EL ANCLA EN LA TORMENTA CAPÍTULO 20 El sabor de la pertenencia
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CAPÍTULO 20 El sabor de la pertenencia

Tras la contundente lección de justicia en el despacho presidencial, Camila abrió la boca con timidez, intentando encontrar las palabras correctas para asimilar el torbellino de emociones que le apretaba el pecho.

Sin embargo, el momento fue interrumpido por un pequeño bostezo.

Al otro lado de la oficina, la pequeña Isidora despertó de su siesta sobre el sofá.

Tallándose los ojos con sus puñitos, la bebé se incorporó e instintivamente comenzó a buscar al gran hombre de traje gris con la mirada.

En cuanto sus ojos se toparon con Alessandro, bajó del sillón con sus pasos torpes, caminó directo hacia él y estiró los brazos con total naturalidad, exigiendo que la cargara.

Alessandro la levantó en el acto, y la menor se acomodó en su cuello, suspirando con absoluto relajo.

Elena, sintiendo que la presencia de su familia ya estaba alterando demasiado la agenda del magnate, comenzó a reunir las carpetas con nerviosismo.

—Alessandro... ¿te parece si me llevo esta documentación a casa para revisarla con calma? —pidió Elena, forzando una sonrisa tímida—. Creo que ya es hora de que nos vayamos para dejarte trabajar tranquilo.

—No te preocupes por eso, Elena —respondió él de inmediato, restándole importancia con un gesto de la mano—.

Todo el trabajo de hoy lo soluciono durante la semana o la próxima.

No tengo reuniones importantes en agenda.

Así que... ¿qué les parece si las invito a cenar para celebrar nuestra gran negociación del día?

Festejamos los acontecimientos y después las voy a dejar a su casa.

Romina, intercambiando una mirada de complicidad con Camila, dio un paso al frente antes de que su madre pudiera replicar.

—¿Y qué te parece si mi mamá cocina para todos y nosotros la ayudamos? —propuso la joven de quince años con una sonrisa astuta—. Así no gastas dinero en un restaurante.

—Por mí está bien —coincidió Elena, sintiéndose mucho más cómoda con la idea de retribuir el gesto a través de lo que mejor sabía hacer—. ¿Les parece que vayamos a mi casa?

Alessandro miró a Elena y luego a las adolescentes, con una chispa de travesura en sus ojos negros.

—¿Y si vamos a la mía? —contraatacó el halcón con voz profunda—. Allá podremos cocinar todos juntos, hay más espacio y la cocina está equipada.

—¡Por nosotras está bien! —respondieron las dos mayores al unísono, entusiasmadas con la idea. Isidora, como respaldando la moción, se aferró con más fuerza al cuello del empresario, y Elena no tuvo más remedio que asentir con una timidez que le encendía las mejillas.

—¿No le molestará a tu familia que lleguemos así de imprevisto? —preguntó Romina con prudencia mientras caminaban hacia el ascensor privado.

—No, cariño —le respondió Alessandro, y una sutil sombra de melancolía cruzó su semblante por un segundo—. Yo soy solo. No tengo familia. En esa casa solo estamos mi nana y yo. Ella me cuida desde que era un niño, como si fuera mi propia madre.

Los cinco subieron al automóvil de lujo y abandonaron el complejo corporativo rumbo a la exclusiva zona residencial de la ciudad.

Al detenerse frente a una imponente propiedad, las puertas principales se abrieron y en el umbral apareció una mujer mayor, de contextura anchita, cabello blanco como la nieve y una sonrisa desbordante de alegría.

—¡Llegaste, mi niño! Y tan temprano... —exclamó la mujer, pero se detuvo en seco al ver el grupo que lo acompañaba—. ¿Y estas preciosuras quiénes son?

—Nana, ella es Elena —las presentó Alessandro, rompiendo toda su rigidez habitual—. Y ellas son Romina, Camila e la pequeña Isidora.

—¡Pero qué hermosas son todas! —dijo la anciana, juntando las manos con genuino entusiasmo.

—Gracias, señora —respondió Romina con educación.

—¡Nada de señora, mi niña! Soy Nana para todas ustedes a partir de hoy —la corrigió con un guiño cariñoso.

