Capítulo 40
Primero Alex. Estaba en El Paso, recibiendo los juramentos de lealtad del resto de nuestra nueva manada. Nuestra manada. Yo debería estar ahí. Podía imaginar las preguntas que estaban haciendo sobre mí. Los comentarios susurrados cuando Alex no estaba cerca.
« Ella no es una auténtica Alfa » , dirían. « No puede estar emparejada con Alex. ¿Has oído cómo se comportó en ese club de Denver? ¿Y luego en la fábrica con ese Alfa de Albuquerque? »
Una certeza a prueba de balas: habría problemas por lo que pasó ayer por la noche.
No había explicado nada de eso a Alex. Le quité importancia cuando se fue de la fábrica. Ya era bastante malo que no pudiera estar allí con él, sería un desastre si tenía que volver aquí por mi culpa.
Tenía que hablarle de los renegados de El Paso, y cómo los había expulsado de Colorado. Habría sido mucho más fácil si me hubieran dicho sus nombres, aunque Alex lo aprobaría de todos modos.
Su gruñido a través del móvil me llegó a lo más profundo y le dejé hablar sólo por el placer de escuchar su voz.
Tenía mucho que contarme sobre su compleja tarea en Texas.
No podía desarraigar a toda la manada de El Paso de un día para otro.
Como cualquier manada, los miembros estaban integrados en la sociedad humana.
Tenían casa, contratos de trabajo o negocios, obligaciones, amigos y familia fuera de la manada.
Y todo eso debía ser gestionado con cuidado.
Luego, cuando los enviase al norte, los recién llegados a Colorado necesitarían organizarse aquí.
Skylur había propuesto apoyo, Bian estaba contenta por tenerlos temporalmente en Haven, pero necesitaban trabajos y lugares para vivir, y lo necesitaban rápido.
Alguien tenía que apretar los botones correctos en el momento adecuado.
Todo eso era exactamente el tipo de cosas que yo tendría que estar gestionando, como parte del equipo Alfa basado en Denver.
—Entonces, eso es lo que tengo que hacer —dije.
Se quedó en silencio un momento.
—Parece que ya tienes mucho trabajo por delante.
—Lo tengo, pero esta es nuestra manada. No puedo estar ahí contigo ahora mismo, así que tengo que hacer lo máximo que pueda, dónde pueda. Y eso es aquí, en Denver.
—Nuestra manada. —Su voz sonaba tranquila—. Todavía me sorprende cuando lo dices, pero es nuestra manada.
—Sabes cómo me siento, porque es lo mismo que tú sientes. Déjame esto a mí.
—¿Estás segura? —Su voz se ralentizó—. Estaba pensando en pedirle ayuda a Zane.
—Estoy segura. —Mi corazón se aceleró. Aunque estarían cooperando bajo las órdenes de Félix y Cameron, que Alex le pidiera ayuda a Zane era extraño, desde el punto de vista Alfa. Lo quisieran o no, esa petición conllevaría problemas de dominación en algún momento.
Y no quería a Zane aquí antes de haber tenido la oportunidad de hablar con Alex cara a cara sobre lo de ayer por la noche. Esos problemas de dominación no serían nada comparados con los otros.
Naturalmente, podía pedir ayuda a Félix.
Todavía había muchos miembros de la manada de Denver en Colorado.
Esa era la opción más sensata, pero ninguno de nosotros estábamos sugiriendo eso.
En términos licántropos era todavía peor; como admitir que como Alfas no podíamos gestionar las tareas.
Que no nos merecíamos ser Alfas de una gran manada.
Por eso Alex pensaba que Zane era la opción menos mala.
—Deja a Zane fuera de esto —dije con más confianza de la que realmente sentía—. Encontraré la manera de gestionar la manada de Denver. Todavía no sé lo que voy a hacer, y puede que no les dé exactamente lo que quieren, pero tendrán lo que necesitan.
Gruñó de nuevo y esta vez podía percibir el trasfondo. Le gustaba que fuera a gestionar la parte del traslado a Denver, que lo solucionáramos nosotros mismos.
No me preguntó por los detalles, por suerte. No tenía ninguno.
Y ya me estaba echando de menos. También podía percibirlo, se me erizó el vello de los brazos y me moví en la silla con placer.
« Tranquila, chica. »
—Voy a Haven hoy —dije—. Aprovecharé para hablar con los que ya están ahí.
—Vale, sólo hay unos cuantos. Te enviaré la lista por mensaje. Son jóvenes.
—Lo entiendo. —Podía intuir el tipo de decisión que debía tomar sobre a quién llevar a El Paso.
Se había llevado a los lugartenientes de Caleb y Victoria, cualquier hombre lobo senior y aquellos que tenían que volver a El Paso por motivos de trabajo o negocios.
Aunque eso habría provocado un sentimiento de abandono y desarraigo en aquellos que se quedaban en Colorado.
Tenía que solucionar eso.
