El árbol de los sueños (Amber Farrell 6)
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Prólogo
Medianoche en el corazón del Desierto Pintado, y los muertos andrajosos se levantan como el polvo de los sueños tras sus pies susurrantes.
Sus rasgos están borrosos, los de tantos muertos; todos los contornos que una vez fueron orgullosos han sido acariciados hasta convertirse en formas suaves e inciertas, al igual que la piedra es esculpida por siglos de viento y lluvia.
La luz de la luna fluye a través de ellos como si fuera agua turbia, y levantan un millón de historias enredadas e inconfesables para que vuelen como estandartes tras ellos.
Son llamados aquí, los muertos, desde sus tumbas silenciosas a lo largo de los innumerables senderos de dolor.
Aquí, donde las montañas aún respiran y las rocas hablan.
Aquí, donde la lluvia es una bendición para la tierra abrasada, y el sol mira desde arriba al maíz amarillo mientras baila al son del desierto.
Aquí, donde pueden encontrar quienes les escuchen, en este lugar sagrado.
Tullah escucha mientras recorre el círculo a través de las frías profundidades de la noche. Cada noche. Es su elección. Su expiación. A cambio, los muertos se arremolinan detrás, obedientes a la llamada, y sus espíritus envuelven la kiva en la que su familia y amigos duermen bajo tierra.
Puede sentir a los buscadores de los que los esconde; grandes monstruos ciegos olfateando por las colinas y a través de los valles, lenguas espirituales parpadeantes que prueban el aire de la ciudad, frías manos espirituales que se arrastran como arañas por las llanuras.
A medida que los días han ido pasando, son más, en lugar de menos.
Su familia y los demás están a salvo, siempre y cuando las legiones de muertos rodeen la kiva —por todas partes, arriba, abajo— y la conviertan en un lugar entre el mundo físico y el mundo espiritual.
Los buscadores se deslizan sobre ellos, ajenos a todo, incapaces de percibir la kiva y a las personas que hay en su interior.
De momento.
Este camuflaje es obra de Chatima, una obra poderosa, chamánica y oscura para los buscadores, y sin ella la habrían encontrado hace mucho tiempo.
Es un hechizo de extraña y terrible belleza, encerrado aquí, alrededor de este lugar de poder.
Tullah mantiene el hechizo, recorriendo el círculo cada noche, y se enorgullece de hacerlo bien.
Pero no puede durar para siempre. Ha llegado a un punto de equilibrio entre los peligros de quedarse aquí y los peligros de marcharse.
Lo ha hablado con Chatima y con sus padres.
Han esperado todo lo que se han atrevido, con el mundo de los espíritus acechando tan cerca.
Estar con los espíritus pasa factura: el letargo provocado por el sol, la desconexión onírica del mundo físico que dura toda la noche, la sensación de ser más espíritu que carne.
No es la primera vez que Tullah piensa en la kiva como una tumba.
Si permanecen mucho más tiempo dentro, eso es lo que será; sus espíritus se desatarán de sus cuerpos.
Incluso antes de eso, los frágiles lazos con los guías espirituales se romperán, e impedirán que pueda recuperar a Kaothos.
Esa idea se le clava como garras en el pecho, hasta el punto de que le cuesta respirar. Si eso ocurre, más le valdría fundirse con el mundo de los espíritus.
Pero los demás no. Ellos no deberían sufrir.
Es a ella a quien buscan los cazadores, porque creen que todavía tiene a Kaothos.
Aunque no sería una buena idea señalarles su error: que la capturen sin Kaothos sería todavía peor.
Sabrían que podrían usarla como cebo para atraer a Kaothos a una trampa.
De hecho, sería más seguro para ellos hacerlo así.
Tiene que marcharse. Tiene que evadir a los buscadores. Tiene que devolver las cosas a como estaban antes.
Los demás no estarán en peligro por mucho tiempo, una vez que ella se haya ido.
Debe prepararse. No puede realizar los rituales de Chatima ella sola, ni este ritual puede trasladarse fuera de este lugar sagrado, pero tiene sus propios hechizos de ocultación que podrían servirle durante el tiempo que tarde en volver a Denver.
Matt dice que ahí es adonde se dirigen Kaothos y Diana en este momento.
Debe irse pronto. Debe irse sola. Sin tener en cuenta los pensamientos sobre la situación mortal, su paralizante vergüenza se está contagiando a todo el mundo. Incluso a Matt.
Mientras la luna se desliza por el cielo nocturno, alguien camina a su lado por el sendero circular.
Los muertos a veces hacen eso, así que le lleva un rato darse cuenta de que es Chatima.
Tullah no está del todo segura de si está presente con su cuerpo o si está caminando con su espíritu. Aquí, en el lugar «intermedio», no siempre es posible distinguirlo.
—Hay muchos caminos para seguir adelante, pero ninguno para volver atrás —dice Chatima, como si escuchara los pensamientos de Tullah sobre volver «a dejar las cosas como estaban antes»—. Y cada camino conlleva muerte, dolor, sufrimiento y pérdida.
Las palabras de Amber.
Las lágrimas de Tullah caen sobre el camino polvoriento, para perderse entre los sueños de los muertos.
—Todas las cosas que he hecho —susurra—, en equilibrio con todas las cosas que haré. Lo arreglaré.
—El mundo es un laberinto, niña. El camino nunca es recto. Pero alza la vista de vez en cuando, pues el cielo sigue siendo puro.
Tullah levanta la vista. Chatima tiene razón; la luz de la luna creciente tiene una pureza plateada. Es tranquilizadora.
La chamana Adepto ya no está a su lado cuando vuelve a bajar la vista.
—Todas las cosas que he hecho —repite ante los muertos que la escuchan. Las palabras parecían tan sencillas cuando Amber las pronunció. Las había oído con los oídos, pero no las había sentido en el corazón. En aquel momento, las palabras le habían parecido tan ligeras.
Ahora son como cadenas que lastran su alma.
Los muertos no rehúyen su vergüenza. Los muertos permanecen con ella.
Sus miles y miles de voces susurran como hojas secas. Si ella les dejara, le succionarían la vergüenza. Sería tan fácil; los espíritus ansían las emociones de los vivos. Sí, sería tan fácil dejarles alimentarse, pero se lo llevarían todo. Y cuando terminasen, ella sería una de ellos.
Pensamientos como esos le vienen a la mente. Este «limbo» no es un buen lugar para nadie, y menos aún para ella.
Junto con los pensamientos, tiene visiones y oye voces.
A veces ve a Evans. El hombre al que mató en la batalla de Carson Park. Le hormiguean las manos y vuelve a sentir el crujido de su cuello al romperse, una y otra vez. Ese momento repugnante y espantoso de placer salvaje, seguido de una avalancha de vergüenza y remordimientos.
«No se trata de él. Él merecía morir. Se trata de ti.»
Es como si la propia Amber le estuviera diciendo esas palabras, y le ayudan.
A veces las visiones son un consuelo mientras camina: el puma, bajando de su solitario territorio; el oso, despertando de su letargo; el búfalo, surgiendo de las praderas. El coyote. El zorro. La serpiente. El búho. El cuervo.
A veces no es un consuelo: su dragón camina en silencio a su lado, una visión de todo lo que ha perdido.
Y a menudo, cuando amanece, el extraño lobo se yergue en el acantilado con el sol naciente a sus espaldas, una visión en llamas.
A Chatima le inquieta el lobo, aunque intenta ocultarlo.
Abiertamente, dice que simboliza la esperanza de la redención, pero en lo más profundo de su corazón, Tullah sabe que, para ella, es una visión de vergüenza y un símbolo del perdón negado.