El Amante de mi Marido CAPÍTULO 13 #3
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CAPÍTULO 13 #3

Bruno se detuvo un segundo; su ancho pecho pesaba contra mi espalda, y jadeaba tan fuerte como yo. Estaba asimilando el hecho de que estaba clavado dentro de su mejor amigo. La presión de mi culo alrededor de su polla era feroz, un espasmo involuntario de agonía y éxtasis.

Y entonces, el monstruo comenzó a moverse.

Tiró de sus caderas hacia atrás y empujó con fuerza brutal.

¡PLAF! El impacto de su cuerpo musculoso contra mis nalgas sonó como un trueno.

Eché la cabeza hacia atrás, con los dientes apretados y los ojos cerrados.

Volvió a embestir. Y otra vez. Cada penetración profunda me rozaba directamente la próstata.

La agresiva fricción de su polla enviaba descargas eléctricas de un deseo indescriptible a la base de mi propia erección, que goteaba sobre la sábana bajo de mí.

¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf! La habitación se convirtió en una sinfonía de violencia carnal.

El sonido de la piel sudada chocando, los chasquidos obscenos del lubricante, mis gemidos estrangulados y los gruñidos guturales de Bruno con cada embestida.

Me follo con un salvajismo que rayaba en el odio, pero que estaba alimentado por la posesividad más pura que un hombre podía sentir.

Las manos de Bruno bajaron de mi cintura.

Pasó su fuerte brazo alrededor de mi torso, sujetándome contra su pecho, y su mano derecha bajó hasta mi entrepierna.

Los gruesos dedos de Bruno envolvieron mi polla palpitante y empezaron a masturbarme a un ritmo frenético, siguiendo exactamente las embestidas que me daba por el culo.

El choque sensorial fue absoluto. Su polla destrozándome por dentro y su mano ordeñando mi carne por fuera. Me estaba consumiendo vivo la masculinidad de ese hombre.

—Eso es... ¡joder, Bruno! —grité su nombre, despojado de todo orgullo—. ¡Fóllame más fuerte! ¡Rómpeme el culo, joder!

A lo lejos, por mi visión periférica borrosa por el sudor, vi a Camila.

Estaba sentada a la cabecera de la cama, con las piernas abiertas, vaciándose con dos dedos, gimiendo con fuerza mientras veía a su marido destrozar a su amante.

La imagen de ella corriéndose solo por ver nuestra brutalidad alimentó aún más la locura de la escena.

El ritmo de Bruno alcanzó una cima enfermiza.

El sudor le goteaba de la nariz y caía directamente sobre mi cuello.

El fuerte olor almizclado de nuestro esfuerzo apestaba la habitación.

Me estaba dando con toda su fuerza, queriendo destrozarme, queriendo grabarse en mis paredes.

Aceleró el movimiento de su mano en mi polla; la fricción dolorosa y perfecta.

Sentí que el cuerpo de Bruno se ponía rígido detrás de mí. Sus gruesas piernas se apretaron contra las mías.

—¡Diego! —gruñó, con el sonido desgarrándole la garganta.

Hundió su polla hasta el fondo en una última y devastadora embestida.

La presión en mi próstata estalló. Exploté.

Mi orgasmo fue una erupción volcánica que borró cualquier rastro de lucidez que me quedara.

Grité a pleno pulmón, y espesos y pesados chorros de mi semen salieron despedidos hacia adelante, ensuciando las caras sábanas de algodón.

Todo mi cuerpo tembló en espasmos incontrolables mientras la mano de Bruno me estrujaba la polla hasta sacarme hasta la última gota.

En la misma fracción de segundo, el interior de mi recto se inundó.

Bruno se corrió dentro de mí. El chorro caliente, espeso y palpitante de su semen golpeó las paredes de mi intestino.

Una, dos, cuatro veces. La fuerza de su orgasmo llenándome con su ardiente líquido me hizo gemir de placer; mi culo se contrajo violentamente alrededor de su gruesa polla, ordeñando su semen en mi interior.

Se desplomó. El peso de más de ochenta kilos de puro músculo cayó sobre mi espalda.

Su pecho subía y bajaba en una respiración agónica.

Su boca buscó mi cuello, jadeando contra mi piel sudada, con las piernas temblorosas.

Ambos nos resbalamos, nuestros brazos cedieron, y caímos de lado sobre el colchón empapado.

La polla de Bruno se deslizó fuera de mí con un sonido húmedo, dejando un rastro húmedo de la mezcla del lubricante con su semen escurriéndose por mis piernas.

Nos quedamos allí tirados. Dos machos completamente aniquilados por sus propios instintos, bañados en sudor, semen y una intimidad tan sucia y profunda que ningún lenguaje humano podría describirla.

Camila gateó por la cama hacia nosotros. Se tumbó en el espacio que quedaba entre nuestros cuerpos, su suave piel rozando contra la nuestra, áspera, exhalando el olor del orgasmo que había tenido al vernos. Apoyó la cabeza en mi hombro y cruzó una pierna por encima de la cintura de Bruno.

Cerré los ojos, con el corazón aún golpeándome las costillas, sintiendo el delicioso ardor en mi cuerpo y el olor de mi mejor amigo pegado a mi piel.

Las reglas del mundo exterior ya no importaban. Esa cama de sábanas manchadas era nuestro nuevo imperio, y los tres gobernaríamos el infierno juntos.