El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 58
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Capítulo 58

Bian no iba a dejarla entrar en el edificio y yo necesitaba salir un poco de la mazmorra.

Pero aún y así, me tomé mi tiempo para llegar a la verja de la entrada. « Déjala que espere. »

De camino a la salida, había tomado prestada la chaqueta de esquiar de Alex y me abrigué con ella.

Demasiado grande, demasiado ancha, pero olía como él.

Me permitiría esa pequeña consolación. No sabía qué era lo que sentía: ira, dolor, culpa.

Confusión. Todo mezclado. Todo buscando una vía de escape.

Todo impulsándome a hacer algo. Y el horrible sentimiento de que la respuesta equivocada sólo empeoraría las cosas.

« Averigua más primero » , me dije a mí misma.

En la penumbra del atardecer, Gabrielle estaba de pie junto a un coche de alquiler barato, vestida con su atuendo grunge de esquiadora, con su melena rojiza oculta bajo un gorro de esquiar.

Un par de guardias la estaban vigilando.

No había ninguna pistola apuntándola, pero con mucha sensatez mantenía las manos a la vista y la boca cerrada.

Parecía pálida, y tenía una arruga muy marcada en su frente.

Me colé por la verja y me paré delante de ella, esperando.

—Los demás se han ido de Denver —dijo de repente—. Querían volver a casa para esperar instrucciones. No saben lo que está pasando.

« No saben » . Es una forma interesante de expresarlo.

—Y tú, ¿qué crees que está pasando, Gabrielle?

—No lo sé exactamente. —Parpadeó. Apretó los labios brevemente, como si tuviera que sacar las palabras a la fuerza—. Pero sí que sé que ella no te traicionaría.

La observé. Ella me devolvió la mirada, así que dejé florecer la ira y, a través de ella, la dominación Athanate. Reflejé esa mirada estrecha y cortante que me decía que mis ojos se habían oscurecido.

Gabrielle no era Athanate, pero su aura era lo suficientemente sensible como para captar las señales Athanate y sabía lo suficiente sobre el Athanate para considerar que estaba en peligro.

Pero no dio un solo paso atrás.

—Quieres decir que « tú » no crees que ella pueda traicionarme —dije.

Tragó saliva para aliviar su garganta seca y su voz salió ronca, pero firme.

—Tú tampoco lo crees.

Dejé que las palabras se perdieran. No mostraría que las había oído.

Seguía sin retirarse, ni tampoco intentó atenuar el peso de sus palabras diciendo algo más.

Impresionante.

Ya la respetaba por el hecho de que había tomado un puesto de responsabilidad en una poderosa comunidad de Adeptos siendo muy joven.

Pero ¿eso era todo?

Dejé pasar un minuto completo mirándonos fijamente antes de hablar.

—Creo que deberíamos dar un paseo. —Me puse la capucha para evitar el viento en el cuello, cerré la chaqueta y metí las manos en los bolsillos.

Uno de los guardias avanzó, como si fuera a acompañarnos.

—Solas.

—Señora. —Se retiró. Era uno de los parientes de Bian. La llamó en cuanto me giré. Bian no se alegraría al saber que había salido a hablar con Gabrielle sola. Ni siquiera sé por qué había insistido en eso, para empezar. Me parecía lo correcto.

« Averigua más. » Con Bian aquí fuera, puede que Gabrielle dejara de hablar.

Teníamos cinco minutos antes de que llegase Bian, supuse.

Cogí a Gabrielle por el codo y la llevé calle abajo. Caminamos unos cincuenta metros antes de volver a hablar.

—Eso es toda una declaración, decir que yo no creo que me haya traicionado.

—Pero tengo razón, ¿verdad? No crees que te haya traicionado.

—No tienes razón, pero tampoco estás equivocada. Estoy en un punto en el que no puedo decidir. El hecho es que sé lo que vi. Me pregunto qué es lo que crees que sabes que ocurrió.

—No lo sé.

—No lo sabes, pero ¿todavía estás convencida de que no nos ha traicionado?

—He dicho « a ti » , sólo a ti. Y sí, estoy convencida.

Una convicción absoluta y total en su voz.

Cambié ligeramente de estrategia.

—¿Hay alguna diferencia entre traicionarme a mí y traicionar a alguien más? —Hice un gesto hacia Haven.

Miró fijamente hacia los jardines cubiertos de nieve, sin mirarme a los ojos.

—Quizá.

No dije nada y dejé que el silencio la obligara a justificarse.

—Quiero decir, ¿qué pasa si Diana no quiere que Kaothos vuelva con Tullah?

Resoplé, aunque por dentro pensaba: « Sí, claro. ¿Quién no querría ese poder? »

—¿Qué pasa si Flint y Kane no son lo que parecen? —continuó—. Aparecen aquí y casi no sabes nada de ellos…

—Sé más de ellos de lo que sé sobre ti —la corté—. Así que ahórrame la paranoia y dime por qué crees que estoy en el bando correcto.

—Gwen dijo que confiaba en ti —dijo—. Yo confío en ella.

De nuevo, esa confianza absoluta.

—Vale, ¿qué más dijo… Gwen?

Ni siquiera sabía cómo llamarla, estaba muy confundida.

—Que te habías equivocado con tu búsqueda —dijo Gabrielle—, y que todos sabían dónde estaba Tullah. Así que ella tuvo…

—¡Qué curioso! Sabes, Yelena me dijo que cuando llamó al apartamento de RiNo, le dijeron que la Hécate había salido sin hablar con nadie. Y eso fue justo después de haber terminado nuestra búsqueda.

