CAPÍTULO 17 #2
A Diego le falló la respiración. Sus pupilas se dilataron hasta engullir casi por completo el iris oscuro.
Sentí, a través de la tela de sus pantalones, que el músculo de su muslo se contraía en un espasmo involuntario.
Su arrogancia se derritió como plástico en el fuego, sustituida por un deseo tan crudo que el olor a feromonas masculinas en nuestra mesa pareció ahogar el aroma de la cara comida que el camarero acababa de servir.
Pero Diego era un guerrero. No aceptaba la sumisión sin luchar.
Su mano libre también se deslizó bajo la mesa. En lugar de apartar mi mano de su pierna, los dedos de Diego se hundieron directamente en mi entrepierna.
Su mano, grande y caliente, se posó exactamente sobre el volumen de mi dura polla.
Mi verga estaba tan hinchada que me dolía contra la cremallera.
Diego me apretó la polla a través del pantalón de vestir con una firmeza posesiva.
La brutal fricción de su palma encallecida aplastando mi erección me hizo soltar un gruñido grave y estrangulado, que disimulé aclarándome la garganta y cogiendo la copa de vino con la mano que me quedaba libre.
—No me provoques en público, Bruno —le susurró Diego, su mano apretando la base de mi verga y masajeando la cabeza de mi polla a través de la lana, enviando corrientes eléctricas de shock y puro placer a través de mi columna vertebral—.
A menos que quieras que te baje la cremallera ahora mismo y te chupe la polla debajo de este mantel, mientras tu mujer mira y finge comerse un risotto.
Mi cerebro colapsó. El pánico a que nos pillaran, a quedar expuesto allí, en medio de la alta sociedad, chocó violentamente con la perversa excitación que me causaba su amenaza.
Mi corazón latía tan deprisa que podía sentir el pulso en la garganta.
La mano que tenía sobre mi polla era implacable y dictaba el ritmo de mi sangre.
Mi mano sobre su muslo se movió hacia arriba y mis dedos le apretaron la entrepierna.
Estábamos en un punto muerto de destrucción mutua. Dos hombres agarrándose bajo la mesa de un restaurante elegante, con la sangre hirviendo y las pollas duras como la piedra, enzarzados en una silenciosa disputa por la dominación.
Camila se dio cuenta. Claro que se dio cuenta.
Su respiración se agitó. Dejó caer el tenedor sobre el plato con un leve tintineo.
Bajo la mesa, su zapato de tacón de aguja se le deslizó del pie, y sentí que los dedos de sus pies, cubiertos por medias de seda, me subían por la pantorrilla izquierda, mientras que su mano derecha, invisible para el resto del restaurante, se deslizaba bajo el mantel y se posaba sobre nuestras manos enzarzadas en una guerra de toques en la entrepierna.
Camila acarició el dorso de mi mano, que sostenía el muslo de Diego, y luego acarició la muñeca de Diego, que seguía apretando mi polla.
—Ustedes dos... —la voz de Camila sonó como un hechizo en el tenso aire de la mesa. Sus ojos eran pozos de lujuria, alternando entre la cara de Diego y la mía—. Me van a volver loca. Paren. Antes de que me tire al suelo de este restaurante y les suplique que me follen delante de todo el mundo.
Su advertencia no fue para calmar los ánimos, fue para avivar el fuego hasta el punto de no retorno.
No pude soportarlo. La fricción, la presión de la mano de Diego en mi erección, el recuerdo de su olor, la visión de los llenos pechos de mi esposa jadeando frente a mí. El civismo había perdido la guerra.
Agarré la muñeca de Diego con fuerza, no para apartarlo, sino para detenerlo antes de perder el control y correrme dentro del pantalón de vestir delante del maître. El agarre de mis dedos en su brazo fue una advertencia.
—La cuenta —dije, la voz raspando mi garganta, levantando mi mano libre para llamar al camarero.
Diego sonrió, una sonrisa oscura, victoriosa y completamente entregada. Apartó la mano de mi entrepierna, pero el cálido roce fantasma seguía latiendo en mi piel. Yo también aparté la mano de su muslo, sintiendo cómo todos mis músculos protestaban por la pérdida del contacto.
Cuando el camarero trajo la máquina, pasé la tarjeta sin mirar la cantidad. La cena intacta se quedó en la mesa, una ofrenda inútil a un dios al que ya no rendíamos culto.
Nos levantamos casi al unísono. El paseo a través de la sala hasta la puerta de salida fue una prueba de resistencia física y psicológica.
Camila iba a la cabeza, sus caderas contoneándose bajo la seda roja, un faro de la perdición.
Diego y yo caminábamos justo detrás, uno al lado del otro.
Nuestros hombros chocaban a cada paso. Su olor invadía mis fosas nasales.
La pesada e imponente presencia del abogado a mi lado ya no era una amenaza para mi vida, era la extensión de mi propia ferocidad.
Mientras esperábamos que el aparcacoches trajera los coches en el frío de la calle, Diego dio un paso atrás, situándose a mis espaldas. Apoyó su hombro contra el mío, y su voz sonó baja, un sádico gruñido justo en mi oreja, lo bastante lejos como para que nadie más la oyera.
—Corre, marido. Acelera el puto coche. Porque en cuanto se cierre la puerta de tu apartamento... se acabaron las reglas del restaurante. Y te pondré de rodillas antes de que puedas quitarte la corbata.
No giré la cara. Me limité a sonreír al viento frío de la noche, con mi polla palpitando contra la cremallera, y un hambre animal consumiéndome los huesos.
La vergüenza ya no existía. El mundo exterior era solo una sala de espera para nuestra verdadera vida, que solo empezaba cuando los tres estábamos encerrados y desnudos, listos para devorarnos unos a otros hasta el amanecer.