El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II) BLOQUE 3
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Mauro fue el primero en descubrir que uno de los libros puestos a salvo seguía dejando un rastro completo.

No porque lo estuviera buscando.

Echevarne le había enviado una relación de piezas comercializadas procedentes del lote de Valdeterra.

El comerciante continuaba revisando sus archivos y, por el momento, estaba colaborando.

Entre las fotografías apareció una copia notarial descrita como:

Relación de entrega y posterior devolución de libro eclesiástico.

Sebastián leyó la ficha.

—¿Procedencia?

—Valdeterra.

—¿Comprador?

—Una biblioteca privada.

—¿Cuál?

Mauro le mostró el dato.

No conocían la institución.

La pieza no presentaba, por ahora, ningún problema jurídico demostrado.

Lo importante era su contenido.

Coincidía con uno de los casos que Fray Julián había llevado desde San Millán.

—Comparemos.

Julián abrió la carpeta.

La descripción del volumen coincidía.

También la fecha de regreso.

La copia vendida aportaba un nombre que el documento de San Millán no conservaba:

Hernando de Leza.

Responsable de la guarda.

Sebastián anotó.

Otro hombre.

Otra casa.

Otro libro.

Pero esta vez con el ciclo completo.

Había salido.

Había permanecido bajo responsabilidad de Hernando.

Y después había regresado.

Irene dijo:

—Esto es importante porque Hernando no aparece en la cadena del códice.

—Exactamente.

Eso hacía todavía menos plausible la existencia de un grupo fijo de personas dedicado a recibir libros.

Los responsables variaban según cada caso.

No había una lista permanente.

Había personas concretas elegidas para bienes concretos.

Mauro preguntó:

—¿Y cómo acaba esta copia en Valdeterra?

Sebastián buscó referencias.

Hernando de Leza había mantenido relaciones económicas con la casa.

Quizá la documentación llegó después como parte de una cuenta.

Tal vez como prueba de otra obligación.

No podían saberlo todavía.

Pero volvía a demostrar cómo una escritura podía alejarse mucho del objeto cuya historia registraba.

Irene examinó la reproducción.

Tenía marcas de plegado semejantes a otras piezas del lote.

Nada sorprendente si habían permanecido almacenadas juntas durante mucho tiempo.

Después señaló el borde.

—Esto sí puede ser interesante.

Había una numeración antigua.

No correspondía al inventario de Valdeterra.

Era anterior.

Una combinación breve de letra y número.

Fray Julián se quedó quieto.

—He visto un formato parecido en San Millán.

—¿Dónde?

—En una relación de libros apartados.

Sacó una reproducción.

La estructura era semejante.

No el mismo número.

Eso impedía identificarlas como una única serie sin más.

Sebastián sintió entusiasmo y desconfianza al mismo tiempo.

—Necesitamos más ejemplos.

—Sí —respondió Julián.

Encontraron otra pieza.

Después una tercera.

Las referencias no eran idénticas.

Ninguna correspondía al códice.

Pero todas estaban relacionadas con libros temporalmente ausentes de su lugar habitual.

Sebastián ordenó las fechas.

No pertenecían al mismo año.

Ni siquiera a una sola década.

Irene observó:

—La forma de registrar se repite.

—En términos generales, sí.

Inés revisó los códigos.

No parecían constituir una numeración universal.

Probablemente pertenecieran a relaciones distintas creadas en momentos diferentes.

Pero todas cumplían una función semejante.

Distinguir bienes ausentes cuya responsabilidad seguía identificada.

Sebastián empezó a comprender una idea más amplia.

No una red.

Una costumbre documental.

Cuando un bien valioso debía permanecer fuera temporalmente, alguien dejaba constancia de que seguía existiendo y de quién respondía por él.

La forma concreta podía cambiar según el lugar y la época.

El principio era más estable.

El objeto estaba fuera.

La responsabilidad seguía identificada.

La pertenencia no cambiaba por ese hecho.

Mauro volvió al caso del libro devuelto.

—¿Y qué ocurre cuando no regresa?

Sebastián miró la larga secuencia del códice.

—La responsabilidad sigue pasando de una persona a otra.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que la documentación deja de permitir seguirla.

