Capítulo 8
Estaba tirada en el suelo. Debí de haberme dado un golpe en la cabeza. Fuerte. Me desmayé.
Me sacudí y me levanté. No estaba mareada.
Pero tampoco había rastro de Denver. Ni carreteras ni edificios. Ni nieve.
Una luz solar intensa y clara. Un viento cálido. Un matorral llano y seco, que descendía hacia el oeste hasta un río apenas visible.
«¿Qué demonios?»
Yelena estaba de pie a mi lado, parpadeando. Iba vestida con ropa de ante de antaño, llevaba el pelo trenzado, un collar de cuentas de turquesa alrededor del cuello y mocasines en los pies.
Por la forma en que me miraba, yo iba vestida igual.
Casi quería reírme, de no ser por la gravedad de lo que acababa de pasar.
«¿Qué demonios?» no parecía suficiente.
No había ni rastro de los demás.
—¿Flint? ¿Kane? —grité.
Un cuervo de plumaje brillante descendió flotando desde un cielo de un azul imposible y se posó en mi hombro.
Flint. El Cuervo. Sabía que era él. Ahora podía sentirlo.
«Kane está cerca del río, observándola.»
... y podía oírlo, en mi cabeza.
—¿Qué demonios ha pasado? ¿Dónde estamos?
«Nos ha engañado.» El cuervo se balanceó de un lado a otro. «Tiene aquí al equipo de élite de su aquelarre.»
—¿Dónde?
Miré a mi alrededor. No había nadie más.
El cuervo se movió un poco más.
«No aquí, exactamente. En Denver, cerca de donde estábamos.
Nosotros estamos físicamente aquí, ellos están físicamente allí, pero los mundos están muy cerca espiritualmente.
Creo que están en ese edificio de apartamentos por el que pasamos, protegiéndose de alguna manera.
Mostrando lo justo para atraernos hasta allí. »
—Entonces, ¿dónde estamos?
«Este es el mundo espiritual, tal y como ella lo ha dibujado. Un Denver sin gente. El mismo lugar, pero... un poco cambiado.»
—En verano.
El pájaro dio un pequeño aleteo, como un encogimiento de hombros, como si necesitara que me concentrara en cosas importantes.
—¿Podemos volver?
«Síii.»
No era la más segura de las respuestas.
—¿Significa que no? —dijo Yelena. Estaba recogiendo piedras. Era una buena idea. Una técnica rudimentaria, pero muy desagradable si te golpeaba una piedra pesada y bien lanzada—. ¿Significa que esa zorra de Hécate puede retenernos aquí? ¿Dónde está?
El cuervo graznó y batió las alas.
«En cuanto uno de los miembros del aquelarre flaquee, podremos volver», dijo. «O podemos debilitar aquí la canalización de energía que teje el mundo espiritual y nos arrastra hacia él. Hasta entonces...»
Titubeó.
—¿Qué?
«Este tejido es suyo. Mientras que ella y su aquelarre estén frescos y fuertes, y nosotros sigamos aquí, ella sigue siendo muy poderosa. Podría habernos matado a todos en cuanto llegamos aquí. Todavía podría hacerlo, tal vez. Y... »
—¿Y qué?
«Hemos averiguado lo que debió pasar. En Míchigan, Wendy hizo que los aquelarres rodearan la mansión de la Casa Prowser, esperando que Prowser nos entregara a Kane y a mí.
Amanda salió por la puerta principal con Scott mientras que nosotros nos escabullíamos por la parte de atrás.
No pensábamos que Wendy supiera que nos habíamos convertido en parientes de Amanda, así que cuando Wendy le preguntó a Amanda dónde iba, ella se lo dijo.
No parecía tener ninguna razón para no hacerlo. »
Eso aclaró un misterio. Gwendolyn no tuvo que seguirlos. Voló hasta allí, con su aquelarre, con toda la comodidad que se puede tener en un vuelo de corta distancia, había alquilado un apartamento y había esperado a que llegara la Casa Lloyd. Luego nos atrajo hasta aquí.
Se me hizo un nudo en el estómago.
—Esa zorra de Hécate va dos pasos por delante de ti —dijo Yelena.
«Aunque esa no era la cuestión. Si sabía que éramos parientes, podría habernos atrapado en Míchigan tomando a Amanda como rehén. Y si era tan poderosa, podría habernos matado allí. O podría habernos matado aquí cuando nos trajo al mundo de los espíritus.»
—Así que... no nos ha matado. Todavía. —Pensé en eso.
¿Significaba eso que no nos quería muertos?
¿O que primero quería jugar un poco con nosotros?
No expresé esa idea.
—¿Por qué? —pregunté en cambio.
«Kane y yo creemos que quiere estar aquí, en Denver, por alguna razón, y que quiere hablar contigo, Casa Farrell, más de lo que quiere matarnos.»
—Entonces deberíamos ver qué es lo que quiere.
El cuervo asintió con la cabeza.
Tenía la sensación de que estaba tremendamente avergonzado por haberse dejado engañar y algo sorprendido de seguir vivo. Y parecía muy curioso; eso era bueno, a veces.
Suspiré, tratando de fingir que todo esto no me había asustado.
—Indícame la dirección correcta. Y tú...
El cuervo ladeó la cabeza, con un ojo pequeño y brillante clavado en mí.
—Si me cagas en el hombro, te convertiré en tocado.
Kane estaba a mitad de camino de la orilla del río. Su pelaje de coyote era de color tostado y naranja, a juego con el suelo. Era casi invisible hasta que se puso de pie y se sacudió el polvo.
