El amor es la única ley EL MIRADOR
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EL MIRADOR

—¿Lo ves? —se susurró a sí misma, con los ojos fijos en una de las avenidas principales, buscando inútilmente un coche que pudiera traerla de vuelta—.

Ahí abajo sigue todo. La gente, las prisas, el ruido, la farsa de la normalidad.

Todo sigue como si no te hubieras llevado la mitad de mi existencia contigo.

Como si el mundo no tuviera que detenerse en señal de luto por esta ausencia.

Se soltó del barandal, sintiendo cómo el frío se le clavaba en la piel tras haber estado aferrada al metal caliente, y comenzó a caminar en círculos cortos sobre el pavimento, un paso rítmico, casi ritual, para ahuyentar el pánico.

La soledad se sentía pesada, casi metálica, impregnada en el aire salino que subía desde la costa y se mezclaba con el humo de los coches.

—Te necesito—dijo, dejando que las palabras se disolvieran en el viento como un ruego inútil—.

Con el alma,con la vida. Es una sentencia que me dictó el cuerpo hace mucho tiempo y que apenas ahora me atrevo a pronunciar en voz alta.

Qué estúpido parece todo desde aquí arriba, ¿verdad?

¿Cómo es que algo tan etéreo, algo que no se puede tocar ni medir, tiene la capacidad de destrozar los cimientos de alguien con tanta facilidad?

Se detuvo al borde de la plataforma, donde las luces de la urbe se fundían con el horizonte oscuro.

La angustia se le anudaba en la garganta, una desesperación que le impedía articular pensamientos más complejos que los versos que se repetía, una y otra vez, como si fueran el único ancla que le impedía caer al vacío.

—Te necesito como el mar necesita a la arena —murmuró, observando cómo las luces parpadeaban, sincronizándose involuntariamente con el ritmo de su propia ansiedad—.

Eres la única constante en este caos. Sin ti, esta ciudad es solo un montón de cemento, de acero y focos sin sentido.

Eres el eje sobre el que mi vida ha decidido girar, y ahora que no estás, la fuerza centrífuga me está desmembrando.

¿Te das cuenta del poder que tienes? Ni siquiera estás aquí, y aun así, estás dictando cada uno de mis pensamientos, cada uno de mis latidos.

Se dejó caer en un banco de piedra, sintiendo cómo el frío calaba su abrigo. La conversación consigo misma era una forma de no perder la cordura, de darle un nombre al hueco que sentía en las entrañas, un vacío que parecía expandirse con cada minuto que transcurría bajo las estrellas impasibles.

—Te necesito para poder vivir, para poder respirar —repitió, cerrando los ojos para intentar recrear la calidez de su voz.

El ruido de la ciudad subía hasta ella, pero era un rumor distante, irrelevante—.

No me importa si esto es dependencia. No me importa si los libros de psicología dicen que esto es un error, que soy débil por necesitarte tanto.

Lo único que sé es que necesito que vuelvas, que necesito sentir tu pulso contra el mío, porque aquí arriba, sola frente a este abismo que es la vida sin ti, lo único que queda es la certeza de que ya no soy dueña de mi propia paz.

Soy un satélite que ha perdido su planeta y que está condenado a vagar, enfriándose lentamente, hasta que tú decidas volver a encenderme.

La Urgencia del Eco

Eres el aire que falta en mi pecho,

la sed que no calma el agua del río,

has desordenado todo lo que he hecho,

y has hecho un desierto de todo lo mío.

No es que te busque por capricho o juego,

es que mi centro gravita en tu calma,

eres la leña que sostiene el fuego,

el norte perdido que habita mi alma.

Sin ti, el calendario es un muro de piedra,

las horas se estancan, el día no avanza,

soy como un árbol que pierde la hiedra,

que olvida el motivo de su propia danza.

Te necesito, no como un deseo,

sino como el pulso que dicta mi suerte,

en cada silencio, en cada rodeo,

te busco en la sombra y vuelvo a quererte.