El Ángel de la Codicia (Las Reliquias del Nawal 2)
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CAPÍTULO 1
Mi nombre es Attaegina Mentastro. Soy la chica ángel de la que toda Nueva Pangea habla en estos instantes, la misma que ha despertado la usura de muchos pero que también ha prendido una chispa de esperanza en el corazón de otros.
Y tengo miedo de algunas cosas, pero no le tengo ninguno a Molok.
No. A ese diablo no. Y es que soy la única que ha conocido el hedor de sus mandíbulas y que ha salido viva de sus entrañas ponzoñosas.
La noche en que comienza esta historia me encontraba cautiva en Heimkel.
Llevaba veintiún días encerrada en el torreón de la casa del Clan del Salmón, sin lumbre ni luz, casi sin comer, sin una sola voz que me acompañara en mi soledad y no más contacto humano que el de las esclavas cuando venían a traerme avena con agua, sin abrir la boca, sin mirarme a los ojos, como si yo no fuera más que un mueble apoltronado en esa sala fría que, en otras circunstancias, habría constituido mis aposentos, pero que finalmente se había convertido en mi cárcel porque no quise ceder.
No, yo no cedía. Yo era más terca que la peor de nuestras cabras, como solían decirme.
Y Titania, la Matriarca de los Salmón, ya lo había comprobado muy a su pesar...
Me disponía a dormir, o al menos a intentarlo, en el rincón que desde hacía días se había convertido en mi cama, encogida para preservar el calor de mi cuerpo, mientras contemplaba la espiral de luz ambarina sobre la superficie de mi gema, o mejor dicho, la gema de Halcón (de algún modo, ya la había hecho mía), cuando escuché voces al otro lado de la puerta.
¡Muchas voces! A diferencia de las visitas silenciosas de las esclavas, en esta ocasión distinguí la presencia masculina de varios colmillos, y me reí para mis adentros creyendo que, tal vez, me habían considerado peligrosa y que por eso se había reunido semejante comitiva para abrir los cerrojos del portón.
Ni siquiera me moví cuando entró en primer lugar uno de esos bárbaros apuntándome con su lanza.
Se llamaba Drassil, y sabía, por lo que se escuchaba en los pasillos, que era uno de los fieles seguidores de Lorick.
Aunque reconozco que fue la siguiente visita la que más me desconcertó: una de las siervas portaba una bandeja de plata.
¡De plata! ¡Para mí! Sobre ella humeaban los mejores platos que el Clan del Salmón podía ofrecer a un huésped.
El aroma del caldo de huesos hervido durante horas, el olor de las perdices asadas sobre una cama de cebolla y sidra, el perfume del pan de centeno recién horneado y la mantequilla fundida me hicieron salivar como a un perro al que no se ha alimentado en semanas.
Pero, ¿a qué demonios se debía tanto lujo?
Detrás de la esclava iba otra con una jarra de cerveza caliente, y después, por fin, la responsable del espectáculo, la urdidora de todos los hilos: Titania, la Matriarca.
Su pequeña figura arrugada contrastaba con el esplendor de la estola que coronaba sus hombros desfigurados por la vejez.
Nadie nunca, a pesar de su vulnerabilidad física, se había atrevido a desobedecerla. Salvo yo.
Un sentimiento de añoranza me instó a buscar con la mirada más allá de la puerta por si hallaba el rostro de Lorick entre esos hombres del Norte.
Pero él no había venido a despedirse de mí siquiera.
Yo no había vuelto a verlo por mi ventana, ni a él ni a Creta.
A veces deseaba pensar que había sido fruto de algún delirio, que mi hermana nunca estuvo allí. Pero yo sé lo que vi.
─ Enderézate y come ─ me ordenó Titania cuando las esclavas pusieron ante mí todos esos manjares. Miré a la anciana, luego mis ojos desfilaron por encima de cada plato. Me moría de hambre, pero fingí tanta indiferencia como fui capaz. Después, devolví una mirada apática a la Matriarca.
─ ¿Es una orden? ─ le pregunté con ironía. Ella lo notó, pero evitó demostrarme cuánto la sacaba de quicio.
─ Es tu última cena. En Heimkel tratamos a nuestros presos con dignidad.
─ Ya, ya se ve. ¿Y a todos los entregáis a las alimañas para que los devoren?
Titania resopló y tomó asiento muy despacio, apoyándose en su bastón.
─Molok no es una alimaña, ignorante. Molok es un dios del mundo antiguo, y como dios ha de ser honrado.
No pude reprimir una carcajada y un gesto de incredulidad mientras me incorporaba para continuar con la conversación.
─¿Molok? ¿Ahora lo llamáis dios? ─le pregunté negando con la cabeza.
─Molok protegerá a mi pueblo y lo hará grande y vasto. Solo por eso merece la pena tu sacrificio.
─Ya… ¿Y qué sucederá después, cuando vuelva a tener hambre?
A Titania le incomodó mi pregunta, quizás porque había demasiada gente escuchándonos o porque había cosas sobre ese diablo que yo sabía y ella no.
Miró a las esclavas, después a los colmillos.
Todos esperaban de su Matriarca que fuera capaz de silenciar mis increpantes preguntas con un golpe de sabiduría propio de su edad. No se lo permití.
