EL ANCLA EN LA TORMENTA CAPÍTULO 39 El peso de la corona
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CAPÍTULO 39 El peso de la corona

—¿Qué pasa aquí? —preguntó Elena, deteniéndose en el umbral de la gran sala de juntas al notar el remanente de tensión y el movimiento apresurado de los ejecutivos.

—Hablamos en la oficina, mi amor —le respondió Alessandro con suavidad, colocándole la mano en la espalda para guiarla.

El bloque familiar completo se trasladó de inmediato al despacho presidencial.

Una vez que la pesada puerta de madera se cerró, el magnate se acomodó en su sillón ejecutivo y le relató a Elena el millonario desfalco que Martínez había estado ejecutando.

Pero lo que realmente hizo que a Elena se le cortara la respiración fue escuchar cómo sus dos hijas adolescentes habían manejado la crisis.

—Yo... yo solo estaba haciendo una pregunta, papá —intervino Romina, bajando la mirada con timidez ante los elogios—. No sabía qué era lo que realmente estaba pasando en los libros contables.

—Encontraste la irregularidad con una rapidez increíble, hija —le aseguró Alessandro, clavando sus ojos negros en ella—.

Las dos lo hicieron de forma perfecta. La velocidad con la que tú viste el desfalco y la rapidez con la que Camila organizó la seguridad exterior...

Estoy profundamente orgulloso de ustedes.

En ese preciso instante, Samanta interrumpió el despacho ingresando con una carpeta en las manos. Su mirada se desvió de Alessandro y se dirigió directamente hacia la joven de quince años.

—Señorita Romina, el equipo técnico de la firma de contaduría externa acaba de llegar al edificio. Están esperando instrucciones.

—Bien —respondió Romina, perdiendo cualquier rastro de timidez en un segundo—. Llama a Marcos, por favor.

Marcos, el jefe del equipo de seguridad personal de Alessandro, entró al despacho de inmediato. Romina se plantó frente al gigantesco guardia e impartió las órdenes con una soltura que dejó a Elena estupefacta:

—Marcos, acaba de llegar la empresa que realizará la auditoría integral de la corporación.

Busca a tus mejores hombres, tráelos aquí y haz que los escolten de forma directa a los pisos correspondientes.

Vas a dar la orden estricta de que los libros contables solo se pueden utilizar dentro de las oficinas asignadas.

No tienen autorización para tomar fotografías, no pueden alterar ningún documento y tu personal de seguridad no los puede dejar solos en ningún momento del proceso.

A lo que terminen la jornada, el mismo equipo los escoltará a las salidas para que no exista la menor oportunidad de algún movimiento irregular.

Quiero que cada guardia te entregue un informe detallado de su trabajo por escrito a ti, y tú me lo haces llegar a mí, o a mi padre, con una copia directa a Samanta ante cualquier inconveniente.

Samanta, tú te haces cargo del filtro; si hay decisiones administrativas que tomar con urgencia, llamas a mi padre de inmediato.

Los teléfonos tienen que estar disponibles las veinticuatro horas hasta que termine todo el proceso.

Todo este movimiento tiene que ser completamente discreto pero sumamente eficiente. ¿Está claro?

Marcos se quedó un segundo estático. Desvió la mirada hacia Alessandro buscando la confirmación del gran jefe, y el magnate se limitó a asentar la cabeza con una sonrisa de absoluta aprobación.

—A partir de hoy, cualquier orden que den mi esposa o mis hijas es prioridad absoluta en esta corporación —sentenció Alessandro—. Si por algún motivo algo no se puede realizar, me avisan de inmediato.

—Sí, señor. Entendido —respondió el guardia, desapareciendo por el pasillo ejecutivo junto a Samanta.

En cuanto la puerta se cerró, Romina miró a su padre con un rastro de timidez.

—Lo siento, papá... no te consulté nada antes de hablar. Lo siento de verdad, esta es tu empresa y yo no tenía por qué haber actuado con tanta soltura —dijo la joven.

—Está muy bien, hija —la interrumpió Alessandro, dándole un sutil apretón en el hombro—.

Tomaste exactamente las decisiones que correspondían a la situación.

Sé perfectamente que si hubieras tenido alguna duda, me habrías preguntado.

Además, esta empresa a partir de ayer también es de ustedes, y me encanta ver cómo se están incorporando al terreno que el día de mañana les va a pertenecer.

Las dos hicieron un trabajo excelente para ser su primer día en el edificio; así cada día aprenderán más.

Ahora, ha sido demasiado movimiento para todos.

Tu madre también se ve cansada por su jornada en el casino.

¿Les parece si las invito a almorzar y después nos vamos a descansar a la mansión?

La pequeña Isidora ya debe estar aburrida en el jardín infantil.

—Papá —intervino Camila, dando un paso al frente con entusiasmo—.

