CAPÍTULO 5
Camila
El reloj digital del horno marcaba las veintiuna horas y cuarenta minutos.
El apartamento estaba sumido en una penumbra calculada.
Había dejado encendidas únicamente las luces cálidas e indirectas del comedor, creando sombras alargadas que se extendían por el suelo de madera recuperada.
La mesa estaba perfectamente puesta para dos.
Dos copas de cristal, los cubiertos alineados y, en el centro, una botella de Malbec argentino respirando, exhalando ese denso aroma a frutos oscuros y madera que llenaba el ambiente.
Estaba sentada en el taburete de la isla de la cocina, girando lentamente la base de mi copa de vino entre los dedos.
Mi reflejo en el cristal oscuro de la terraza devolvía la imagen de una mujer que sabía exactamente lo que estaba a punto de hacer.
Había elegido un vestido lencero de seda verde esmeralda.
La tela era fina, fluida y peligrosa. Caía por mi cuerpo como agua, contorneando el volumen de mis pechos y marcando la punta de mis pezones, endurecidos por el aire acondicionado del salón.
Debajo de la seda resbaladiza, no llevaba absolutamente nada. Ni sujetador, ni bragas.
La sensación de la tela rozando mi coño desnudo cada vez que cruzaba y descruzaba las piernas era un recordatorio constante de la humedad que no me abandonaba desde la ducha de esa mañana.
La excitación que había descubierto bajo el agua, imaginando el peso de Diego y Bruno sobre mí, no se había enfriado.
Al contrario. Se había transformado en una brasa ardiente, una ansiedad perversa que me revolvía el estómago de anticipación.
El ruido de la cerradura electrónica de la puerta principal al desbloquearse me sacó de mis cavilaciones.
La puerta se abrió y Bruno entró.
De inmediato, la energía del apartamento cambió.
No fue la entrada relajada y ruidosa de un sábado por la noche normal, en la que tiraría la mochila en un rincón, se quejaría del árbitro del partido y vendría a darme un beso con sabor a cerveza.
No. La puerta se cerró tras él con un golpe seco.
Se quedó de pie en el recibidor durante dos largos segundos, como si estuviera intentando recalibrar su propia existencia antes de pisar el salón.
Apoyé el codo en la barra de mármol y lo observé en silencio por encima del borde de mi copa.
Llevaba unas bermudas de sarga y un polo azul marino.
Tenía el pelo peinado, ligeramente húmedo por la ducha del vestuario.
La belleza clásica y contenida de mi marido estaba toda ahí, pero había algo profundamente raro en su postura.
Los hombros de Bruno, normalmente relajados y seguros, estaban tensos, erguidos en una línea rígida.
Su mandíbula estaba tan apretada que podía ver el músculo marcándose bajo la piel de su mejilla.
Parecía un animal acorralado intentando disimular el pánico.
—Hola, amor —dije, con la voz aterciopelada, arrastrándola a propósito.
Bruno parpadeó, pareciendo despertar de un trance, y por fin me miró.
Sus ojos oscuros barrieron mi cuerpo, absorbiendo el escote del vestido de seda y la evidente ausencia de lencería.
En cualquier otro día, a esa mirada le seguiría una sonrisa maliciosa y una mano traviesa en mi cintura.
Hoy, sus ojos parecieron huir de mi cuerpo casi de inmediato, desviándose hacia la botella de vino en la mesa.
—Hola. —Su voz sonó rústica, rasposa en la garganta. Dejó caer la mochila de deporte en el suelo con más fuerza de la necesaria y caminó hacia la cocina—. Perdona la tardanza. La charla en el bar se alargó un poco.
Se detuvo al otro lado de la isla de mármol, evitando acercarse demasiado.
Su olor me golpeó. Una mezcla del caro perfume amaderado que le había regalado en Navidad, jabón barato de vestuario y un fondo amargo de cerveza y sudor masculino.
Era un olor delicioso. El olor de un hombre que había estado rodeado de otros hombres.
—No pasa nada. La cena está casi lista —murmuré, bajándome del taburete. La seda se deslizó por mis muslos—. Pareces exhausto. ¿Tan duro estuvo el partido?
Bruno fue directo a la nevera, sacó una botella de agua fría y se bebió la mitad en tres tragos largos y desesperados, como si tuviera la garganta en llamas. Su nuez de Adán subía y bajaba frenéticamente.
—Estuvo reñido. Un calor del carajo en la cancha. He corrido mucho —respondió rápido, limpiándose la comisura de la boca con el dorso de la mano. Por fin me miró bien, y la inquietud en sus pupilas dilatadas era fascinante—. ¿Y tú? ¿Todo bien por aquí?
—Todo genial —sonreí, una sonrisa minúscula, casi felina. Fui hasta la vitrocerámica para apagar el fuego del risotto de champiñones que había preparado—. Siéntate, voy a servir.
La cena comenzó bajo un manto de silencio denso y masticable.
El sonido de los tenedores de plata raspando contra la porcelana de los platos resonaba por el salón.
Bruno comía mecánicamente. Él, que siempre devoraba mi comida con elogios escandalosos, apenas parecía sentir el sabor del risotto.
