BLOQUE 2
Santa María conservaba más de una constancia.
La segunda apareció dentro de una serie documental catalogada con otro criterio.
No estaba titulada como entrega.
Tampoco como depósito.
Figuraba entre copias de obligaciones privadas.
Inés la localizó gracias al nombre de Diego de Arce.
Sebastián leyó.
Era posterior.
Mucho más breve.
Una síntesis.
No reproducía la escritura completa.
Pero conservaba algo que faltaba en la anterior:
procedente de San Millán
Mauro sonrió.
—Ahora sí.
Sebastián asintió.
Esta vez no había que interpretar unas iniciales.
La procedencia aparecía expresamente.
Irene se acercó.
—¿Qué perdió esta copia?
Sebastián siguió.
No describía con detalle la pérdida de los folios iniciales.
No mencionaba a Alonso de Heredia.
Tampoco reproducía la cláusula que obligaba a separar el volumen de los bienes propios de Diego.
Era mucho más breve.
Irene entendió.
—Entonces una copia conserva unas cosas y la otra conserva otras.
—Sí.
—Si hubiera sobrevivido solamente una...
—Nuestra reconstrucción sería incompleta.
Inés asintió.
Eso explicaba por qué investigadores que habían consultado fondos diferentes podían haber llegado a conclusiones aparentemente incompatibles.
Un documento decía quién había recibido el libro.
Otro conservaba la procedencia.
Otro describía el estado material.
La historia solo reaparecía cuando volvían a leerse juntos.
Inés dijo:
—Éste es uno de los problemas de los archivos fragmentados.
Sebastián la miró.
—Y de los fondos privados.
—También.
Mauro abrió la carpeta que había llevado consigo.
—Eso nos lleva a Echevarne.
Inés levantó una ceja.
—¿Quién?
Mauro resumió lo que habían averiguado.
Un comerciante de documentación histórica.
Papeles procedentes de fondos privados.
Piezas ofrecidas individualmente.
Procedencias descritas mediante fórmulas demasiado generales.
Inés no pareció sorprendida.
—Eso ocurre desde hace mucho.
Mauro preguntó:
—¿Legalmente?
—Muchas veces sí.
—¿Y si alguien separa un expediente?
—Depende de la procedencia y de quién sea el titular legítimo del fondo.
Mauro tomó nota.
Sebastián no quería mezclar todavía ambas líneas más de lo necesario.
—Primero terminemos con Santa María.
Inés lo miró.
—Hay una tercera referencia.
Irene sonrió.
—Por supuesto.
—No una tercera copia completa.
—¿Entonces?
—Una mención en un inventario antiguo.
La entrada decía:
Dos escrituras y una copia relativas a libro recibido en guarda.
Sebastián se inclinó.
—Dos escrituras.
—Sí.
—¿Tenemos ambas?
—Una puede ser la que acabamos de revisar.
—¿La otra?
Inés negó.
No estaba localizada.
Podía haberse perdido.
Trasladado.
Incorporado a otro fondo con una descripción diferente.
Sebastián siguió:
remitido desde San Millán por resguardo
La identificación se reforzaba.
Más abajo:
entrega posterior asentada aparte
Irene señaló la línea.
—Entonces Santa María tuvo constancia también de un relevo posterior.
—Eso parece.
—Después de Diego.
Sebastián asintió.
Mauro preguntó:
—¿Hay nombre?
No.
La cadena volvía a abrirse.
Sancho Martínez.
Alonso de Heredia como intermediario documental.
Diego de Arce como responsable.
Y después alguien más.
Santa María había conservado al menos una parte de aquella continuidad.
Irene dijo:
—Entonces funciona como testigo documental.
—Sí.
—Pero eso no significa que el manuscrito haya estado acá.
—Exactamente.
La diferencia debía permanecer clara.
Un archivo podía conservar una copia de una entrega sin haber recibido jamás el objeto descrito.
Inés encontró una transcripción posterior del mismo inventario.
La entrada había quedado reducida a:
Papeles sobre libro antiguo.
Sebastián negó lentamente.
—Ahí empieza a desaparecer la información.
Inés asintió.
Una descripción precisa había terminado convertida en una etiqueta casi inútil.
No porque alguien pretendiera ocultar algo.
Por simplificación.
Mauro preguntó:
—¿Quién hizo esa transcripción?
Inés dio el nombre de un archivero posterior.
Sebastián apenas lo registró.
Lo que le llamó la atención fue otra cosa.
La abreviatura utilizada para identificar aquella documentación se parecía a una que habían visto en San Millán.
—¿Puede pertenecer a la misma serie?
Inés negó.
—No.
—¿A una documentación de función semejante?
Ella pensó.
—Eso sí es posible.
Cada institución podía haber desarrollado sus propios registros de entregas, recepciones y constancias.
No era una estructura común.
Mucho menos una organización.
Eran soluciones administrativas parecidas ante problemas semejantes.
Irene volvió a la primera copia.
—¿Y el otro libro?
Sebastián levantó la vista.
—¿Cuál?
—El que aparecía junto al de San Millán en la escritura de Sancho.
Tenía razón.
Habían encontrado un segundo volumen procedente de otra casa monástica y lo habían dejado apartado porque su investigación estaba centrada en el códice.
Inés buscó la referencia.
También aparecía en la segunda copia.
No con una procedencia precisa.
Solo como:
otro libro recibido bajo obligación semejante
Sebastián se quedó quieto.
—Entonces ambas piezas aparecen dentro de la misma documentación.
—Sí.
—¿Mismo receptor?
—No.
El otro libro había sido entregado a una persona diferente.
Mauro preguntó:
—¿Y Santa María conservó constancia de los dos?
—Eso parece.
Aquello empezaba a ser importante.
Dos libros de procedencias distintas sometidos a obligaciones semejantes no demostraban todavía una práctica extendida.
Pero justificaban mirar más allá del caso de San Millán.
Irene dijo:
—Tenemos que seguir el segundo libro.
Sebastián la miró.
—Sí.
—Aunque no sea el que buscamos.
—Precisamente por eso.
Si aquel otro volumen había seguido un procedimiento semejante, podrían distinguir qué aspectos eran excepcionales y cuáles pertenecían a formas de administración más amplias.
Eso podía cambiar por completo la interpretación del recorrido de su propio manuscrito.
Mauro cerró su carpeta.
—Entonces tenemos varias líneas abiertas.
Sebastián asintió.
El códice.
El segundo libro.
Y los documentos antiguos que estaban apareciendo en el mercado contemporáneo.
Distintas rutas.
Un mismo problema de fondo.
La procedencia.