EL CAFÉ DE LAS SOMBRAS LARGAS
La cafetería está casi vacía a esta hora de la tarde, sumida en una penumbra de madera oscura y el zumbido constante de la máquina de café.
Es un lugar de tránsito, un no-lugar donde las vidas se cruzan por unos minutos para luego separarse para siempre.
Ella está sentada en una mesa pequeña, junto al ventanal que da a una calle lluviosa y gris.
Frente a ella, una taza de café que se ha enfriado hace mucho, formando una película amarga en la superficie.
Observa el lugar con una mirada mecánica. Cada detalle le recuerda a la mujer que, durante meses, convirtió este rincón en su centro del universo. Fue aquí donde ella aprendió a descifrar el mundo a través de la otra.
—Tú me acostumbraste —murmura, y sus palabras se pierden en el vapor que sube de la taza ajena—.
Me acostumbraste a la forma en que el azúcar se disuelve, a la manera en que tus dedos rozaban el borde de la porcelana, a la intensidad con la que me mirabas mientras el mundo exterior se volvía irrelevante.
Siente una punzada de ansiedad al recordar la sutileza con la que la otra mujer entró en su vida, como una tentación que no se ve venir hasta que ya es demasiado tarde.
Antes de ella, el amor era un concepto abstracto, algo que leía en libros o veía de lejos.
Con ella, se convirtió en una anatomía de sensaciones.
Le enseñó que querer podía ser un incendio, un "mundo raro" lleno de reglas propias y códigos secretos que solo ellas dos conocían.
Se obliga a mirar a la puerta cada vez que suena la campanilla, un hábito que todavía no ha logrado erradicar. Es una inercia dolorosa. Sigue esperando verla entrar, despojándose del abrigo con esa arrogancia natural, sentándose frente a ella para continuar la clase de afecto que dejó a medias.
—Yo no concebía que se pudiera querer así —dice, esta vez para sí misma, con una voz que suena a cristal roto—.
Me enseñaste el mapa de lo maravilloso, y ahora que te has ido, me has dejado sola en este desierto de rutina.
¿Cómo se supone que siga viviendo en este mundo cuando tú te llevaste la única forma de habitarlo que aprendí?
Se levanta, dejando unas monedas sobre la mesa.
El café sigue frío, intacto, igual que la lección que ahora es una carga pesada.
Sale a la calle, donde la lluvia parece lavar los rastros de todo, excepto de esa costumbre, esa marca indeleble que la otra dejó en su forma de mirar, de sentir y de extrañar.
La Lección en la Taza Fría
Tú me acostumbraste al eco de tu aroma,
al modo en que el mundo giraba en tu voz,
a que el alma entera, sin pedir permiso,
se volviera tuya en un solo adiós.
Llegaste sutil, como una marea,
tentación que calma, ansiedad que nace,
me diste el idioma, la forma, la idea,
del amor raro que tanto me place.
Yo no conocía el peso del deseo,
caminaba ciega por un mundo gris,
y en este rincón, donde hoy me recreo,
tú me enseñaste a ser infeliz.
¿Cómo desaprender lo que me diste?
¿Cómo habitar un mundo sin tu luz?
Si en cada mesa donde tú estuviste,
todavía cargo con tu sombra y tu cruz.
Me acostumbraste a lo maravilloso,
y hoy que te has ido, que todo se acaba,
me dejas el alma en este reposo,
siendo la esclava de quien me enseñaba.