LA SED QUE NO CESA
No sé si es sano, pero no me importa. Cuando estamos juntas, me doy cuenta de que mi capacidad para quererte es un pozo sin fondo.
No me basta con que estés aquí; quiero que estés presente en cada uno de mis pensamientos.
No me basta con tus besos; quiero la historia entera de tu vida, tus secretos, tus miedos más ocultos, todo lo que te hace ser quien eres.
A veces me asusto de lo que me pides y de lo que te exijo.
Me miras y veo que sientes lo mismo: esa urgencia de querer fundirnos una con la otra.
Es un hambre que no se calma con nada. Cuando me preguntas qué es lo que quiero, mi respuesta siempre es la misma, aunque la diga en voz alta o la guarde en el silencio de mis ganas: quiero más.
Quiero más intensidad, quiero más entrega, quiero que este momento nunca se agote.
Es una lucha constante por ver quién de las dos es capaz de amar con más fuerza.
Ni siquiera es suficiente
Te miro y el mundo se vuelve pequeño,
me pide el instinto una dosis mayor,
tú eres mi vicio, mi norte, mi dueño,
la llama que aviva este inmenso calor.
Dame más de tus horas, más de tus días,
más de ese brillo que escondes al hablar,
no me bastan palabras, ni las alegrías,
quiero que tu entrega no tenga final.
Que me falte el aire si no estoy contigo,
que me queme el alma en tu piel de cristal,
soy tu cautiva, tu fiel enemigo,
buscando en tu esencia un rastro fatal.
¿Es mucho pedir que te quedes conmigo?
¿Es mucho ambicionar tu entrega total?
Que siempre me falte, que siempre esté en vilo,
por miedo a que un día se acabe el ritual.
Más allá del límite, más allá del ruego,
quiero que me des hasta el último aliento,
que si esto es amor, que me consuma el fuego,
y que no haya dosis que calme este intento.