Capítulo Seis
DETECTIVE THEO FARIS
NO PODÍA CREER QUE YA HUBIERA PASADO LA MEDIANOCHE.
Theo estaba sentado en su escritorio. Empezaba a sentirse cansado. La cabeza le palpitaba como si alguien estuviera usando un taladro en su cráneo. No había pastilla que pudiera arreglar eso. Aun así, estaba viendo los archivos del caso en su escritorio. Empezó a armar el rompecabezas.
Cassandra Drake, un reality show y un asesinato.
Estaba contando los días para jubilarse y esta mierda le cayó encima.
De todas formas no podía dormir. Nunca podía después de tomar un caso. Muchos años en la fuerza y su cerebro seguía sin apagarse. Tenía cada detalle presente en la mente.
El apagón, la sangre, Cassandra en el piso de la cocina con puñaladas, sin vida. Todo eso manteniéndolo despierto.
De repente sonó su teléfono.
—Faris —dijo con la garganta empezando a secarse.
—Detective, habla Reynolds. Llegaron los resultados forenses. Necesita venir.
—Sí, señor —dijo.
Theo se paró y escuchó sus rodillas tronar.
Empezó a pensar que estaba muy viejo para esto.
Su cuerpo ya no era el que tenía cuando entró a la fuerza y luego se volvió detective.
Le encantaba su trabajo, hasta que fue demasiado y ahora la jubilación parecía lo justo.
Agarró su saco y se lo volvió a poner. La corbata negra ya aflojada alrededor de su cuello.
¿Cuándo pasó eso? No se acordaba. Se la apretó, se salpicó agua en la cara en el baño del pasillo y trató de verse como si no llevara despierto quién sabe cuántas horas.
Se le cerraban los ojos. Al fin y al cabo, setenta años es mucho tiempo.
Llegó al laboratorio forense. Las luces fluorescentes zumbaban arriba, haciendo que todo se sintiera sin vida.
Iris Boyd, la patóloga forense, tenía sus reportes listos y se acomodó los lentes de lectura que tenía en la nariz. No levantó la vista cuando Theo y Reynolds entraron. Tenía ojeras. Todos las tenían, pero resolver un caso no podía esperar.
—Siéntese —dijo y agarró un bolígrafo que le sostenía el chongo.
Theo se quedó de pie. Nunca se sentaba para malas noticias.
Iris hojeó los papeles mientras se arreglaba el pelo. Todas sus carpetas estaban cuidadosamente organizadas y con códigos de colores. Todo en Iris era preciso.
Levantó la vista. Por fin.
—Okay, escuchen, hay cinco puñaladas en el cuerpo, lo cual ya saben. Dos en la espalda, superficiales. Tres en el estómago, más profundas.
—Cortes vacilantes, probablemente —repitió Theo.
—Sí, creo que el asesino empezó inseguro pero terminó con confianza —Iris pasó una página—. No se ha recuperado el arma y basándome en la profundidad y el ángulo de las heridas, diría que una hoja de quince centímetros. Cuchillo de cocina, tal vez algo profesional. Algo que usaría un chef.
¿Un chef? ¿Podría alguna de esas celebridades ser también chef profesional?, pensó Theo.
Visualizó la cocina de la mansión que tenía cuchillos por todos lados. Cualquiera pudo haber agarrado uno y haber hecho esto. Ese era el problema, cualquiera pudo haberlo hecho.
—¿Qué hay del apagón? —preguntó Reynolds.
—Fue perfectamente calculado, asumo. Quien hizo esto sabía que se iban a ir las luces o planeó que se fueran —Iris golpeó su bolígrafo contra la mesa—.
Y vean esto —pasó a una página nueva—. Cassandra tenía alcohol en su sistema.
No suficiente para estar borracha, pero definitivamente afectada.
Suficiente para hacer sus reflejos más lentos.
—Entonces estaba tomando antes de que alguien la apuñalara —dijo Reynolds.
—Parece que sí.
—Coincide con todas las botellas vacías de alcohol que encontramos dentro de la mansión —observó Theo—. ¿Algo más?
Iris dudó un par de segundos.
—Encontramos tinta en sus manos. Tinta de bolígrafo y marcador. Rastros en sus dedos y sus palmas. Estaba escribiendo algo antes de morir.
Nadie dijo nada por un momento, solo el zumbido de las luces.
—¿Escribiendo qué? —continuó Theo. Tomando todos los reportes de las manos de Iris.
—No sé. No estaba del todo fresca, algo que pudo haber escrito antes o tal vez un día antes.
Theo se frotó los ojos y se rascó la cabeza.
—Necesitamos encontrar lo que escribió —dijo.
Iris asintió.
—Buena suerte con eso —quiso reírse pero no quería ser regañada por alguien como Theo.
Theo no tuvo mucho tiempo para pensar en la tinta. Un oficial joven se acercó, ¿Harris, tal vez? Theo ya no se acordaba de los nombres. El muchacho asomó la cabeza en el laboratorio.
—Detective Faris, la familia está aquí. El esposo y las hijas de Cassandra Drake. Preguntan por usted.
Carajo. La familia.
La peor parte del trabajo y nunca se hacía más fácil.
Reynolds le puso una mano en el hombro y sonrió. Lo habían hecho incontables veces. Enfrentar a la familia, a veces entregar las noticias que nadie quiere escuchar.
—Claro, vamos a verlos —suspiró Theo.
Podía escuchar el llanto antes de llegar a la sala de espera. Sollozos ahogados que le hacían odiar cada parte de esto.