En el piso de abajo hay unas oficinas muy amplias que están completamente vacías.

¿Por qué no las equipas y las remodelamos para hacer una sala de juegos para Isis y para los hijos de los demás empleados?

Así todas las mamás que trabajan aquí podrán tener a sus niños cerca y nosotros estaremos en este edificio con total tranquilidad.

—Me encanta la idea, hija —respondió el halcón—. Organiza todo de inmediato con Marta, la secretaria del piso inferior, ya que Samanta estará ocupada con la auditoría de tu hermana. Ve tú misma, haz que Marcos te acompañe y nosotros las esperamos abajo, ¿te parece bien?

—¡Sí, papi! Voy de inmediato —excluyó la joven de trece años, saliendo de la oficina presidencial con paso rápido.

Camila descendió por las escaleras mecánicas hacia el piso inferior, escoltada a una distancia prudente por Marcos.

Se dirigió directo al mostrador de la recepción y se plantó frente a Marta, la secretaria asignada a esa área administrativa.

Con la seguridad que le daba su nueva identidad, Camila le expuso el plan para la habilitación de la guardería infantil.

Sin embargo, Marta, una mujer rígida y arrogante que ignoraba por completo los acontecimientos del altar del día anterior, la miró de arriba abajo con un desprecio absoluto.

—Mira, niñita —soltó la secretaria con prepotencia, cruzándose de brazos—, yo soy una profesional de esta corporación y no recibo órdenes de ninguna mocosa malcriada que entra de la calle a inventar proyectos. Así que vete a jugar a otra parte.

Marcos, que presenció la falta de respeto desde el pasillo, sacó su radio de comunicación interna y marcó directo el canal privado de Alessandro.

—Señor Valverde, tenemos una situación de desacato en el piso inferior —informó el escolta con voz gélida—. La secretaria Marta está atacando verbalmente a la señorita Camila, negándose a cumplir sus directrices.

En cosa de segundos, el ambiente en el piso administrativo se cortó con el filo de una navaja.

Las puertas del ascensor privado se abrieron de golpe y la imponente figura de Alessandro emergió en el pasillo, flanqueado por Elena.

Su rostro denotaba un enojo descomunal; Alessandro avanzó con zancadas firmes hasta plantarse detrás de Camila, colocándole una mano protectora en el hombro.

—¿Qué pasa aquí? —exigió el magnate con una voz gruesa que resonó en todo el piso.

—¡Señor Valverde! Qué bueno que llega —balbuceó Marta, perdiendo la soberbia en el acto—.

Esta mocosa insolente entró a mi área diciendo que es su hija y me está mandando a mí a remodelar las oficinas vacías para su supuesta hermana menor...

Quién sabe de quién es realmente esta niña, y ahora quiere traer a los mocosos de los empleados a romper el orden de las oficinas.

Esa frase terminó por desatar la tormenta del halcón. Alessandro dio un paso al frente y la clavó con sus ojos negros penetrantes, con una furia inquebrantable.

—Ellas son mis hijas legítimas —sentenció Alessandro con un tono denso e inapelable que helaba la sangre—.

Llevan mi apellido. Y por haberle faltado el respeto de esa manera a mi hija dentro de mi propia empresa, estás despedida de forma inmediata.

Te me vas en este mismo instante a la oficina de Recursos Humanos a buscar tu liquidación final.

No te quiero ver un segundo más en mis dependencias. Muévete.

Marta se quedó pálida, con la boca abierta, dándose cuenta de que su arrogancia le había costado el puesto. Agarró sus pertenencias con manos temblorosas y desapareció por el pasillo del fondo sin atreverse a emitir una sola queja.

Alessandro desvió la mirada hacia el resto de los escritorios, donde el personal permanecía estático. Sus ojos se posaron en una joven asistente que observaba la escena con una postura humilde y respetuosa.

—Roxana —ordenó el jefe con voz firme—. A partir de este minuto, tú ocupas el puesto oficial que dejó vacante Marta en esta recepción. Tu sueldo será nivelado al cargo de forma inmediata. Y vas a hacer exactamente todo lo que mi hija Camila te solicite para esa área.

Roxana parpadeó, asombrada por el ascenso imprevisto, y se enderezó de inmediato con una libreta en mano, sonriéndole con sincera simpatía a la menor de trece años.

—Señorita Camila, por favor, dígame cuáles son sus directrices. Estoy lista para tomar nota de todo lo que requiera para el espacio de los niños.

Camila le dedicó una mirada triunfal a Alessandro y comenzó a dictarle a Roxana los requerimientos para el mobiliario infantil, las alfombras de goma y las pantallas de entretenimiento.

Roxana se comunicó de inmediato con el departamento de infraestructura y logística para gestionar las órdenes de compra, coordinando los hilos del imperio para tener ese espacio listo lo antes posible.