El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II) BLOQUE 3
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La colección de Adrián Cifuentes se había dispersado durante sus últimos años y continuó haciéndolo después de su muerte.

Clara conocía una parte de esas ventas porque había intervenido en ellas.

Su padre empezó desprendiéndose de documentos que consideraba secundarios cuando enfermó. Más adelante vendió otras piezas mientras reorganizaba la casa y afrontaba gastos médicos. Después de su muerte, Clara decidió conservar una parte del archivo y vender aquello que no sabía cómo utilizar.

—No entendía que algunas hojas pudieran formar parte de una investigación más amplia —dijo.

Mauro no la culpó.

Preguntó quién había gestionado las operaciones posteriores.

Era una casa especializada que no tenía relación con Echevarne ni con Roldán.

Eso reforzaba una idea que empezaba a resultar cada vez más clara: el mercado era reducido, pero no estaba centralizado en unas pocas personas.

Las hojas nueve y once no habían sido vendidas.

Adrián había marcado la caja para que quedara fuera de cualquier operación.

Clara consultó una lista para identificar qué había salido.

Una descripción llamó la atención:

Inventario parcial de libros en guarda.

Sebastián preguntó si existía fotografía.

Sí.

La imagen mostraba una hoja larga sin numeración antigua. Había nombres conocidos y otros que no habían visto nunca.

Irene preguntó por la procedencia declarada cuando Cifuentes la compró.

La ficha decía:

Compra a particular. Procedencia declarada: archivo familiar de Nájera.

Después de la muerte de Adrián, la pieza había sido vendida a una fundación privada que no tenía relación con los Velasco.

El nombre del comprador importaba menos que la fotografía.

Sebastián empezó a leer.

No era una escritura correspondiente a un único acto.

Registraba varios bienes librarios vinculados a responsables diferentes y procedentes de distintos lugares.

Una columna llevaba por encabezamiento:

situación

Las anotaciones indicaban qué libros habían sido devueltos y cuáles continuaban fuera. En otros casos constaba que se había producido una nueva entrega o que el asunto seguía pendiente.

Sebastián comprendió lo que tenía delante.

—Esto es un inventario de seguimiento.

Irene asintió.

La relación controlaba libros que seguían fuera de sus lugares de origen.

Más abajo aparecía:

Se revisarán de tiempo en tiempo las obligaciones mientras los libros no sean restituidos o puestos bajo nueva responsabilidad.

Mauro observó la frase.

—Se parece muchísimo a lo que venimos reconstruyendo.

Sebastián respondió con cuidado.

—Porque es una práctica de seguimiento.

No necesitaban llamarla sistema.

El documento demostraba algo más preciso y mucho más útil.

Alguien había reunido varios bienes bajo una misma lógica administrativa porque todos permanecían temporalmente fuera y necesitaban ser revisados.

Irene preguntó si allí aparecía el códice.

Sebastián encontró una entrada:

volumen emilianense, grande, falto al principio

Al lado figuraba:

M. de N.

Martín de Nalda.

Una anotación posterior decía:

relevo pendiente de testimonio

La cadena se detenía exactamente donde Cifuentes y Riaño habían dudado sobre P. S.

Los otros libros permitían comprender mejor la naturaleza del documento.

Algunos ya habían regresado.

Otro había sido transferido a una persona diferente.

El códice seguía pendiente.

Sebastián volvió a mirar la relación completa.

Hasta entonces habían sido ellos quienes agrupaban casos dispersos porque encontraban semejanzas.

Ahora tenían una fuente histórica donde alguien de aquella época había hecho algo parecido.

No había reunido los libros porque compartieran propietario o procedencia.

Los había reunido porque compartían una condición.

Seguían fuera y había que mantener noticia de quién respondía por ellos.

Irene dijo:

—Entonces sí podemos hablar de una práctica reconocida.

—Sí.

No de una organización.

Mucho menos de una red secreta.

Pero sí de una manera consciente de tratar un problema administrativo recurrente.

Mauro señaló la ficha de Cifuentes.

—Y esta pieza se vendió.

Clara buscó la anotación de su padre:

Duplicada por fotografía completa. No esencial conservar original.

Sebastián no juzgó la decisión.

Cifuentes había considerado que una reproducción completa era suficiente para su trabajo. No podía saber que años después alguien necesitaría examinar materialmente el original.

La fundación que lo había adquirido podía ser localizada y Mauro anotó el dato para solicitar acceso.

Sin embargo, la fotografía tenía otra observación en el reverso:

Comparar con relación nº 10. Misma serie administrativa, no mismo paquete.

Sebastián volvió sobre la frase.

No se refería a la numeración Valdeterra.

Cifuentes hablaba de otra relación.

Eso ampliaba de nuevo la investigación.

El paquete que ellos estaban siguiendo podía no ser el único conjunto creado para controlar bienes cuya obligación permanecía abierta.

Mauro abrió la sección No localizados.

Encontró la entrada:

Relación nº 10 — mencionada en inventario de Santa María. Paradero desconocido. Contenía al menos cinco libros, uno devuelto, dos transferidos, dos pendientes.

Debajo había una anotación de Riaño que sugería buscar en un archivo notarial.

Otra nota posterior de Cifuentes decía:

Buscar entre papeles de Pedro Salvatierra.

P. S.

El nombre volvía.

Cada vez parecía menos probable que correspondiera a un responsable y más razonable que identificara al escribano que había intervenido en la documentación.

Sebastián cerró la carpeta.

El archivo de Adrián Cifuentes no les había dado una solución terminada.

Había hecho algo más útil.

Les mostraba qué piezas se habían encontrado y cuáles seguían desaparecidas, pero también conservaba hipótesis que su autor había rechazado y dudas que todavía necesitaban prueba.

Clara miró las cajas.

Mauro dijo:

—Tu padre sabía bastante.

Ella negó suavemente.

—Él nunca decía que sabía. Decía que siempre faltaba el documento siguiente.

Sebastián sonrió.

Comprendía perfectamente.

El mercado había dispersado archivos familiares durante años.

Después había empezado a dispersarse también la colección del hombre que intentó reconstruirlos.

Una misma hoja podía pasar de una familia a un comerciante y terminar después en manos de un investigador. Con el tiempo podía regresar al mercado y entrar en una fundación que nada sabía de su primera procedencia.

Cada movimiento añadía una nueva capa moderna sobre una historia antigua que ya estaba fragmentada.

Los inventarios de Cifuentes permitían recuperar parte de ese camino.

Y, sobre todo, confirmaban una idea decisiva.

El Códice de San Millán no aparecía repetidamente porque alguien lo hubiera considerado único desde el principio.

Compartía aquellas relaciones con otros libros sometidos a la misma clase de responsabilidad.

La diferencia estaba en que los demás terminaban regresando o encontraban un nuevo cierre.

El volumen emilianense continuaba apareciendo.

No porque alguien hubiera decidido esconderlo.

Porque su obligación seguía abierta.