CAPÍTULO 8 Antes de la siguiente entrega
BLOQUE 1
La ausencia de Bernardo Riaño duró menos de un año.
Eso fue lo primero que pudieron demostrar.
No se había marchado definitivamente de Nájera.
Tampoco había abandonado sus negocios.
Una escritura posterior volvía a situarlo en la villa pocos meses después.
Durante aquel intervalo, sin embargo, el volumen había cambiado de lugar.
No por pérdida.
Tampoco por venta.
Ni porque otra persona hubiese asumido todavía la responsabilidad.
Había sido una medida preventiva.
La expresión utilizada en el documento era sencilla:
para que no quede sin responsable durante su ausencia
Sebastián leyó la frase dos veces.
—Esto elimina una posibilidad.
Irene se acercó.
—¿Cuál?
—Que Bernardo dejara de ser considerado adecuado para conservarlo.
—Simplemente no estaba.
—Exactamente.
Mauro hojeaba las reproducciones.
—Entonces era bastante más flexible de lo que parecía.
—Sí.
—Si alguien tenía que ausentarse unos meses, podía mover el libro.
—Siempre que la obligación siguiera cubierta.
Inés Montalbán había localizado la referencia vinculada con la familia Arnedo.
Todavía no era la escritura de entrega.
Era una constancia posterior que señalaba que determinados bienes habían permanecido en una casa de esa familia mientras Bernardo se encontraba fuera de Nájera.
El nombre estaba completo:
Juan de Arnedo.
Mauro lo anotó.
—¿Otro responsable?
Sebastián negó.
—Todavía no.
—Dice que tuvo los bienes.
—Dice que estuvieron en su casa.
—Y tenemos el nombre.
—Eso tampoco es suficiente.
Irene intervino.
—Tiene razón.
Mauro la miró.
—Gracias por la ayuda.
La diferencia era fundamental.
Juan de Arnedo podía haber aceptado formalmente la obligación.
Pero también podía haberse limitado a proporcionar un lugar donde los bienes permanecieran durante la ausencia de Bernardo.
Habían aprendido que localizar un objeto no equivalía a identificar a quien respondía por él.
Inés encontró un protocolo otorgado pocos días antes de la partida.
El resumen decía:
Depósito de bienes durante ausencia.
No mencionaba libros.
La escritura original se conservaba.
Sebastián empezó a leer.
Había efectos mercantiles.
Papeles.
Una arqueta.
Después dos libros.
El primero era un volumen de cuentas.
El segundo:
el volumen grande de pergamino recibido anteriormente de Rodrigo de Cañas
Irene señaló la línea.
—Ése es.
—La remisión a Rodrigo lo identifica.
Más abajo encontraron la cláusula que resolvía la duda:
Juan de Arnedo los tendrá en su casa, quedando la responsabilidad principal en Bernardo Riaño hasta su regreso.
Mauro se quedó quieto.
—Entonces Juan no entra en la cadena de responsables.
—No como relevo formal.
—Solo guarda físicamente el libro.
—Sí.
Aquello era nuevo.
Un objeto podía cambiar de ubicación sin que cambiara la responsabilidad jurídica o documental.
La cadena de lugares y la cadena de responsables no eran exactamente la misma cosa.
Sebastián tomó una hoja y dibujó dos líneas.
En una escribió personas.
En otra, lugares.
Bernardo Riaño seguía respondiendo por el códice.
El volumen pasaba temporalmente a casa de Juan de Arnedo.
La documentación principal de la obligación permanecía con Bernardo.
Una constancia específica acompañaba el depósito.
Irene observó el esquema.
—Si seguimos solamente las casas, podemos inventar responsables que nunca existieron.
—Sí.
—Y si seguimos únicamente los nombres, podemos perder movimientos físicos.
—También.
Mauro miró las dos líneas.
—Empiezo a entender por qué siglos después nadie sabía qué había pasado.
Sebastián asintió.
Un manuscrito podía pasar por varias casas bajo una misma responsabilidad.
En otro momento podía cambiar de responsable sin abandonar una vivienda.
Después volver.
Siglos más tarde, un inventario doméstico podía hacer parecer propietario a alguien que únicamente había ofrecido un lugar seguro.
La complejidad por sí sola bastaba para deteriorar una procedencia.
No hacía falta que nadie intentara borrarla.
Inés siguió leyendo.
Juan debía mantener los bienes separados de los suyos.
No podía entregarlos a terceros.
Y estaba obligado a devolverlos cuando Bernardo regresara.
La cláusula era precisa.
Irene preguntó:
—¿Los devuelve?
Inés buscó la constancia.
Sí.
Meses después aparecía:
recibidos nuevamente por Bernardo Riaño
Sebastián observó la secuencia.
Habían conseguido reconstruir un movimiento completo.
El libro salía temporalmente de la casa del responsable.
Permanecía en otro lugar.
Regresaba.
La responsabilidad no había cambiado.
Irene dijo:
—Entonces vuelve a Bernardo.
—Sí.
—Y recién después tenemos que buscar un relevo real.
—Exactamente.
Mauro cerró la carpeta.
—¿Existe?
—Sí.
La fecha era poco posterior al regreso.
La escritura también sobrevivía.
Pero algo había cambiado.
No estaba otorgada ante Alonso de Heredia.
Por primera vez desde que habían comenzado a seguir aquellos relevos, el nombre del escribano desaparecía.
Sebastián miró la referencia.
—¿Quién la hizo?
Inés respondió:
Mateo Salinas.
Otro escribano.
Parecía un detalle menor.
No lo era.
Alonso había servido durante años como un punto de continuidad documental.
Si dejaba de intervenir, las fórmulas podían cambiar.
Las descripciones también.
Y la misma obligación podía comenzar a parecer otra cosa simplemente porque otro profesional la redactaba con un lenguaje diferente.
Irene lo entendió.
—Entonces tenemos que aprender a seguir el libro sin Alonso.
Sebastián asintió.
El escribano había sido una guía.
Nunca había sido la estructura.