El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II) BLOQUE 3
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BLOQUE 3

La última anotación del archivo Medrano era una advertencia.

No estaba junto a una referencia del códice.

Aparecía en la cubierta de un paquete:

No separar estas relaciones porque unas explican las otras.

Sebastián leyó en silencio.

Mauro reaccionó primero.

—Y terminaron separadas.

—Sí.

El paquete ya había sido desarmado antes de llegar al mercado contemporáneo.

Eso impedía atribuir automáticamente la primera fragmentación a Echevarne.

Pero la frase demostraba que alguien había comprendido la importancia del conjunto.

Cada hoja aislada decía poco.

Juntas reconstruían una procedencia.

Irene preguntó:

—¿Sabemos cuántas piezas había?

Inés encontró una descripción:

Nueve relaciones y tres copias.

Doce documentos.

En el presente podían localizar con seguridad cinco.

Quizá seis.

Los demás estaban dispersos o perdidos.

Mauro preguntó:

—¿La hoja que conserva Echevarne era una de ellas?

Las dimensiones eran compatibles.

También la numeración marginal.

Irene pidió la fotografía de mayor resolución.

En la esquina inferior apareció:

7.

Una de las doce.

No podían certificar identidad material sin examinar el original.

Pero la relación era extremadamente fuerte.

La pieza comprada por Larraz tenía un 4.

Otro documento vendido mostraba un 5.

Sebastián observó las imágenes.

Las piezas comercializadas habían formado parte de una secuencia numerada.

Eso permitía reconstruir la fragmentación moderna no solo a partir del contenido.

También mediante características materiales.

Mauro revisó las fichas de venta.

La numeración aparecía en las fotografías.

No en las descripciones comerciales.

Sebastián dijo:

—Eso no demuestra mala fe.

—Lo sé.

—Pero sí demuestra que las hojas conservaban indicios visibles de haber formado un conjunto.

—Sí.

Mauro empezaba a reconstruir ahora una secuencia contemporánea.

Quién recibió las cajas.

Quién las inventarió.

Quién las fotografió.

Cuándo se separaron.

Quién redactó las fichas.

Y quién adquirió cada pieza.

La procedencia moderna también necesitaba responsables.

Sebastián volvió a la hoja número siete.

Después de T. de A. aparecían unas iniciales:

J. V.

Irene preguntó:

—¿El siguiente responsable?

—Puede.

—¿Tenemos protocolo?

Inés buscó.

No por iniciales.

Había demasiadas posibilidades.

Trabajaron con la fecha aproximada.

Tomás había mantenido el volumen durante al menos cinco años.

Después desaparecía de sus inventarios.

Una copia de Santa María decía:

relevado T. de A.; nueva obligación asentada

El nombre siguiente aparecía abreviado:

J. V.

Las mismas iniciales.

Aquello reforzaba la relación.

Buscaron personas del período.

Aparecieron varios candidatos.

Juan de Varea.

Jerónimo Velasco.

Jacinto de Villoslada.

Mauro miró a Sebastián al leer el segundo apellido.

Sebastián levantó la mano.

—No.

—No dije nada.

—Lo estabas pensando.

Un apellido coincidente no demostraba parentesco ni continuidad.

La misma precaución utilizada con Riaño seguía siendo válida.

Además, la cronología permitió descartar rápidamente a Jerónimo Velasco.

No encajaba por edad.

Mauro suspiró.

—Fue breve.

Quedaban Juan de Varea y Jacinto de Villoslada.

Necesitaban otro dato.

En la relación número siete, después de las iniciales, se conservaba una palabra:

escribano

Inés comprobó.

Jacinto de Villoslada no lo era.

Juan de Varea sí.

Irene dijo:

—Entonces J. V. es Juan de Varea.

Sebastián siguió observando la hoja.

—Sabemos quién es J. V. No sabemos todavía qué función cumple acá.

La experiencia con Alonso de Heredia había enseñado demasiado.

Un escribano podía aparecer junto a una transferencia sin recibir jamás el objeto.

—Necesitamos el verbo —dijo Irene.

La hoja estaba dañada.

Solo se distinguía:

T. de A. ... J. V. ... recibe razón...

Insuficiente.

Inés localizó un protocolo firmado por Juan de Varea.

Tomás de Arceo comparecía en él.

Sebastián empezó a leer.

Juan actuaba como escribano.

No como receptor.

Mauro negó.

—Otra vez.

—Sí.

Las iniciales pertenecían al hombre que había documentado el relevo.

No a quien recibió el códice.

Seguir únicamente nombres habría modificado erróneamente toda la cadena.

El receptor aparecía más abajo:

Martín de Nalda.

Sebastián lo anotó.

Otro responsable.

Pero la escritura contenía algo más importante que el nombre.

Junto al códice se registraban otros tres libros trasladados mediante actos próximos.

No todos pasaban a Martín.

Tampoco compartían procedencia.

Una nota de Juan de Varea explicaba por qué se habían asentado juntos:

se asientan juntos por tratarse de libros puestos fuera de sus lugares y sujetos a guarda

La sala quedó en silencio.

Irene se acercó.

—Eso ya es bastante más amplio.

Sebastián asintió.

No demostraba una red.

Tampoco una orden.

Pero sí una categoría práctica común.

Libros ausentes de su lugar habitual.

Bienes que continuaban sujetos a responsabilidad.

Objetos cuya situación necesitaba seguimiento documental.

Sebastián revisó los cuatro casos.

Uno procedía de una iglesia.

Otro pertenecía a una familia.

Un tercero venía de una pequeña comunidad religiosa.

El cuarto era el volumen de San Millán.

Orígenes distintos.

El mismo tipo de problema administrativo.

Irene dijo:

—Esto es lo que veníamos buscando.

Sebastián tardó un momento.

—Es la evidencia más clara que tenemos hasta ahora.

—¿De qué?

—De que no estamos reconstruyendo una anomalía exclusiva del códice.

El volumen de San Millán no era el único libro cuya ausencia se administraba mediante responsables y relevos.

Había otros.

No seguían la misma cadena.

No tenían por qué relacionarse entre sí.

Pero determinadas herramientas administrativas se repetían.

Eso cambiaba la interpretación.

Todavía no bastaba para hablar de una práctica regional uniforme.

Necesitaban más archivos.

Más períodos.

Más casos independientes.

Pero ya no trabajaban únicamente con semejanzas.

Tenían a un escribano que había agrupado actos diferentes por compartir una misma condición:

libros puestos fuera de sus lugares y sujetos a guarda

Sebastián volvió al nombre de Martín de Nalda.

Era el siguiente responsable demostrado del códice.

Pero el hallazgo mayor estaba en otra parte.

Hasta ese momento habían seguido el manuscrito para comprender qué le había ocurrido.

Ahora el manuscrito empezaba a enseñarles cómo reconocer lo ocurrido con otros libros.

Mauro colocó sobre la mesa las fotografías de las piezas localizadas:

4.

5.

7.

Faltaban las demás.

Los documentos que permitían demostrar aquella práctica habían sido numerados juntos.

Después terminaron separados.

Algunos vendidos.

Otros conservados en lugares distintos.

Y varios todavía no habían podido localizarse.

El archivo de una familia extinguida había sobrevivido durante siglos lo suficiente como para dejar una advertencia:

No separar estas relaciones porque unas explican las otras.

Nadie sabía quién la había escrito.

Pero seguía teniendo razón.

Una hoja aislada explicaba muy poco.

Solo cuando los fragmentos volvían a colocarse unos junto a otros empezaba a aparecer la verdadera dimensión de lo ocurrido.