El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II) BLOQUE 2
73%

BLOQUE 2

Diego de Cañas no había seguido físicamente a los libros.

Había seguido las noticias que dejaban quienes respondían por ellos.

Ese matiz obligó a Sebastián a modificar el mapa.

Hasta entonces había intentado representar únicamente presencia física suficientemente probada.

Ahora debía añadir otra capa sin confundirla con la anterior.

Una cosa era saber que el libro había estado en una localidad.

Otra muy distinta era encontrar allí una copia que lo mencionaba.

Incluso podía ocurrir que el responsable enviara un aviso desde otro lugar y que el documento sobreviviera donde había sido recibido.

Irene propuso distinguir gráficamente esos casos.

Sebastián aceptó.

El mapa perdió simplicidad.

Ganó rigor.

Mauro lo observó.

—Cada vez se entiende menos de un vistazo.

—Porque cada vez estamos mezclando menos cosas.

La línea física del códice seguía siendo corta.

Podían demostrar Nájera, Azofra y Alesanco.

Después tenían una dirección general.

Poniente.

Alrededor de esa línea comenzaban a aparecer puntos donde solo había quedado memoria documental.

Uno estaba situado más al oeste.

No podían afirmar que el volumen hubiera pasado por allí.

Lo único demostrado era que Pedro de Grañón había dejado una noticia relacionada con el bien.

Mauro preguntó:

—¿Sabemos si fue él personalmente?

—No.

Podía haber enviado la constancia.

Eso volvía a recordarles una precaución fundamental.

El documento podía viajar sin el objeto.

Las rutas del papel y del libro no necesariamente coincidían.

Sebastián recordó una advertencia de la documentación vinculada a los Medrano:

No confundir libro con papeles que lo mencionan.

La frase parecía escrita para ellos.

En ese momento Mauro recibió una llamada de Ramiro Echevarne.

Cuando regresó a la mesa explicó que el comerciante conservaba una fotografía de otra pieza vista años atrás dentro de una colección que nunca había adquirido.

La hoja estaba rota.

La parte superior se había perdido.

En la zona conservada aparecían referencias a distintos lugares.

Sebastián reconoció la estructura.

Parecía otra relación de avisos.

No podían atribuirla con seguridad a Diego de Cañas, pero pertenecía al mismo tipo documental.

Se repetían expresiones como:

se dio noticia en...

y

se recibió aviso desde...

Más abajo aparecía:

los que salieron por occidente han dejado razón en los mismos lugares que los anteriores.

Sebastián volvió a leerla.

Aquello sí introducía algo nuevo.

La repetición ya no era únicamente una observación moderna obtenida al superponer documentos.

Una fuente histórica reconocía que determinados responsables dejaban constancia en lugares que ya habían servido anteriormente para otros bienes.

Irene preguntó:

—¿Eso significa que existía una ruta fija?

—No.

La propia hoja ofrecía la explicación:

por ser lugares donde puede saberse de ellos aunque muden de mano.

Sebastián señaló la frase.

—Ahí está la función.

No acudían a esos lugares porque estuvieran obligados a pasar físicamente por ellos.

Los utilizaban porque permitían mantener localizable una responsabilidad.

Había escribanos conocidos.

También instituciones o casas donde una noticia podía conservarse.

Eso generaba repetición documental sin necesidad de una ruta prediseñada.

Fray Julián leyó la reproducción cuando se reunió con ellos.

—Esto habla de memoria.

Sebastián levantó la vista.

La palabra era adecuada.

Memoria.

No secreto.

No control central.

Memoria suficiente para poder reconstruir una obligación cuando cambiaban las personas.

Un responsable podía morir.

Una familia podía perder sus papeles.

Una casa podía dejar de existir.

Pero una copia conservada en otro sitio permitía recuperar parte de lo sucedido.

El códice demostraba también el límite de aquel mecanismo.

No había desaparecido de la documentación de un día para otro.

Su memoria se había degradado lentamente.

Algunas copias conservaban el origen pero habían perdido nombres.

Otras identificaban al responsable sin explicar con precisión qué libro llevaba.

En otros documentos sobrevivía el lugar, aunque la relación con el volumen resultara incompleta.

Ellos estaban reuniendo esas piezas parciales.

Mauro recibió después información de la librería madrileña.

Las dos piezas retenidas en consignación no procedían del mismo origen moderno.

Una podía vincularse con una rama de Valdeterra.

La otra no.

Era una buena noticia precisamente porque obligaba a separar.

No todo documento semejante tenía que proceder del mismo archivo.

La investigación contemporánea exigía la misma disciplina.

Sebastián volvió al mapa.

La línea física seguía siendo breve.

La memoria documental llegaba más lejos.

Esa diferencia no autorizaba a rellenar los vacíos.

Pero empezaba a indicar dónde valía la pena seguir buscando.