─Yo lo saciaré durante, ¿cuánto? ¿Semanas? ¿Meses? Tarde o temprano, volverá a tener hambre. Y Molok no obedece a nadie si está hambriento.
Drassil y los otros hombres, que nos rodeaban con sus lanzas en ristre, se miraron entre ellos con un halo de inquietud mientras las esclavas se limitaban a no alzar la cabeza del suelo.
¿Acaso se preguntaban en ese instante si ellas serían periódicamente el festín de ese monstruo, tal y como Nabor había ido haciendo con las doncellas del templo? Proseguí:
─Has de saber que Molok es una alimaña como cualquier otra, con una diferencia: es más viejo, más grande y voraz que ninguna que os hayáis topado antes, y eso lo convierte en una criatura muy difícil de someter.
¿Acaso no sabes que el propio Nabor XIII a punto estuvo de perder la vida intentando apaciguarlo cuando destruimos el Templo del Laurel?
Y no es por ofender, pero Nabor es aún más viejo y listo que tú.
¿Qué te hace pensar que Molok será más dócil contigo?
¿Crees que entregarle a la chica ángel te procurará eternamente su lealtad? Los diablos no son leales a nadie…
─Todo eso ya lo tengo planeado, niñata ─intervino por fin con un deje de altivez─. Llevo años planeándolo, de hecho. ¿Cómo crees, si no, que he sacado a mi clan adelante?
Titania intentaba aparentar firmeza delante de los suyos, era urgente para ella dar una imagen de líder sólida y concienzuda. Pero en el fondo sabía que no tenía credibilidad alguna para mí, que yo la consideraba una anciana ambiciosa y narcisista, y eso la corroía por dentro.
─Mi casta proviene de los mejores hechiceros del Norte ─prosiguió─.
Mis ancestros han sabido siempre cómo tratar con esta clase de criaturas para beneficiar al clan.
Ningún miembro del Clan del Salmón será nunca sacrificado a ningún diablo o dios, salvo que se entregue voluntario.
Y en Heimkel podemos jactarnos bien de eso.
─¿Qué?
Reconozco que esta vez fue ella quien me desmontó a mí. Su rostro, si cabe, se tornó aún más orgulloso mientras me explicaba que la fidelidad de los miembros del Clan del Salmón era digna de elogiar.
─Cualquier miembro de mi familia sabe cuándo y por qué entregar su vida en sacrificio. Durante siglos mi clan ha sobrevivido gracias a eso. ¿Cómo, si no, piensas que hemos sorteado a las criaturas que habitan estas tierras salvajes?
─¿En serio? ¿Entregáis tributos a las alimañas para que os respeten?
─Es necesario. Un miembro del Salmón por cada año de convivencia en paz y armonía. Una vida humana a cambio de cosecha sin malograr y ganado vivo. Todo lo hacemos por el bien común, por la familia. Aquí gozamos de esa virtud, Attaegina. La lealtad nos caracteriza.
─¿Lealtad, dices? ─dudé─. Quizás quieres decir miedo . Miedo al castigo. Desobedecer al clan se considera traición, y castigáis la traición con la muerte.
La Matriarca esbozó una sonrisa condescendiente.
─Te aseguro que las bestias que rondan nuestros bosques dan más miedo que nuestros castigos.
─Ya... ¿Y qué más? ¿Qué ganáis a cambio? ¿Qué ganas tú?
Era evidente que Titania venía preparada para cualquiera de mis preguntas por desafiantes que sonaran, por mucho que la pusieran en evidencia.
Aun así la noté ligeramente incómoda. Ni los colmillos ni las esclavas lo percibieron, pero yo entonces comprendí de dónde venían su poder y su longevidad: esa mujer ya era vieja cuando los ancestros de Lorick eran viejos.
¿Qué clase de privilegios le otorgaban en realidad esos pactos con diablos?
─Si tuvieras hijos comprenderías el honor de las madres que han muerto para procurarles un lugar más seguro donde vivir. Sin ir más lejos, la madre de Lorick se entregó cuando el suyo apenas tenía dos años.
¿Se burlaba de mí?
─La madre de Lorick vive sana y feliz en Caliza ─respondí tajante─. Se llama Prímula y...
─La madre de Lorick está muerta, y no se llamaba Prímula ─me espetó con no poca satisfacción al descubrir que Lorick nunca me lo había contado─.
Se llamaba Hela y era una de los nuestros.
Para que el niño sufriera lo menos posible, le pidió a Oberón que lo enviara a tu aldea.
Todos sabíamos que Oberón en sus viajes de negocios daba rienda a sus escarceos matrimoniales con una mujer de Caliza llamada Prímula, una joven repudiada por su primer esposo por ser yerma.
Como Prímula no podía tener hijos, adoptó de buen grado a Lorick y aceptó casarse con Oberón cuando quedase viudo.
Pero Lorick no es mestizo, si es lo que creías. Es un pura sangre del clan.
¿Era una mentira de Titania? ¿O era verdad y Lorick no me lo había contado? ¿Por qué era tan reservado? ¿Por qué ni siquiera había confiado en mí? Reconozco que me dolió.
─El Clan del Salmón tiene sus propias leyes, Attaegina. Y sus propios secretos también. Nadie que no sea del clan puede conocerlos. Tú nunca llegaste a serlo. Pero admito que me ha sorprendido lo de tu hermana Creta.