CAPÍTULO 20 El lote que nunca llegó a subasta
BLOQUE 1
El lote existió durante diecisiete días.
Después dejó de existir como lote.
No porque las piezas desaparecieran físicamente, sino porque dejaron de presentarse juntas.
Mauro encontró la referencia en un correo antiguo de Rafael Roldán. La conversación no estaba relacionada de forma directa con la carta de Baltasar de Ezcaray que acababan de reconstruir, aunque sí pertenecía al mismo universo documental.
El asunto decía:
Lote Rioja — obligaciones y papeles antiguos.
El primer mensaje incluía fotografías de seis piezas.
Mauro reconoció una de inmediato porque había visto su esquina inferior en la antigua tasación del paquete de Valdeterra.
Era la número cinco.
Otra hoja parecía corresponder a una relación de bienes mantenidos fuera de inventario y una tercera contenía una fórmula que ya conocían:
recibido en guarda sin mudanza de propiedad
Las restantes no podían identificarse con seguridad a partir de las fotografías.
Roldán había escrito a una casa de subastas madrileña para consultar las condiciones de inclusión del grupo en una venta de libros y documentos antiguos.
La respuesta inicial era rutinaria. La casa pidió mejores imágenes y datos físicos suficientes para preparar una valoración. También solicitó información sobre procedencia.
Hasta ahí, nada llamaba la atención.
El segundo correo sí.
Roldán había consignado:
Colección privada riojana, formada durante varias generaciones.
Mauro dejó de leer.
La descripción no mencionaba Valdeterra ni ningún otro fondo familiar concreto.
Inés Arbizu comparó la fecha con su cronología.
—Esto es posterior a la oposición de la tercera rama.
—Sí.
—Y también posterior a las dudas que había planteado Cifuentes.
—Sí.
El siguiente correo procedía de la casa de subastas.
Uno de sus especialistas había advertido que varias piezas parecían proceder de archivos familiares y pidió una declaración escrita sobre la titularidad.
La pregunta ya no era quién tenía físicamente los papeles.
Querían saber quién estaba legitimado para venderlos.
Roldán respondió que pediría documentación al consignante.
Dos días después recibió un mensaje de Eduardo Fontalba:
La documentación procede de transmisiones familiares plenamente válidas y puede comercializarse por piezas.
Mauro apretó los labios.
No había documento adjunto que respaldara la afirmación.
Roldán reenvió el correo a la casa de subastas, pero el especialista no se conformó. Solicitó identificar el fondo de origen y pidió documentación sucesoria suficiente para acreditar la facultad de disponer de las piezas.
Tres días después el lote fue retirado.
Inés preguntó quién había tomado la decisión.
El correo era de Roldán:
El propietario prefiere desistir de la subasta y continuar por vía privada.
Aquello no probaba ninguna conducta ilícita.
Un vendedor podía abandonar una subasta por motivos perfectamente ordinarios. Tal vez no aceptara las condiciones económicas o no quisiera una exposición pública de sus documentos.
Pero en aquel caso había una coincidencia temporal difícil de ignorar.
La retirada se produjo exactamente cuando se exigió una procedencia verificable que Fontalba no había aportado.
Inés preguntó qué había ocurrido después con las seis piezas.
Mauro empezó a seguirlas.
Dos terminaron en Echevarne.
Otra pasó por Roldán.
La número cinco salió de España.
Sobre las restantes no tenían todavía una reconstrucción completa y una de ellas podía ser una copia.
Lo importante era otra cosa.
El pequeño conjunto había permanecido unido hasta el intento de venta pública.
Después de la exigencia de procedencia, empezó a deshacerse.
Eso les daba una fecha bastante precisa para otra etapa de la dispersión.
No era el paquete completo de Valdeterra.
Pero sí un grupo coherente que todavía había llegado junto a una casa de subastas.
Inés preguntó quién era el consignante.
En los correos aparecía únicamente como el propietario.
Mauro llamó a Roldán.
El hombre respondió con cierta reticencia, aunque terminó dando el nombre.
—No era Fontalba.
—¿Quién?
—Un particular que me presentó él.
—Necesito el nombre.
—Gabriel Llorente.
Mauro lo anotó.
Nunca había aparecido antes.
Según Roldán, Llorente afirmaba haber recibido aquellos documentos dentro de una partición familiar.
La única prueba que había mostrado era una declaración privada.
Mauro preguntó de qué familia procedían.
Roldán no lo recordaba con precisión, aunque aceptó revisar el expediente.
Antes de terminar la conversación hizo una observación.
—En ese momento pensé que la casa de subastas estaba exagerando.
—¿Por qué?
—Porque yo tenía una factura de adquisición del consignante.
Mauro respondió sin elevar la voz.
—Eso demuestra que te las entregó o vendió. No necesariamente que tuviera derecho suficiente sobre ellas.
Roldán quedó en silencio.
A Mauro le había costado semanas acostumbrarse a esa diferencia.
El mercado, a veces, no la planteaba con la misma claridad.