Eso era lo que realmente necesitaban encontrar.

No el momento en que el códice había salido de San Millán.

Eso ya estaba demostrado.

Tampoco únicamente la lista de personas que lo habían recibido.

Buscaban el punto exacto en que dejó de existir una constancia eficaz.

El instante en que un libro todavía existente empezó a convertirse documentalmente en un libro perdido.

Inés encontró otra aparición de Bernardo Riaño.

No relacionada directamente con el códice.

Era una escritura donde recibía papeles pertenecientes a otra persona durante una ausencia.

Irene dijo:

—Entonces Bernardo actuaba como responsable de bienes ajenos también en otros asuntos.

—Sí.

—No fue elegido exclusivamente por el manuscrito.

—No.

Era simplemente una persona considerada capaz de responder.

Eso hacía la cadena todavía más plausible.

No necesitaba un conocimiento especial.

Necesitaba confianza y una obligación que pudiera demostrarse.

Mauro preguntó:

—¿Tenemos ya el relevo después de Bernardo?

Sebastián negó.

—Todavía no.

—Entonces él sigue siendo el último demostrado.

—Por ahora.

La siguiente pregunta era cuánto tiempo había permanecido el volumen con él y qué había ocurrido cuando dejó de poder responder.

Inés buscó referencias posteriores.

Encontró una.

No mencionaba el manuscrito en el encabezamiento.

Decía:

relación de bienes puestos a salvo durante la ausencia de Bernardo Riaño

Sebastián se quedó inmóvil.

—Ausencia.

—Sí.

—¿Se marchó de Nájera?

—Eso parece.

—¿Adónde?

Todavía no podían saberlo.

Pero la escritura enumeraba diversos bienes.

Uno decía:

libro grande de pergamino recibido por obligación anterior

El códice.

Otra vez.

Irene preguntó:

—¿Quién lo recibió durante su ausencia?

La relación remitía a un protocolo.

El número estaba completo.

El documento, sin embargo, ya no permanecía dentro del fondo que estaban consultando.

Mauro dejó escapar el aire.

—A ver si adivino.

Inés asintió.

—Terminó en documentación privada.

—¿Qué familia?

Ella leyó el índice.

Un apellido que todavía no había aparecido:

Arnedo.

Sebastián lo anotó.

No era un nuevo responsable.

Aún no.

Era una dirección documental.

Pero había algo más.

Junto al códice figuraban otros dos libros.

Uno procedía de una institución religiosa de Nájera.

El otro estaba vinculado con un archivo familiar.

Los tres habían sido desplazados durante el mismo intervalo.

Irene leyó la cláusula:

para evitar riesgo durante ausencia de sus responsables

Sebastián volvió sobre ella.

Aquello era diferente.

No eran tres historias aisladas que ellos hubieran reunido retrospectivamente.

Eran tres bienes librarios desplazados en el mismo momento por una causa práctica común.

Por primera vez tenían delante una acción coordinada.

Reducida.

Local.

Perfectamente explicable.

Pero coordinada.

Irene miró a Sebastián.

—¿Ahora podemos llamarlo sistema?

Sebastián negó.

Mauro soltó una risa.

—Tenía que intentarlo.

Sebastián continuó:

—Podemos decir que, ante determinadas circunstancias, varios libros podían ponerse a salvo al mismo tiempo.

Fray Julián observó el documento.

No hacía falta ninguna evacuación secreta.

Existía un riesgo concreto.

Había bienes vulnerables.

Personas capaces de recibirlos.

Y documentos destinados a dejar constancia de lo ocurrido.

Algunos libros regresaban.

Otros pasaban a nuevas manos.

Y alguno podía permanecer fuera durante tanto tiempo que su recorrido acabara atravesando generaciones.

Sebastián volvió a la expresión utilizada por el escribano:

puestos a salvo

Hasta ese momento habían seguido un manuscrito.

Ahora empezaban a encontrar algo más amplio.

No una organización.

Una respuesta repetida ante la necesidad.

Y si conseguían reunir suficientes casos independientes, tal vez pudieran demostrar que lo extraordinario nunca había sido que el códice saliera de San Millán.

Lo extraordinario era que, entre tantos libros puestos a salvo, aquel nunca hubiese regresado.