Camila, que caminaba observando los techos altos, las luces cálidas y la majestuosidad del lugar, se acercó a Alessandro sin un ápice de la hostilidad de la mañana.

—Papi... es muy linda tu casa —susurró la niña de trece años, mirando el entorno con fascinación—. Es como la casa de muñecas de Isi.

A Alessandro se le expandió el pecho al escuchar el apelativo. Una calidez desconocida le recorrió cada fibra del cuerpo.

—¿Te gusta, preciosa? —le preguntó, agachándose levemente.

—Sí, me encanta.

—¿Por qué no van con Nana a recorrer la casa? —propuso él con una sonrisa mansa—. Estoy seguro de que les encantará lo que van a encontrar en el segundo piso.

—¿De verdad? ¿Podemos ir? —preguntó Romina, mirando a su madre y luego al empresario.

—Claro que sí. Y si quieren jugar con algo, háganlo. Nana tiene todo lo que ustedes quieran.

Esa frase fue el detonante para que las dos mayores salieran corriendo escaleras arriba, contagiadas por una libertad y una alegría que la trágica rutina les había extirpado hacía años.

La pequeña Isidora, viendo el movimiento, pidió bajarse de los brazos de Alessandro.

El hombre la acomodó con delicadeza en el gigantesco sillón de la sala principal y le encendió unas caricaturas en la pantalla, asegurándose de que estuviera cómoda.

Acto seguido, Alessandro y Elena se dirigieron a la cocina de concepto abierto, un espacio inmenso de mármol y acero desde donde podían vigilar perfectamente a la bebé a través del ventanal interno.

Elena se detuvo junto a la barra de la cocina, cruzándose de brazos con un nerviosismo evidente. Mordió su labio inferior y bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada al magnate.

—Perdón... —susurró Elena con la voz cargada de vergüenza—. Te pido una disculpa por lo de hace un rato. Camila no debió llamarte así. No debió decirte "papá" ni "papi".

Alessandro dejó las verduras sobre la barra, se giró lentamente y avanzó hacia ella hasta recortar cualquier distancia. Con una suavidad pasmosa, colocó sus manos grandes y cálidas sobre los hombros caídos de Elena, obligándola a levantar la vista para clavarla en sus ojos negros penetrantes.

—A mí no me molesta, Elena. Déjala, es solo una niña —le dijo con una voz gruesa que derramaba una ternura absoluta—. Ellas pueden llamarme como quieran.

—No... no pueden —insistió Elena, sintiendo que el aire le faltaba por la cercanía del hombre—. Recién te conocen hoy, Alessandro. No es correcto, la estructura de la educación no es así...

—Elena, escúchame bien —la interrumpió él, apretando sutilmente sus hombros para transmitirle toda su inquebrantable seguridad—.

A mí no me molesta en lo más mínimo. Si en mí ellas ven una figura paterna, que así sea.

Yo soy el hombre más feliz del mundo al ser su padre y darles absolutamente todo lo que necesitan en esta vida.

Si me llaman papá, papi, Tapi o como sea, es porque confían en mí.

Y la confianza no es algo que se gane con el paso del tiempo; la confianza se demuestra con hechos, no con palabras.

Alessandro se inclinó un poco más, reduciendo la distancia entre sus rostros, permitiendo que Elena sintiera el calor de su respiración.

—Así que no te disculpes más —sentenció el halcón con un tono de posesión protectora que le erizó la piel a la mujer—.

Ellas encontraron en mí lo que su padre biológico jamás tuvo la decencia de brindarles.

Si ese puesto de padre al otro tipo le quedó grande, a mí me queda a la altura exacta.

Así que no quiero que te molestes ni que sientas vergüenza. ¿Está bien?

Elena lo miró fijamente, perdiéndose en la inmensidad de esos ojos negros que parecían leerle el alma.

Por primera vez en diez años, sintió que la armadura de control que había construido para proteger a sus hijas ya no era necesaria; este hombre acababa de reclamar el peso del mundo sobre sus propios hombros.

Alessandro le dedicó una sonrisa suave, llena de afecto, y le dio un leve apretón en los hombros antes de soltarla.

—¿Ahora qué dices? ¿Le cocinamos algo delicioso a nuestras hijas?