviso dentro de un corredor que continuaba.

Fray Julián dijo:

—Entonces eran estaciones.

Sebastián aceptó la palabra con una condición implícita.

No estaciones creadas para los manuscritos.

Estaciones documentales.

Lugares donde podía registrarse el tránsito, dejarse una copia o formalizarse un cambio cuando fuera necesario.

No escondites.

No santuarios secretos.

Inés dejó junto al mapa la relación ordenada por destinos.

Las demás entradas terminaban de aclarar la función.

Distintos bienes aparecían asociados a Calahorra, Logroño o Santo Domingo según la dirección en que debían continuar.

La relación no los agrupaba por importancia.

Los agrupaba por la próxima noticia esperada.

Eso demostraba que el procedimiento era práctico.

Mauro señaló la entrada del códice.

—Entonces era una más dentro del documento.

—Sí.

Aquello había sido difícil de aceptar.

Durante buena parte de la investigación, el volumen emilianense parecía ocupar el centro de una historia extraordinaria.

Ahora resultaba más interesante precisamente porque al principio no había sido tratado como algo único.

Era uno entre varios bienes que habían salido de sus lugares habituales.

La excepcionalidad apareció después.

Siguió moviéndose cuando otros regresaron.

Su obligación permaneció abierta.

Los documentos se fragmentaron.

Y siglos más tarde las piezas capaces de explicar el recorrido habían terminado dispersas entre archivos religiosos, fondos familiares y el mercado.

Irene apoyó una mano sobre una de las copias.

—Todo el tiempo estuvimos buscando el lugar donde alguien lo había escondido.

Sebastián la miró.

Era cierto.

Habían partido de una imagen demasiado sencilla.

Un libro retirado y un lugar donde alguien decidía ocultarlo.

La documentación mostraba otra cosa.

No había un escondite único.

Había movimiento.

El volumen sobrevivía cambiando de responsables y de espacios.

Cuanto más se prolongaba ese movimiento, menos sentido tenía preguntar dónde había sido escondido.

La pregunta correcta era por dónde había seguido.

Mauro señaló el espacio en blanco después de Santo Domingo.

—¿Qué ponemos ahí?

Sebastián negó.

—Nada.

—¿Todavía?

—Todavía.

No iba a rellenar el mapa con una conjetura.

La siguiente etapa requeriría nuevos protocolos y otros archivos.

También nuevos escribanos capaces de haber dejado constancias en puntos posteriores del camino.

Fray Julián volvió a leer la copia de San Millán:

pasó Santo Domingo y sigue por camino de la Calzada

La frase abría más de lo que cerraba.

Santo Domingo había comenzado siendo una abreviatura dudosa.

Después apareció en recorridos ajenos.

Más tarde pudieron relacionarlo con Pedro de Grañón.

Finalmente quedó demostrado como punto de tránsito del códice.

No necesitaban una revelación mayor.

La prueba era suficiente.

La historia había avanzado.

Mauro guardó sus documentos.

Inés cerró las cajas.

Fray Julián permaneció junto al mapa.

Irene siguió mirando la última línea.

Sebastián trazó una línea firme desde Nájera hasta Santo Domingo de la Calzada.

Allí se detuvo.

Después añadió únicamente una pequeña indicación hacia occidente.

Durante meses habían creído que cada documento debía acercarlos al lugar donde el volumen había quedado finalmente detenido.

Ahora comprendían que aquella idea había condicionado la búsqueda.

No estaban reconstruyendo un escondite.

Estaban reconstruyendo un recorrido.

El códice no había desaparecido al salir de San Millán.

Tampoco al llegar a Nájera.

Ni siquiera se había detenido definitivamente en Santo Domingo.

Seguía moviéndose.

Los documentos recuperados mostraban que quienes lo llevaban no estaban intentando hacerlo desaparecer.

Respondían por él hasta que otra persona pudiera hacerlo.

Sebastián volvió a mirar el mapa.

Nájera.

Santo Domingo de la Calzada.

La respuesta estaba por fin delante de ellos.

Nájera nunca había sido el destino.

Había sido una estación.

Y la siguiente estación probada era:

Santo Domingo de la Calzada.