El amor de Eli 3 #2
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3 #2

—Os vi salir a ti y a Eli. Después tú volviste a meterte en el portal y ella se quedó sola en la calle. Y de golpe apareció él. Salió del coche. Lo tenía aparcado delante. La estaba esperando.

Arnau no dijo nada. Se la quedó mirando inexpresivo. Esther acentuó su sonrisa sarcástica.

—Era mucho mayor que nosotros.

El muchacho bajó la cabeza y después desvió la mirada a la alegre reunión de la terraza.

—¿Piensas que era él? ¿Su acosador? —preguntó Arnau con un hilo de voz.

—Estoy segura. Aunque creo que no era exactamente un acosador. Parecía que había algo más entre ellos, no sé si me explico.

Arnau asintió con la cabeza.

—No es que se besaran ni nada de eso. No se tocaron —continuó explicando Esther—, porque enseguida bajaste tú con dos toallas para ir a la playa. Pero Eli decidió no acompañarte, ¿verdad? Te marchaste solo y ella se quedó con aquel tipo.

—¿Y después?

—Subieron al coche y se marcharon.

—¿Se fue con él?

—Sí —dijo Esther con rotundidad.

Poco a poco, se le había ido desdibujando la sonrisa.

—Volvió unas horas más tarde. Nos contó una mentira, como te puedes imaginar, y yo no le dije que la había visto desde la terraza.

¿De qué hubiera servido? Después de cenar, antes de salir con la pandilla, nos anunció que había llamado a sus padres y que al día siguiente la vendrían a buscar.

—Esther subió con un dedo la barbilla de Arnau, que escuchaba cabizbajo sus explicaciones—.

Llamó desde su móvil, Arnau. ¡Eli tenía un móvil escondido!

¡Durante todos estos días ha tenido móvil y nos ha mentido diciendo que no tenía! Es una mentirosa compulsiva.

—Eli no está bien. Ha tenido muchos problemas, ya lo sabes.

—Ha tenido y tiene, Arnau. Muchos y muy gordos. Pero me duele que te haya hecho daño a ti.

Eva y los tíos de Arnau entraron en el comedor en ese momento con refrescos para Arnau y Esther.

—¡Venga, vamos a brindar por este verano que se acaba y por mi sobrino favorito! —propuso Jordi.

—¿Cuándo vuelves a casa, Arnau? —le preguntó Eva.

—Hoy mismo. Regreso a Barcelona en tren.

Explicó que Pol lo acompañaría en coche a la estación. Sus padres habían llegado la noche anterior de Perú y lo esperaban en casa.

—¿Volverás el verano que viene? —quiso saber Eva—. Nos podríamos ver algún día este invierno en Barcelona, ¿no? El año pasado también lo dijimos y al final no lo hicimos.

—Este año más vale que os centréis todos en los estudios —sugirió Jordi—. Tenéis la selectividad o como se llame ahora, ¿no? ¡Quién nos lo iba a decir: nuestro pequeño Arnau en un año ya será universitario!

—¿Sabes qué quieres estudiar? —le preguntó Eva.

Él negó con la cabeza, pero de pronto dijo que le gustaría estudiar cine. Sí, se reafirmó; lo tenía que pensar bien, pero su plan era estudiar cine en la escuela ESCAC, en Terrassa.

Cuando las vecinas se fueron y mientras Pol se vestía para acompañarlo al tren, Arnau se quedó solo en la terraza mirando al mar.

Hacía días que se sentía extraño y dormía mal.

Mireia y Roc le preguntaban a menudo qué demonios le pasaba, pero él no les había contado nada.

No había querido volver a Sant Salvador ninguna noche, a pesar de que Eva le había enviado docenas de wasaps.

Tenía ganas de regresar a su casa. Tenía ganas de intentar olvidar a Eli y todo lo que había pasado con ella.

Bajó los ojos hacia la calle y los centró en el punto exacto donde la había visto por última vez, junto a aquel tipo de barba descuidada.

Estaba de acuerdo con Esther: Eli había convertido a aquel individuo en algo más que un acosador.

De hecho, como había pensado durante esos últimos días, Eli había elegido a aquel tipo mayor en vez de elegirlo a él.

Seguro que no lo había descartado nunca.

No había dejado de amarlo mientras jugaba con él.

Se sintió ninguneado y utilizado. ¿Qué había querido probar Eli?

¿Si su enamoramiento podía conseguir borrar al otro?

¿Si el fugaz amor de verano podía hacerle olvidar aquel otro tan fuerte y radical que le había complicado la vida?

Eli había elegido al otro. El que llevaba barba y tenía coche, mujer e hijo.

A él le había tocado desaparecer. Entendió enseguida su ínfimo peso en aquella historia de amor de Eli: había aparecido en el momento oportuno, había jugado el papel que le tocaba y había sido reemplazado de un plumazo.

¿Qué sería de Eli después de aquella elección?

¿Cómo la afectaría? La imaginó más perdida, más desubicada, más débil.

Afrontando una segunda etapa de dolor y tal vez teniendo que ser internada otra vez si aquel señor casado se cansaba de ella, como ya debía de haber hecho otras veces con otras jovencitas.

O a lo mejor acababa convertida en una marioneta sin voluntad en manos de un adulto sin moral.

Podía hacer lo que quisiera con ella: maltratarla psicológicamente e incluso físicamente.

En cualquier caso estaba en situación de abusar de ella.

¿Y qué se suponía que tenía que hacer él? ¿Cómo debía reaccionar?

Aquella tarde en la que habían coincidido los tres en la acera, se había ido directamente a la playa.

No se había dado la vuelta a mirar ni una sola vez mientras cruzaba la carretera y luego la plaza de las palmeras.

¿Lo habría hecho si Eli lo hubiera llamado?

¿Si le hubiera pedido que la rescatara, que la perdonara, que volviera su lado?

Había llegado a la playa y se había quitado la camiseta antes de meterse en el agua.

A pesar de que había mucha más gente que cuando iba con Pol a primera hora, había logrado evitar a los bañistas adentrándose bastante lejos, y entonces había hecho lo que hacía cada mañana, nadar en paralelo a la playa, pero no en la dirección habitual (Coma-ruga) sino en la opuesta (Calafell).

Se tenía que alejar de Eli y de los recuerdos de las cosas que había hecho con ella durante aquellos días.

Nadó hasta que quedó extenuado. Mientras nadaba no pensaba, o se esforzaba en no pensar en nada; pero, en realidad, miles de imágenes le venían a la cabeza: todos los momentos vividos, todas las palabras, todas las sensaciones. Todos los besos.

Sin embargo, Eli había elegido al otro. Y aquella imagen representaba el fin del verano, el fin de su historia.

Durante el trayecto que compartieron y el rato de espera, Arnau le confesó a Pol todo. Y concluyó reconociendo cuánto se había equivocado en aquella apreciación del principio de esas vacaciones: Eli no era su pareja perfecta, aunque tal vez sí la mujer de su vida.