CAPÍTULO 7 #2
Bebí un trago generoso de whisky; el líquido amargo y caliente bajó raspándome la garganta, encendiendo la hoguera en mi estómago.
—Y bien... —empecé, haciendo girar el hielo en el vaso, recostando la cabeza en el suave respaldo—. ¿Qué clase de ajuste en la rutina están planeando? Porque la tensión en este apartamento es tan espesa que se puede cortar con un cuchillo de carnicero.
Camila soltó una risa por lo bajo, un sonido de pura excitación vibrando en su garganta. Bebió un sorbo de ginebra, se humedeció los labios rojos y miró de mí a su marido.
—Somos adultos, Diego. Y tú eres abogado penalista.
Te ganas la vida leyendo las intenciones de la gente incluso antes de que hablen —dijo Camila, su voz bajando una octava, convirtiéndose en un susurro conspiratorio—.
No finjas que no sabes lo que está pasando aquí.
No finjas que no sentiste el ambiente en el club. En el vestuario.
La mención directa al vestuario fue como echar un galón de gasolina directo a las llamas.
Los ojos de Bruno se abrieron ligeramente, el shock brillando en su rostro. No sabía que ella iría tan directo al grano. Creía que había ocultado su pánico hetero de la semana pasada, pero Camila había sacado ese cadáver del armario y lo había tirado en medio de la mesa de centro.
Giré el cuello lentamente, clavando mi mirada de cazador directo en las pupilas dilatadas de Bruno.
—Ah, lo sentí, Camila. Lo sentí muy bien —mi voz salió grave, cargada de malicia.
Bajé mi mano libre, dejándola descansar exactamente sobre el espacio entre nosotros en el sofá—.
Vi a tu marido entrar en pánico total porque no podía quitarle el puto ojo de encima a mis pantalones.
Lo vi intentando esconder su erección con un botín de fútbol.
Solo quería asegurarme de que estamos hablando de lo mismo.
Bruno tragó saliva ruidosamente. Su pecho se agitó.
La humillación de tener su propio deseo expuesto de esa manera por mí debería haber hecho que me echara del apartamento a patadas.
Pero no fue eso lo que pasó. Su respiración se acortó.
Su verga, atrapada en el pantalón gris, palpitó con violencia, marcando el glande húmedo en la fina tela.
Al desgraciado le estaba gustando la sumisión psicológica.
Se moría de ganas de ser desenmascarado.
Camila no perdió el tiempo. Su mano izquierda, que descansaba en su propio regazo, se deslizó por el sofá y cubrió la mía. Su piel era suave, pero el agarre fue firme, posesivo.
—Estamos cansados de jugar a las casitas, Diego.
Queremos suciedad. Queremos intensidad —susurró, con los ojos brillando de absoluto libertinaje.
Su mano resbaló de la mía y subió hasta mi muslo derecho, clavando sus dedos largos en la tela gruesa de mis jeans, a escasos centímetros de mi propio volumen endurecido—.
Te queremos a ti, en nuestra cama. Esta noche.
El silencio absoluto se tragó el salón. El ruido del motor de la nevera en la cocina sonaba como un tractor.
No quité su mano de mi muslo. Dejé que me apretara la carne. Mi polla golpeó contra la cremallera del pantalón con una fuerza brutal, exigiendo espacio. Mi erección era dura, gruesa y estaba llena de hambre reprimida.
Mantuve mi rostro inexpresivo, mis ojos fríos, y me concentré por completo en Bruno. Él era la clave. Él era el trofeo.
—¿Y tú, Bruno? —pregunté, con la voz rasgada en un gruñido profundo, desafiante.
Necesitaba escucharlo de su boca. Necesitaba que renunciara al último rastro de masculinidad hetero que lo retenía—.
¿Es esto de verdad lo que quieres? ¿Quieres verme arrancarle la ropa a tu mujer en esta alfombra?
¿Quieres sentarte ahí, con la polla dura, babeando mientras me follo a Camila delante de ti, gimiendo y metiéndosela hasta que se quede sin aliento?
Mis palabras, sucias y descriptivas, fueron golpes físicos. El cuerpo de Bruno se estremeció en el puf de cuero. Sus manos apretaron el vaso de whisky con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Tenía la cara roja, bañada por un ligero sudor en la frente.
Miró la mano de Camila clavada en mi muslo. Miró el volumen evidente en mis jeans. Y, finalmente, subió sus ojos negros y febriles, completamente dominados por un deseo salvaje y rendido, hacia mi rostro.
La máscara cayó. El muro se derrumbó. El abogado penalista había ganado el caso.
—Sí, quiero —gruñó Bruno. Su voz se quebró, gutural y primitiva, confesando su propia perversión.
Dejó el vaso de whisky en la mesa de centro con un golpe sordo, inclinó el torso hacia adelante y me fulminó con una mirada que mezclaba odio y deseo animal—.
Quiero verte follar a mi mujer. Quiero verla correrse en tu polla.
Y... puta madre, Diego... quiero follar contigo también.
Te quiero para mí. Quiero destruirlo todo hoy.
Mi corazón se saltó un latido. Su brutal confesión bisexual resonó en la habitación como una explosión nuclear. Todo mi cuerpo hizo cortocircuito. La excitación que sentía era de una magnitud que nunca había experimentado.
Una sonrisa depredadora, la sonrisa de un lobo que finalmente ha acorralado a las ovejas, tiró de las comisuras de mi boca, mostrando mis dientes.
Llevé la mano hasta el vaso que Camila sostenía, se lo quité delicadamente de los dedos y lo dejé junto al de Bruno en la mesa.
Volví a apoyar la espalda en el sofá, desparramando mi cuerpo ancho con arrogancia.
Agarré la mano de Camila, que aún me apretaba el muslo, y tiré de ella con fuerza para que se sentara en mi regazo.
Me desabroché el primer botón de mi camisa oscura, alternando mis ojos entre los pechos erguidos de Camila y la furia excitada en los ojos de Bruno.
—Entonces cierren las putas cortinas —ordené, con mi voz gruesa vibrando en el salón—. Porque lo que voy a hacer con ustedes dos esta noche va a ser un delito sin fianza.