—Todos saben que eres la jefa —continuó—. Estaré allí en un par de semanas con el segundo grupo y no puedo prometer lo mismo de estos. Todos me han jurado lealtad, pero…
—Sí, tendré que morder un par de cuellos, al estilo Alfa —dije—. Lo entiendo. ¿Cuánto tiempo nos llevará hasta que todos estén aquí?
—Irán llegando poco a poco en los próximos meses —dijo—Supongo que en un mes podré dejarles con un lugarteniente para que los organice, pero Félix y Cameron quieren una manada de remplazo en El Paso. Tendré que estar por ahí algún tiempo para ayudarles con eso.
—¿Han elegido una manada?
—Todavía no. Por cierto, vas a llamarles, ¿verdad? Ya he recibido un gruñido por mensaje.
—Estoy en ello —dije—. ¿Has hablado con Jen?
Gruñó:
—Sabes que esa mujer me está robando la empresa.
Me reí.
—Sí, ¿y? ¿Has hablado con ella?
—Hablé con ella tres minutos entre dos reuniones.
—Y no te está robando la empresa. Ha puesto a gente al mando para que la gestione mientras estás en El Paso.
Protestó.
—Sí, eso es lo que ella dice.
—Te cubre las espaldas, guaperas. Te cubrimos las espaldas.
—Y yo cubro las vuestras.
Me gustó oírle decir eso, y todavía no había acabado de hablar con mi marido; así que el educado golpe en la puerta no era una interrupción bienvenida.
—¿Sí? —Mi voz salió como un gruñido—. La puerta está abierta.
Rita entró con sus andares de puma al acecho. Estaba vestida para salir.
—Disculpa por la interrupción —dijo—. Bian estará lista en breve para llevarte a Haven.
El sonido de la risa de Alex me llegó por el teléfono.
—Terminaremos en otro momento —dijo—. Te quiero.
Terminó la llamada.
—Bian podría habérmelo dicho ella misma —le dije a Rita—. ¿Qué pasa?
¿Qué crisis tenemos ahora?
—Tove me ha preguntado si podíamos ir de compras —dijo Rita, encogiéndose de hombros—. No creo que me necesites en Haven y te quitará a Tove de en medio un rato. Evitará que siga dándole vueltas a todo. Es una petición justa. Lleva ropa de otra gente. Quería consultarlo contigo.
Me reí.
Crisis grandes y pequeñas juntas. Todas a la vez.
—Necesitará algo de dinero —señalé, y fui a la caja fuerte donde guardaba el efectivo—. ¿Eres consciente que no sabe nada de nosotros?
—Lo sabe —dijo Rita—aunque no conoce los detalles.
—Y es una adicta en recuperación. Me gustaría que siguiera recuperándose.
—Sí, lo entiendo. Nada de escapadas a escondidas para comprar provisiones.
—Muy bien. —Comencé a contar los billetes—. ¿Por qué crees que te ha elegido a ti para ir de compras? Por curiosidad.
—Las dos somos forasteras.
Fruncí el ceño y dejé de contar.
—Tú no eres una forastera.
—Bueno, menos que ella, imagino. Pero llegué ayer por la noche. —Se encogió de hombros y cruzó los brazos—. Dijo que le gustaba mi ropa.
¿Le daba vergüenza que Tove alabase su estilo? Añadí un par más de billetes grandes. Vestirse como Rita era mucho más caro que vestirse como yo.
—Tiene buen gusto —dije—. A parte de Jen, creo que eres la mujer más elegante que conozco.
—Gracias, jefa.
Ahora estaba avergonzada y contenta. A mí también me gustó que me llamara jefa.
Todavía no había terminado.
—Llévate a Lynch.
—¿De compras con las chicas? —Hizo una mueca—. Vale, pero no creo que te lo agradezca.
—Llévate a uno de los guardias también. Lynch puede considerarlo como un entrenamiento de seguridad —señalé—. Por mucho que me guste que hayas venido con nosotros, debes entender que estar cerca de Casa Farrell no siempre es seguro. Tendrás que estar pendiente de amenazas todo el tiempo.
—Emocionante —dijo, con los ojos verdes como un puma cuando cogió el dinero—. Gracias por esto. ¿Tenía razón en venir a consultarte?
—Sí, mientras te estés adaptando, sigue consultando conmigo o Yelena hasta que te digamos lo contrario.
Asintió y se fue.
Suspiré de nuevo. Yelena. Echaba de menos a mi Diakon. La necesitaba aquí. Saber que estaba cerca y que podía no aprobar algo me ayudaba a mantener lejos mis ideas más alocadas. Algunas de ellas, al menos.
Y también se ocupaba de temas menores, como que Rita me consultase si podía llevarse a Tove de compras.
¿Cómo se las apañaba Bian sin un Diakon?
Negué con la cabeza y llamé a Félix. Esto iba a ser mucho menos divertido que hablar con Alex.