El amor es la única ley EL ECO DE LO QUE PUDO SER
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EL ECO DE LO QUE PUDO SER

La lluvia golpeaba con una insistencia melancólica los ventanales de la casa de campo.

Dentro, el fuego en la chimenea agonizaba, convirtiéndose lentamente en brasas grises y cenizas.

Ella estaba sentada frente a la ventana, con una copa de vino olvidada entre las manos y la mirada perdida en el jardín, donde las sombras de los árboles se retorcían bajo el aguacero.

Había sido el último día. Mañana, todo aquello —esa vida, esa complicidad, ese amor construido en el silencio— quedaría atrás.

Se miró en el reflejo del cristal y, por un segundo, no se reconoció. Los años, el peso de las decisiones no tomadas y la inmensidad de lo que habían dejado pasar se reflejaban en sus ojos.

—¿En qué momento se nos escapó? —se preguntó, su voz apenas un susurro que se perdía en el crepitar de la madera—. ¿En qué instante dejamos que el mundo nos convenciera de que podíamos esperar?

Se levantó y comenzó a caminar por la habitación, rozando con los dedos los libros que habían compartido, los discos, los objetos que hablaban de una historia que nunca terminó de cuajar. Se detuvo ante el piano, cuyas teclas permanecían mudas desde hace meses.

—Nos hizo falta tiempo —murmuró, y la letra de la canción, que había sido su himno no oficial, se instaló en su mente como una condena—.

Tiempo para hacernos tantas cosas. Pudimos haberlo tenido todo, podíamos haber construido ese futuro que dibujábamos en las madrugadas, pero nos quedamos en el umbral, siempre midiendo los riesgos, siempre dejando el "te amo" para un mañana que se nos acabó de golpe.

Recordó las miradas que no se atrevieron a sostener, los besos que se quedaron a milímetros de distancia, las palabras que se quedaron atrapadas en la garganta por miedo a romper la fragilidad de lo que tenían. El arrepentimiento era una marea fría que la recorría de pies a cabeza.

—Nos hizo falta tiempo para amarnos —siguió diciendo, mientras el recuerdo de su amante, de su risa, de la forma en que su piel vibraba cerca de la suya, le provocaba una punzada de dolor físico—.

Qué ironía más cruel. Tuvimos años de coincidir, de rozarnos, de estar a un paso de la rendición total, y nos conformamos con las migajas de lo que pudo ser una vida entera.

Nos faltó valentía, no tiempo. El tiempo estuvo ahí, fue nuestra voluntad la que se quedó corta.

Se abrazó a sí misma, buscando consuelo en su propio calor, pero el vacío era inmenso. Se dio cuenta de que no lloraba por lo que habían tenido, sino por la infinitud de lo que habían dejado morir en la orilla del camino.

—Y ahora el tiempo ya no está —concluyó, apagando la luz de la estancia y dejando que la oscuridad la envolviera—.

Ya no hay mañanas para corregir el rumbo.

Solo queda este silencio, esta lluvia y la certeza de que fuimos dos cobardes frente al destino.

Nos hizo falta tiempo, sí... o quizás, simplemente, nos sobró miedo.

La cuenta regresiva

Crecieron las sombras en el corredor,

se hicieron gigantes las horas ausentes,

no hubo medida para este dolor,

de haber sido nada, siendo valientes.

Nos hizo falta tiempo, dijimos después,

cuando el calendario se volvió ceniza,

vimos el futuro perder su lucidez,

cuando el destino, burlón, nos organiza.

Pudimos besarnos bajo cualquier sol,

pudimos habernos bebido la vida,

pero nos pusimos un estricto control,

y dejamos la puerta siempre entreabierta, perdida.

Ahora que el aire se siente extranjero,

que el eco es mi única compañía,

entiendo que el tiempo no fue el prisionero,

fuimos nosotros, en nuestra agonía.

Que no nos falte ahora el recuerdo,

aunque duela en el pecho, aunque sea un flagelo,

pues en este vacío en el que me pierdo,

aún guardo el calor de aquel nuestro cielo.