EL SILENCIO DE LA ENTREGA
La habitación estaba sumida en una penumbra cargada, densa por el calor de dos cuerpos que se buscaban con una urgencia que rozaba el dolor. Ella estaba acorralada contra la pared, con las manos de la otra recorriéndole el cuello, reclamando un espacio que ya le pertenecía por derecho.
—No me hables más —murmuró, su voz apenas un jadeo entre los labios de su amante—. Te lo suplico. No quiero saber de quién fuiste antes, ni de lo que hubo en tu vida cuando aún no nos conocíamos. ¿Qué sentido tiene buscar respuestas en un pasado que ya no existe?
La otra no respondió con palabras; sus dedos se hundieron con más firmeza en su piel, un reclamo posesivo que exigía toda su atención.
—No me hagas más preguntas —continuó, arqueando la espalda bajo el contacto que le quemaba—. Si ya sabes que te quiero, si puedes sentir cómo ardo cuando me tocas, ¿qué más necesitas confirmar? ¿Acaso quieres que me humille a besos, que te demuestre con cada caricia que no existe nadie más que tú?
Ella atrapó el rostro de la otra, obligándola a mirarla, a perderse en el hambre que le devoraba los ojos.
La historia de sus vidas anteriores ya no importaba; lo único real era la fricción de sus cuerpos, el latido desbocado contra el pecho de la otra y la necesidad física de anular cualquier razonamiento.
—No me hables más... —susurró, esta vez contra su boca, silenciando cualquier intento de explicación con un beso profundo, húmedo, que sabía a rendición—.
Olvida lo que fuimos. Olvida los nombres, las historias, las sombras.
Ahora mismo, solo somos piel contra piel, una urgencia que no admite más lenguaje que el tacto.
Prefiero ahogarme en este silencio compartido, en este caos de besos que me dejas en la piel, antes que escuchar una sola palabra que nos recuerde que el mundo existe afuera.
Vete al infierno con tus historias; aquí, conmigo, lo único que cuenta es cuánto puedo hacerte vibrar antes del amanecer.
Más allá de las palabras
No me hables más, calla tu historia,
que el pasado no tiene sitio en esta cama,
borra de tu piel cualquier otra memoria,
y quédate solo con el fuego que nos inflama.
¿Para qué las preguntas? ¿Para qué el relato?
Si en el roce de tu boca mi mundo se detiene,
si mi cuerpo es el libro, el único contrato,
donde tu deseo, al fin, se mantiene.
No quiero saber de quién fuiste ayer,
ni de los besos que antes te dieron,
hoy soy tu presente, tu único querer,
el caos y el norte que tus manos tejieron.
Solo bésame así, hasta que el aire se pierda,
que se calle el mundo, que se apague la luz,
que no exista nada más que esta cuerda,
donde me ato a ti, bajo este beso, y tú...
tú te fundes conmigo, sin más ni más.