EL ANCLA EN LA TORMENTA CAPÍTULO 21 El lienzo de las verdades guardadas
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CAPÍTULO 21 El lienzo de las verdades guardadas

Mientras en la planta baja la cocina se llenaba de un aroma reconfortante a hogar y de una complicidad silenciosa pero profunda entre Elena y Alessandro, las dos mayores continuaban explorando la inmensidad de la propiedad bajo la guía de Nana.

Los ojos de Romina y Camila saltaban de un espacio a otro sin poder creer lo que veían: una sala de juegos equipada como un centro de entretenimiento, piscinas techadas de agua cristalina y canchas deportivas profesionales que hicieron que el corazón de Romina latiera con fuerza.

Sin embargo, fue al subir las escaleras hacia el tercer piso cuando el ambiente cambió.

Al fondo del pasillo, junto a una imponente biblioteca de madera noble que tocaba el techo, una serie de cuadros colgados en la pared detuvieron en seco los pasos de Camila.

La niña de trece años se quedó estática, contemplando los trazos y las texturas con una fascinación magnética.

Nana, que caminaba a su lado observándola con esa sabiduría que dan los años, sonrió con dulzura.

—¿Te gusta la pintura, mi niña? —le preguntó con voz mansa.

—Sí, me gusta... —confesó Camila, bajando la mirada con timidez—. Aunque no pinto mucho. No encuentro que se me dé muy bien, la verdad.

—¿Y por qué no me muestras lo que sabes hacer? Vengan por aquí.

Nana empujó una pesada puerta que daba acceso a un luminoso taller de arte privado, un rincón que Alessandro mantenía impecable pero vacío.

Camila vio los óleos alineados por tonalidades, los pinceles de hilos finos y un lienzo en blanco descansando sobre un imponente caballete de madera.

El pulso se le aceleró. Con dedos temblorosos por el nerviosismo, tomó una paleta, mezcló los primeros pigmentos y acercó el pincel a la tela.

Al principio, sus trazos fueron rígidos, temerosos de salirse del margen o de arruinar el material.

Pero a los pocos minutos, una fuerza interna derribó la barrera.

Camila se desconectó por completo del mundo exterior.

Se perdió en la inmensidad de los colores, permitiendo que su mente se abriera a una imaginación salvaje a través de la fuerza de sus manos.

Cada pincelada se convirtió en un grito silencioso.

A través de esos trazos abstractos y oscuros, la niña comenzó a plasmar todo lo que llevaba sepultado en su interior: la desolación y el vacío asfixiante de no tener un padre,

el dolor lacerante de sufrir humillaciones en la escuela y la impotencia desgarradora de ver a su madre derrotada por el cansancio físico y económico.

Pintó la culpa de sentirse una carga, el sufrimiento de ser hijas y no poder hacer nada para aliviar el peso del mundo sobre la espalda de Elena.

Todos en la casa pensaban que Camila no se daba cuenta de las cosas debido a su actitud rebelde y contestataria.

Perro la realidad era mucho más madura y dolorosa: ella lo veía absolutamente todo.

Veía las ojeras de su mamá, las cuentas sin pagar y el remiendo de la ropa a oscuras; solo que lo guardaba todo en una caja fuerte dentro de su pecho para no causar más daño del que ya había en el hogar.

Sin embargo, el lienzo no se quedó en la oscuridad.

Conforme el óleo avanzaba, Camila tomó un amarillo intenso y un blanco puro, trazando un rayo violento que cruzaba el centro de la pintura, iluminando las sombras y rompiendo de golpe cualquier esquema rígido.

Ese rayo era Alessandro. Era la fuerza imponente de un hombre que, en menos de veintiocho horas, había llegado a plantar un muro de protección frente a ellas.

Al terminar, con la respiración agitada y los ojos brillantes, Camila soltó el pincel. Nana, conmovida hasta las lágrimas por la madurez del arte de la niña, le dio un suave abrazo por los hombros.

—Eres una artista de verdad, mi cielo —le susurró Nana—. Ahora, dejen que se seque este milagro y vengan conmigo.

Nana tomó a Camila de la mano y guió a las dos hermanas hacia la sala de juegos contigua.

Ahí, encendió una llamativa máquina de palomitas de maíz que inundó el piso con un delicioso olor a maíz tostado y mantequilla.

Preparó dos bolsas grandes para ellas y activó las consolas y los flippers automáticos.

Fue en ese instante donde la coraza de Camila se terminó de romper.

La niña comenzó a jugar y a reír a carcajadas de una manera en que no lo hacía desde hacía años.

Con cada botón que presionaba, con cada juego interactivo que compartía con Romina, Camila eliminaba la frustración de los insultos recibidos en el colegio, el dolor de las palabras hirientes de los niños y la rabia acumulada por la injusticia de su pasado.

Volvía a ser simplemente una niña de trece años.

Estaba limpiando su alma en el tercer piso de la casa del hombre al que ya había decidido llamar papá, sin saber que abajo, en la cocina, Elena estaba a punto de descubrir el verdadero tamaño del corazón de Alessandro.