El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II) CAPÍTULO 22 Rutas marcadas en las entregas
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CAPÍTULO 22 Rutas marcadas en las entregas

BLOQUE 1

Sebastián no quiso empezar por el mapa.

Prefirió volver a los documentos y prestar atención a una clase de palabras que hasta entonces había quedado en segundo plano.

Los verbos.

Entregar.

Llevar.

Dejar.

Recibir.

Volver.

Continuar.

Durante semanas habían reconstruido nombres. Ahora necesitaban reconstruir movimientos, y ambas cosas no eran equivalentes.

Un responsable podía seguir siendo el mismo aunque el libro cambiara de lugar. Del mismo modo, la ubicación física de un volumen podía permanecer estable mientras la obligación pasaba a otra persona.

El depósito temporal de Martín de Nalda en Santa María ya había demostrado esa diferencia.

Irene tenía delante reproducciones procedentes de varios fondos.

Algunas estaban relacionadas directamente con San Millán.

Otras pertenecían a las relaciones fotografiadas por Adrián Cifuentes o a las copias conservadas por Gabriel Llorente.

También habían incorporado documentación facilitada por Héctor Valcázar.

Mauro entró con una carpeta.

—Inés cerró jurídicamente la primera salida de la carta.

Sebastián levantó la vista.

—¿La de Baltasar?

—Sí. La tercera rama tenía derecho a intervenir en la indivisión y la restricción alcanzaba el paquete concreto. Hay documentación suficiente para cuestionar esa transmisión.

Irene preguntó por Fontalba.

Mauro confirmó que también estaba documentado su conocimiento de la controversia.

Era un avance importante.

Por primera vez podían identificar una operación moderna concreta cuya legitimidad podía discutirse sobre una base documental sólida.

No necesitaban extender aquella conclusión a todo el archivo.

Tampoco a todas las ventas posteriores.

Era una transmisión específica.

Para Mauro, bastaba.

—Ahora seguimos las demás pieza por pieza.

Sebastián sonrió.

—Responsable por responsable.

La semejanza entre ambas investigaciones se volvía evidente.

En el presente tenían que determinar quién había recibido cada pieza, con qué autoridad y qué información poseía en ese momento.

En el pasado, Sebastián debía hacer algo parecido.

Volvió a sus hojas.

Había seleccionado únicamente expresiones vinculadas con movimiento real:

se llevará consigo

queda por ahora en casa religiosa

se entrega al partir

se deja aviso del lugar

continúa por camino ordinario

Mauro observó.

—Empieza a parecer una ruta.

Sebastián negó.

—Todavía parece movimiento.

La diferencia era esencial.

Una ruta requería algo más que varios desplazamientos dispersos.

Necesitaban repetición.

Inés Montalbán había propuesto ordenar los documentos según los lugares mencionados, pero Sebastián había puesto una condición.

No podían tratar todos los topónimos como si significaran lo mismo.

Un lugar podía aparecer porque allí vivía una persona o porque se había firmado una escritura. También podía indicar procedencia, destino o simple pertenencia.

Por eso solo aceptarían para el análisis geográfico las referencias ligadas de manera explícita a un traslado.

Expresiones como entregado en, llevado hacia, dejado temporalmente en, recibido al paso por o trasladado por sí servían.

Las demás quedaban fuera.

La primera coincidencia fue Azofra.

Aparecía en un documento relacionado con Baltasar y también en otros casos de libros distintos.

Mauro preguntó si eso tenía importancia.

Sebastián todavía no estaba convencido.

Azofra estaba suficientemente cerca de Nájera como para aparecer simplemente porque formaba parte de los desplazamientos ordinarios de la zona.

Alesanco se repetía también.

Cenicero aparecía con menor frecuencia.

Logroño figuraba en algunos documentos.

Briones se repetía bastante, aunque casi siempre por personas o fondos y no por movimiento físico.

Inés propuso distinguir las funciones de cada aparición.

Una marca señalaría presencia física probable.

Otra, cambio de responsabilidad.

Una tercera se reservaría para los lugares donde solo hubiera quedado una copia documental.

El mapa perdió limpieza.

Ganó precisión.

Irene lo observó.

—Así evitamos fabricar una ruta mezclando cosas distintas.

Sebastián asintió.

Ese era exactamente el peligro.

Un mapa podía mentir sin contener un solo dato falso si todos los datos estaban colocados como si significaran lo mismo.

Mauro volvió a Baltasar de Ezcaray.

Sabían que era comerciante y que viajaba de acuerdo con sus negocios.

Varias cartas lo situaban hacia el oeste en determinados períodos.

Lo que todavía no podían demostrar era que el códice hubiera viajado con él en cada uno de esos movimientos.

La escritura solo autorizaba que pudiera llevarlo consigo.

Eso no equivalía a afirmar que efectivamente lo hubiera hecho.

Mauro señaló entonces una copia:

B. de E. lleva consigo el libro hasta nueva estancia.

Sebastián tomó la hoja.

No la habían valorado suficientemente.

La relación era posterior al relevo de Martín de Nalda y añadía:

el libro recibido de M. de N.

Eso permitía identificarlo.

Martín solo había entregado a Baltasar un gran volumen de pergamino dentro de aquella obligación.

Sebastián comparó fechas, descripción y continuidad documental.

Todo coincidía.

El libro era el códice.

Baltasar lo había llevado consigo.

La posibilidad de movimiento acababa de convertirse en movimiento demostrado.

Irene leyó la línea siguiente:

se deja noticia en Nájera hasta que vuelva o haga nueva entrega

El volumen había salido físicamente de Nájera.

Lo que todavía desconocían era su destino.

La hoja solo decía:

por camino de sus tratos habituales

Mauro sonrió.

—Ya tenemos camino.

—Tenemos movimiento por un camino habitual. Todavía no una ruta.

Pero la pregunta había cambiado.

Ya no necesitaban averiguar solamente quién había recibido el códice.

Podían empezar a seguir por dónde había viajado mientras permanecía bajo responsabilidad de Baltasar.