CAPÍTULO 13 #2
—Eso es... —gruñó Bruno, con el rostro contorsionado por el placer, el cuello echado hacia atrás mientras la boca de ella le ordeñaba la polla—. Fóllatela, Diego. Más fuerte.
Aumenté la brutalidad. Agarré la cintura de Camila, hundiendo mis dedos en su piel, y empecé a embestir como un animal ciego.
No solo la estaba follando a ella; estaba follando para que él mirara.
Quería que viera mi fuerza. Quería que viera cómo los músculos de mi abdomen se bloqueaban con cada golpe.
Pero el hambre de Bruno estaba lejos de saciarse con un espectáculo a dos bandas.
De repente, se sacó la polla de la boca de Camila.
Su rostro quedó brillante de saliva y jadeando pesadamente sobre el colchón.
Bruno irguió el torso. Su polla estaba dura a reventar, goteando líquido preseminal.
Gateó por encima del cuerpo de su esposa, ignorándola por completo, y se dirigió hacia mí.
Mi corazón se saltó un latido. Dejé de moverme dentro de Camila.
Bruno se acercó lo suficiente para que nuestra piel se rozara.
El calor de su cuerpo era absurdo. Levantó la mano derecha, me agarró la nuca y tiró de mí para darme otro beso de los que quitan el hipo.
Mientras nuestras lenguas se batían en duelo, me agarró por el hombro y me empujó hacia atrás, sacándome del interior de su mujer.
Caí de espaldas sobre el colchón, mi polla dura apuntando al techo. El coño de Camila hizo un sonido de succión al soltarme e inmediatamente se arrastró hasta la cabecera de la cama y se giró para mirar. El papel de voyeur había cambiado de dueño.
Bruno se arrodilló entre mis piernas abiertas.
Su grandeza desde ese ángulo era aterradora y lo más erótico que he visto en mi vida. Mi mejor amigo, el tipo con el que compartía cerveza y hablaba de fútbol, estaba ahí, flotando sobre mí como un dios pagano, con su polla gruesa y palpitante lista para abrirme por la mitad.
Soy activo. Siempre he sido el tipo que ha dominado, que se la ha metido, que ha doblegado a los demás a su voluntad.
Pero mirar la ferocidad de Bruno, ver la posesividad enfermiza brillando en sus ojos oscuros...
mi cuerpo no quería luchar. Toda mi masculinidad se doblegó ante el poder que desprendía.
Alcanzó el frasco de lubricante que Camila había dejado en la mesita de noche.
El sonido del tapón al abrirse fue el detonante.
Se vertió una generosa cantidad de espeso gel en la palma de su mano derecha.
Sin apartar los ojos de los míos, se masajeó su propia polla, esparciendo el brillante lubricante por toda la longitud de su carne caliente y venosa, prestando especial atención a su glande morado.
El sonido resbaladizo del líquido (slap, slap) resonó en la silenciosa habitación.
Luego, se untó más lubricante en sus propios dedos.
—Ponte boca abajo —su voz no vaciló. Fue una orden fría, ronca y cubierta de deseo.
Se me cayó el estómago. La adrenalina que explotó en mi sangre fue atómica. Tragué saliva, mis músculos temblando ligeramente e hice lo que me mandó. Rodé por el colchón, me puse boca abajo y hundí la cara en la almohada de algodón. Mi polla rozó contra la suave tela.
Sentí el peso de las anchas manos de Bruno agarrando mis caderas. Apretó mi piel con tanta fuerza que me dejó moretones. Me levantó y me obligó a ponerme a gatas, con el culo en pompa, totalmente vulnerable y a su merced.
El contraste de mis tatuajes y de mi piel morena contra la blancura de las sábanas era nítido. Bruno se arrodilló justo detrás de mí. Sentía el calor de su respiración en mi espalda y el grosor de sus piernas presionando contra el lateral de mis muslos.
No se anduvo con rodeos. Allí no había lugar para el romance.
Sentí el frío del lubricante en la entrada de mi culo cuando sus dedos se deslizaron por la hendidura.
Todo mi cuerpo se tensó. Su primer dedo invadió mi apretada intimidad.
Solté un gruñido profundo, clavando los dedos en el colchón.
Movió su dedo ahí dentro, estirando los músculos, preparando el terreno con una firmeza implacable.
Pronto vino el segundo dedo, abriendo el camino, tanteando el interior de mi cuerpo.
La invasión fue dolorosa, pero la humillación mezclada con la ciega excitación de ser dominado por él transformó el dolor en una deliciosa agonía. Yo jadeaba con fuerza.
—¿Te creías que ibas a entrar en mi casa, follar con mi mujer delante de mis narices y salir victorioso, Diego?
—gruñó Bruno, con su voz profunda pegada a mi oreja, y sus labios rozando mi cuello enviaron brutales escalofríos a través de mí—.
Esta casa es mía. Ella es mía. Y ahora... tu puto culo también es mío.
Sacó sus dedos de mi interior en un movimiento rápido. El vacío solo duró dos segundos.
Sentí cómo la cabeza inmensa y resbaladiza de su polla presionaba contra mi entrada. El grosor de su verga empujaba mi anatomía hasta el límite. Mi cuerpo intentó instintivamente cerrarse ante la invasión de aquella verga monumental.
Bruno me agarró la cintura con brutalidad.
—Relájate para mí, joder —exigió, y con un empujón único, pesado y despiadado, hundió su polla entera en mi interior.
—¡AAAAAAAH! ¡JODER! —Mi grito fue un rugido desgarrado, animal.
El dolor inicial de la piel estirándose al extremo por su gruesa polla me partió por la mitad, pero la ola térmica de su carne ardiente llenando cada centímetro de mi recto apagó mi cerebro.
Su polla se hundió hasta la base, y su espeso vello púbico arañó mi piel.
Me rompió por la mitad. Y yo fui completamente destruido.