Masticaba por inercia, con los ojos fijos en un punto ciego justo por encima de mi hombro derecho.
Vació su copa de Malbec y se la volvió a llenar él mismo dos veces en menos de quince minutos.
Lo analicé con la precisión de un cirujano. Estaba perturbado. Su pierna derecha, oculta bajo la mesa, temblaba con un tic nervioso constante que hacía vibrar ligeramente el líquido dentro de mi copa.
Había llegado el momento de lanzar el primer cebo.
—¿Y qué tal los chicos? —pregunté, con un tono completamente casual, cortando un trozo de champiñón—. ¿Fue Diego a jugar hoy?
El efecto fue instantáneo y espectacular.
El tenedor en la mano de Bruno se detuvo a escasos centímetros de su boca.
Sus nudillos se pusieron blancos por la fuerza repentina con la que apretó el mango de plata.
Su pecho se infló en un minúsculo sobresalto, como si hubiera olvidado cómo respirar por un segundo, y tragó saliva.
La reacción fue tan visceral, tan física, que mi propio núcleo latió de excitación bajo la seda húmeda de mi vestido.
Fuera lo que fuese lo que había pasado en el club esa tarde, involucraba a Diego.
—Sí —respondió Bruno, su voz sonando en un tono más grave y ronco de lo normal. Bajó el tenedor y agarró la copa de vino, bebiendo un trago generoso para ganar tiempo—. Su equipo ganó. Él... estaba allí. Jugó bien.
La vacilación. La dificultad para pronunciar su nombre.
La evasión visual. Mi marido, el hombre que dirigía reuniones de junta directiva con una frialdad impecable, estaba tartamudeando como un adolescente que esconde una revista porno debajo del colchón.
La semilla ya estaba ahí. El terreno ya era fértil. Solo me faltaba soltar la bomba.
—Sabes, Bruno —empecé, recostándome en la silla y cruzando las piernas. El vestido subió un poco más por mis muslos expuestos—. Me he pasado todo el día pensando en nosotros. Pensando en anoche.
El repentino cambio de tema le hizo parpadear, confundido, pero vi cómo levantaba la guardia de inmediato. El instinto protector de marido ofendido entró en escena, reemplazando su pánico momentáneo.
—¿Qué pasa con anoche? ¿Ocurrió algo? —Frunció el ceño, con una clara actitud defensiva en la voz.
—Exactamente —suspiré, haciendo girar el vino en la copa—. No ocurrió nada. Fue solo... lo de siempre. Nuestro sexo de los viernes.
Bruno soltó el aire pesadamente y dejó el cubierto sobre el plato, cruzando los brazos musculosos sobre la mesa. Su mirada se oscureció. Su masculinidad frágil había sido provocada.
—Camila, ¿a qué viene esto ahora? Te corriste ayer. Te vi correrte. ¿Qué quieres decir con "lo de siempre"?
—Quiero decir que estamos en piloto automático, Bruno.
—Lo miré a los ojos, dejando la dulzura a un lado y adoptando un tono firme, directo—.
Follamos a la misma hora, en las mismas posturas, con la misma intensidad tibia.
Entras, me follas, nos corremos y nos vamos a dormir.
Es educado. Es higiénico. Es un puto aburrimiento.
Abrió mucho los ojos, escandalizado por mi vocabulario. Rara vez hablaba así fuera de la cama, e incluso allí, mis palabras sucias estaban ensayadas.
—¿Aburrimiento? —repitió, subiendo el volumen de su voz, la incredulidad filtrándose por cada sílaba. Se rio sin una gota de humor, sacudiendo la cabeza—. ¿Estás aburrida de nuestra vida, es eso?
—No estoy aburrida de ti. Me encanta follar contigo —dije, inclinándome sobre la mesa hacia él.
El escote del vestido cedió, revelando la generosa curva de mis pechos sueltos, pero sabía que sus ojos estaban clavados en mi boca—.
Pero echo de menos el choque. Echo de menos esa desesperación primitiva.
Quiero suciedad, Bruno. Quiero algo que rompa esta fachada nuestra de parejita perfecta y nos lleve al límite. Quiero un tabú.
Me miraba como si hubiera empezado a hablar ruso fluido. La rabia comenzaba a mezclarse con una excitación confusa. No estaba acostumbrado a verme controlando la narrativa de esa manera, exigiendo, atacando las carencias de nuestra intimidad.
—¿Y cuál es tu brillante idea de "tabú"? —preguntó, con un tono cargado de sarcasmo defensivo—. ¿Quieres ir a un club de intercambio de parejas? ¿Quieres atarme las manos al cabecero? ¿Qué es lo que quieres, Camila? Dilo ya.
El momento había llegado. El aire de la sala pareció volverse más denso.
El silencio duró apenas tres segundos, pero pareció una eternidad absoluta.
Miré el fondo de sus ojos negros, no parpadeé, no sonreí.
Simplemente abrí los labios y dejé caer la granada justo en el centro de nuestra mesa de comedor.
—Quiero un ménage. Aquí. En nuestra cama. —Hice una pausa milimétrica, dejando que la palabra se hundiera en su mente, antes de asestar el golpe de gracia—. Y quiero que sea con Diego.