« Está sentada junto al río », dijo. « Esperando. »
—Bueno, si quiere hablar, vamos a hablar —dije en voz baja—. Pero si vosotros dos conseguís sacarnos de aquí, prefiero hablar con ella en mi territorio.
« Entendido » , dijo Flint. « Pero... »
« Puede que no nos oiga hablar a nosotros, pero cualquier cosa que tú digas en voz alta, podrá oírla » , añadió Kane.
—Genial.
Caminé hasta donde el terreno descendía y se volvía irregular. El río crecido había erosionado las orillas, dejando un margen de rocas desnudas y canales de tierra derrumbada.
No se trataba de un mundo virtual medio imaginario. Este Colorado era, a falta de una descripción mejor, real. Aunque sin la ciudad ni la gente.
La Hécate estaba cerca del agua que fluía, sentada con las piernas cruzadas, con la espalda apoyada contra una gran roca y las manos cruzadas sobre el regazo. Parecía cómoda, con todo el cuerpo relajado. No como si fuera a convertirme en un sapo y aplastarme.
Bajé con cautela y me senté frente a ella, con Yelena a mi derecha. Flint se quedó en mi hombro. Kane se sentó entre Yelena y yo, con la lengua fuera y la atención puesta en la Hécate.
Seguía llevando la gabardina de cuero negro. Parecía que había estado esperando a que nos uniéramos a ella.
Mientras la observaba, su aspecto cambió por completo. Su piel se oscureció, su cabello se volvió castaño claro y ondulado. Sus ojos se tornaron de un cálido color avellana en lugar de ese azul gélido y sin fondo.
Había visto cómo los rostros de los hombres lobo cambiaban entre humano y lobo, y si ellos podían hacerlo, supuse que un Adepto también podría.
¿Pero por qué lo haría?
El nuevo rostro, aunque casi idéntico, era más suave, menos rígido. Más... humano , de alguna manera.
Imaginé que pensaba que eso la hacía menos aterradora.
Se equivocaba. Fuera cual fuera su aspecto, emanaba un aura de inquietante amenaza.
Estaba demasiado aturdida por haber sido secuestrada como para sentir verdadero miedo, todavía, pero verla cambiar, verla sentada tan relajada y en control me hizo darme cuenta de lo impotente que me sentía, incluso con un par de Adeptos y Yelena.
Y, por el contrario, lo poderosa que era ella.
No era buena idea dejar que se diera cuenta de lo asustada que estaba.
—¿Nosotros cambiamos de ropa o de cuerpo y tú sólo cambias de cara? —pregunté.
Sus labios se convirtieron en una fina línea, ligeramente torcidos.
—Esta soy yo, tal y como soy, sin el Aspecto de mi guía espiritual —respondió—.
En cuanto a vuestra ropa, esta materialización del mundo espiritual no es puramente mía.
Al atraeros, tres de vosotros interactuasteis con la materialización, la modificasteis un poco para incluir algo de vosotros.
¿Qué otras formas podrían adoptar Cuervo y Coyote sino las suyas propias?
Y tú, al parecer, mezclas inconscientemente tu herencia nativa americana con tu expectativa del mundo espiritual.
Su voz seguía siendo la misma, muy tranquila y precisa.
—Nunca había estado aquí antes —dije—. No tengo ninguna expectativa.
—No exactamente aquí. —Volvió a fruncir los labios brevemente—. Pero tengo entendido que has creado tu propia materialización al ayudar a los cachorros licántropos que tenían problemas para transformarse. Por cierto, estoy impresionada.
Negué con la cabeza para borrar los recuerdos que ella había evocado, de bailar entre nubes de humo de hogueras al ritmo de pisadas. Aquello no era como esto.
—Dudo que pudiera hacer desaparecer nuestras pistolas con magia —dije.
—No, pero esas cosas no suelen existir aquí.
—Hizo una pausa. Sin inquietud, sin movimiento, salvo el de su rostro.
Una quietud completa y concentrada. Inquietante—.
Y en cuanto a tu valiente Diakon, con piedras en el bolsillo, debo señalar que ni siquiera tendría que agacharme.
Te tengo donde quiero, y aquí no puedes atacarme.
Oí el siseo de un suspiro exasperado de Yelena, pero no soltó las piedras. Que la Hécate afirmara algo no significaba que fuera cierto.
—Has dado refugio a la Casa Lloyd, ¿verdad? —dijo—. Así que ahora venís todos juntos.
Sus ojos se desplazaron de Cuervo a Coyote.
—Sí, he aceptado a la Casa Lloyd como una subcasa, lo que significa que todos están bajo mi protección y, por lo tanto, también bajo la protección de la Casa Altau.
Tenía que dejar eso claro. Flint y Kane parecían pensar que ella podría matarme allí sin más esfuerzo que un parpadeo, pero no lo haría si con ello se ganaba la enemistad de Skylur.
Al menos, eso esperaba.
El viento le sopló mechones de pelo por la cara. Ella los ignoró. Sus ojos volvieron a fijarse en los míos.
—Y cuando prestaste juramento a la Casa Lloyd, ¿te dijo ella que sus parientes estaban condenados a muerte? —preguntó.
—Sí.
—¿Te han explicado que podría haberos matado a todos cuando los traje aquí?
—Lo cual habría desencadenado una guerra con los Athanate.
—Quizá. —Sus fosas nasales se dilataron—. Quizá no.