Gabrielle se contrajo. A diferencia de la líder de su comunidad, ella tenía gestos y movimientos que podía interpretar. Le había pillado mintiendo, puede que por omisión, pero aún y así…

Enderezó los hombros.

—Gwen habló conmigo antes de irse. Dijo que no dijera nada a los demás.

—¿No confiaba en ellos?

—No lo sé, no tuve tiempo para preguntarle.

Podía ver su frustración en la forma en la que apretaba la mandíbula. Seguramente sabía que su historia sonaba poco convincente, pero estaba decidida a contarla.

Podía oír el sonido de los pasos de Bian en la nieve que llegaban desde la verja detrás de nosotras.

—Entonces, se puede confiar en mí —dije—. Aunque me haya equivocado y haya dejado a otra gente saber dónde estaba Tullah. ¿Y Gwen tuvo que ir para arreglar las cosas? ¿Es eso lo que te dijo?

—Más o menos.

—Entonces, si lo tenía todo controlado, ¿por qué has tenido que venir aquí y hablar conmigo?

—Porque dijo que no podría hacerlo todo sola. Te necesita.

Más espasmos, más señales. Un poco de duda, para variar.

—¿Para hacer qué? —pregunté.

Gabrielle tragó saliva y respiró profundamente.

—Para que Diana se acerque a Tullah lo suficiente como para que Kaothos pueda dar el salto.

—Vaya, eso responde a la pregunta que justo estábamos debatiendo ahí abajo. —Bian hablaba desde detrás de nosotras.

—¿Qué? —Gabrielle parecía confundida.

—Nos preguntábamos cómo el secuestro de Tullah iba a facilitarle a Weaver el acceso a Kaothos. ¿Qué plan habría elaborado para conseguir al dragón? Ahora tenemos nuestra respuesta. Tú vienes aquí y le pides a Amber que lleve a Diana con Weaver.

—¡No, no es así! —dijo Gabrielle—. No estoy de su parte, ni tampoco Gwen.

—¿De verdad? Veamos —dijo Bian—. La Hécate llama nuestra atención secuestrando a Amber y liberándola, luego recibe una invitación para visitar Manassah, porque, parecer ser, sólo quiere hablar.

Muy razonable. Pero en ese momento, Amber tiene una crisis por un hechizo que, según la Hécate, viene de Weaver y ella es la única que puede ayudarle.

Así que todos nos sentimos en deuda con ella.

Tan en deuda, que Diana la invita a venir a Haven.

Pero cuando ve la situación aquí, la Hécate saber que no podrá convencer a Diana y a Kaothos para que salgan de la mazmorra, no puede secuestrarlas, así que se le ocurre otra opción: utilizar a Amber para llevar a Kaothos directamente hasta Weaver.

Gabrielle abría y cerraba la boca, tan asombrada como indignada.

—Pero ¿cómo persuadir a Amber para que haga eso?

—continuó Bian—. La Hécate no puede, no una vez que haya ido y rescatado a Weaver mientras le ayudaba a secuestrar a Tullah.

Pero, por suerte para ella, tiene a alguien que podría ser capaz de convencernos.

Alguien joven, brillante, poco convencional y leal a la Hécate.

Exactamente el tipo de persona que nos atraería y que, por casualidad, nos han presentado.

—¡No os estoy mintiendo! —gritó Gabrielle.

—Claro que no. Sería peligroso mentir en una sala llena de Athanate y Adeptos. Además, la Hécate nunca revelaría su secreto al resto de su aquelarre. De hecho, les dejaría pensar que estamos del mismo lado; sobre todo a la persona que haya elegido para ganarse nuestra confianza.

—Eso es ridículo —dijo Gabrielle, pero por primera vez había un auténtico atisbo de duda en su voz.

—¿Lo es? —Bian levantó las cejas—. ¿Cuál fue el proceso de decisión que siguió la Hécate antes de traerte a Manassah aquella primera vez? ¿Antigüedad? ¿Aptitud?

—Estoy especializada en materializaciones —dijo Gabrielle.

—¿Eres la mejor que tiene para eso?

Gabrielle cerró la boca. Estaba claro que no lo era.

Y Bian tenía razón sobre otra cosa. A todos nos gustaba Gabrielle. Incluso a Bian. No quería que la joven formase parte de ninguna traición. Quería creerla.

—Espera —dije, apartando a Bian—. Todo esto es demasiado complicado. Nadie hace planes así. Hay demasiadas incógnitas, demasiadas variables.

—No vas a sacar a Diana de esa mazmorra —dijo Bian, su tono era neutro y definitivo.

—No estoy sugiriendo que lo vaya a hacer.

Claro, Kaothos podría comunicarse desde la mazmorra, daba igual lo que pensaran los demás. Había hablado conmigo justo antes del paseo espiritual impulsado por el peyote.

Me guardaría el secreto de momento. Si Kaothos no había dicho nada al respecto, no iba a hacerlo yo.

—No os estoy mintiendo —dijo Gabrielle. Estaba al borde de las lágrimas. Quedaba poco de la joven Adepta descarada y segura de sí misma—. Podéis comprobarlo, como hacéis con vuestros parientes.

—No sabes de qué estás hablando, Gabrielle.

—Dejé que mis colmillos se mostrasen por un momento y vi el parpadeo de sorpresa en sus ojos—.

No creo que nos estés mintiendo, pero Bian tiene razón.

Si la Hécate quería engañarnos, no habría enviado a alguien que conociera sus verdaderos planes. Te enviaría a ti a ciegas.

Gabrielle se limitó a negar con la cabeza y bajó la mirada.

Bian puso una mano en su hombro.