James Drake estaba sentado en una silla. Era un tipo alto, pero la forma en que estaba encorvado lo hacía ver más pequeño. Tenía el pelo corto y rubio y un bigote grueso. No había color en su cara excepto por lo rojo alrededor de sus ojos.
Sus dos hijas estaban junto a él, ambas probablemente a principios de sus veintes.
Layla, la mayor, tenía la cara enterrada en sus manos, su pelo estaba esponjado y sus labios se veían secos.
Lesly, la menor, estaba recargada en la pared sin llorar, sus puños apretados contra sus caderas y su mirada no era suave, como si estuviera retando a Theo a decir algo mal.
James levantó la mirada cuando Theo entró y se paró rápido. Casi se cayó y se sostuvo.
—Detective —empezó a sollozar—. Por favor. ¿Qué le pasó a mi esposa?
Theo tomó aire y se preparó para lo peor.
—Señor Drake, lamento su pérdida. Estamos haciendo todo lo posible para descubrir quién hizo esto.
Lesly dio un paso adelante.
—Eso no es suficiente.
Se acomodó las mangas de su camisa abruptamente. Era más baja que todos en el cuarto, pero su presencia intimidaba.
—No queremos disculpas, Detective. Queremos respuestas. Mi mamá no merecía esto. Necesita encontrar quién hizo esto. ¡Ahora!
Theo la miró a los ojos. Vio a su madre en ella. Copia al carbón.
—Entiendo. Esta es mi prioridad. No voy a parar hasta encontrar al responsable. Tiene mi palabra.
—Iba a ganar —Layla cerró los ojos y las lágrimas empezaron a caer—.
Era tan fuerte. Era la mejor de todos los que estaban ahí, lo sabíamos.
¿Cómo pudo pasar esto? ¿Por qué nadie la protegió?
—las palabras apenas le salían—. Iba a llegar a la final y los otros concursantes lo vieron… uno de ellos hizo esto.
James agarró el brazo de Theo. Desesperado.
—¿Por qué? Solo… ¿por qué ella? ¿Por qué así?
Theo no tenía respuestas. Nunca las tenía en esta etapa. Era muy temprano. Pero se hizo una promesa, iba a resolver este caso y su recompensa iba a ser la jubilación. Disfrutar a su familia, probablemente en una playa del Caribe.
—Estamos entrevistando a todos los del programa, señor Drake. Concursantes y equipo de producción. Todos son sospechosos hasta que los descartemos y ese es nuestro trabajo —su instinto era consolar al hombre. Solo Dios sabe lo que Theo haría si alguien le hiciera algo a Alma.
—Espero que estén haciendo las preguntas correctas, Detective —dijo Lesly señalando a Theo—. Layla tiene razón. Uno de esos cabrones hizo esto. Mamá iba ganando y estaban celosos.
James miró a Lesly y le asintió.
—Voy a descubrir quién hizo esto —dijo Theo—. Cuenten con eso.
James se derrumbó otra vez. Se desplomó en la silla, sollozando. Las hijas trataron de consolarlo y Layla también empezó a llorar pero Lesly se acercó a Theo.
—Más le vale descubrir quién hizo esto.
Theo se quedó ahí parado. Nada de lo que pudiera decir iba a arreglar esto.
—Necesita saber, Detective —dijo James, apenas pudiendo hablar—. Amo a mi esposa, pero ella se propuso ganar esto y era experta en encontrar secretos y usarlos. Alguien estaba tratando de proteger un secreto.
Los concursantes que quedaban tenían motivo. Necesitaban que sus secretos permanecieran enterrados. Con Cassandra.
Theo se disculpó. Salió caminando mientras los escuchaba llorar por el pasillo.
Necesitaba jubilarse antes de que este trabajo lo matara.
Theo fue a su casa a descansar.
Se estaba engañando, no iba a poder dormir. Su mente no paraba.
Cada vez que cerraba los ojos, Cassandra Drake estaba ahí. Tiesa. En el piso de la cocina.
Tinta en las manos de Cassandra. ¿Qué escribió? ¿Dónde estaba? ¿Qué tipo de secretos había descubierto sobre sus competidores?
El teléfono sonó a las seis de la mañana.
Reynolds. Por supuesto.
—Vamos a traer a Kara Everett. Está haciendo una sesión de fotos en un parque de patinaje.
—¿Un parque de patinaje?
—Sí. Su asistente dice que va a estar ahí toda la mañana.
—La veré allá. Esto no puede esperar.
Theo se arrastró fuera de la cama. Se bañó, tomó su café y se puso la corbata negra y la camisa planchada. Lo de siempre. Trató de verse profesional. Se veía terrible de todas formas. Agarró un Red Bull del refrigerador, esperando que lo despertara de un golpe.
El sol de Miami ya era brutal a las siete de la mañana. El tráfico peor. Le tomó cuarenta minutos llegar al parque de patinaje, con el aire acondicionado del auto al máximo. Sudor en la espalda para cuando llegó.
El parque de patinaje estaba en medio de la ciudad. Rampas, rieles, grafiti y concreto por todos lados. Y ahí, parada en medio de todo, estaba Kara Everett.
Theo observó desde su auto por un minuto.
Kara estaba posando en lo que parecía un vestido de látex rojo demasiado apretado. El fotógrafo se movía junto a ella, tomando fotos con cada pose que Kara hacía. Gente corría a su alrededor con reflectores y equipo de cámaras, dando instrucciones. Se veía más joven de lo que era.
Su cuerpo parecía una obra de arte. Su pelo era ondulado y negro, sin una sola cana a la vista. Se veía como si nada hubiera pasado. Como si Cassandra Drake no estuviera muerta.