El alquimista de la sentina (Corazones bajo bandera negra nº 11) CAPÍTULO 44 LOS ESTANDARTES DEL ALMIRANTAZGO
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CAPÍTULO 44 LOS ESTANDARTES DEL ALMIRANTAZGO

El cielo del Caribe se agrietó en una bruma rojiza, una claridad enferma y crepuscular que mezclaba el sol poniente con las nubes densas de humo gris de la pólvora que subían desde nuestras amuras.

El Crisol se retorcía en mitad del canal de las rocas bajo el castigo implacable de una fragata real de dos balandras armadas que nos habían cerrado la ruta costera por ambos flancos, encajonándonos en una ratonera de piedra y espuma.

Aferré los radios de roble de la rueda del timón con una fijeza desalmada, sintiendo cómo los músculos de mi espalda ancha se tensaban hasta el límite del desgarro físico mientras luchaba por conducir la corbeta hacia el paso estrecho entre los bancos de arena.

—¡No abráis las portas de estribor! —la voz del nuevo intendente Velasco atronó en la cubierta de cintura, ruda y afilada como un chuzo de abordaje—. ¡Responded únicamente con las piezas de popa para no sacrificar la arrancada! ¡Si perdemos velocidad, esos colosos nos descoserán las cuadernas!

Mantuve los pies descalzos hincados en las tablas húmedas, ignorando el dolor punzante que el lienzo de mis costillas vendadas me enviaba a cada virada.

Con la mano izquierda crispada sobre la madera caliente, alcancé el catalejo de latón con la derecha y enfoqué el alcázar del buque insignia enemigo que lideraba la emboscada.

Al ajustar el nonio del cristal, el aire se me congeló en la laringe.

Ondeando justo debajo del pabellón inmaculado de la Armada Real, distinguí un estandarte privado que me revolvió las entrañas: un sol de oro resplandeciente sobre campo gules.

Las armas de la familia Vance. En el puente de la fragata, recortada contra el resplandor de las salvas, reconocí la figura rígida y aristocrática del almirante Edmund Harcourt, el antiguo protector cortesano del erudito.

Un frío blanco, un pánico sordo y barométrico me vació los pulmones de golpe.

La disposición geométrica de los navíos de la Corona no era una casualidad táctica; conocían con una precisión milimétrica nuestro calado, nuestra velocidad residual tras el huracán y el rincón exacto de los bajíos donde El Crisol intentaría buscar el paso limpio.

Nos habían cazado en mitad de nuestra tregua.

—Capitán Stone —la lija áspera de la voz de Velasco me obligó a bajar el instrumento.

El intendente subió los peldaños del alcázar con la barbilla baja y los ojos encendidos por una sospecha sucia, tendiéndome una hoja de papel amarillento que crujió bajo el viento racheado—.

Hemos encontrado esto dentro de la caja de señales de la cámara de popa.

Uno de los artilleros jura haber visto un parpadeo de linterna desde el ventanal durante la guardia de la medianoche, siguiendo el código de luces del Almirantazgo.

Tomé el pliego con dedos trémulos. Mis ojos claros recorrieron las líneas con una fijeza desalmada: eran las coordenadas precisas de la angostura, la hora exacta del alba y una breve frase redactada con una caligrafía elegante, fina y de trazo seguro que reconocería en el mismísimo patíbulo.

En la esquina inferior derecha, impreso sobre el papel de hilo, brillaba un sol de lacre rojo. El sello de su estirpe.

Recordé en un parpadeo violento que Julian había corregido personalmente las cartas de navegación de esa sección y que había permanecido a solas en la penumbra del camarote durante las horas de la vela.

Las variables encajaron en mi mente con la fuerza destructiva de una bala de palanqueta.

Mi gran mentira, esa Lie de control absoluto con la que intentaba blindar mi pecho contra el exilio, saltó en astillas.

El miedo animal a haber sido utilizado desde el primer roce fortuito en la sentina, a que cada gemido bajo las mantas de lana fuera solo una maniobra de distracción para asegurar el indulto de su linaje, se impuso sobre la razón matemática.

La antigua voz de mis verdugos de Cádiz regresó a mi memoria en un siseo letal: los hombres educados por la Corona siempre te sonreirán antes de entregarte a la horca.

—¡Centinela, relevo en la rueda! —le siseé al timonel auxiliar, obligándolo a plantar las manos en los radios sin perder el eje de la corriente—. ¡Mantened la proa tres cuartas contra la rompiente!

Me giré sobre mis botas pesadas justo cuando Julian de Rivas emergía por la escala del alcázar, sosteniendo el cuaderno de navegación contra su pecho menudo con la mano sana.

Su rostro, blanquecino por el shock barométrico del estruendo bélico, reflejó una vulnerabilidad que esta vez me pareció puro teatro cortesano.

Arrojé el papel falsificado sobre las tablas mojadas de la cubierta, donde la corriente de agua empezó a correr la tinta negra alrededor del sello rojo de los Vance.

—Mirad vuestra obra, Lord Vance —dicté, y el regreso de su título noble fue una barrera de hielo gélido, una maza que destruyó el santuario que habíamos construido en el jergón inferior, devolviéndolo simbólicamente al bando de mis carniceros.

Julian bajó la vista hacia el papel empapado y dio un respingo trémulo, reconociendo el blasón de oro que ondeaba a lo lejos entre las nubes de azufre.

—No... esto no es mío, Robert —susurró, y su voz perdió toda la seda académica para convertirse en un ruego quebrado que me quemó las amígdalas—. Jamás he escrito estas coordenadas. Alguien ha imitado mi trazo para tendernos una red química en este trancanil. ¡Tenéis que creerme!

Dio un paso hacia mi flanco físico, estirando sus dedos largos para tocar el cuero de mi jubón, pero yo no le di aire.

Con un movimiento fluido y desprovisto de toda la ternura de la noche anterior, desenvainé mi pesado alfanje e interpuse el acero limpio entre su pecho menudo y mi volumen físico, cortando la distancia de respeto con un brillo de peligro letal.

—No deis un solo paso más —mi tono bajó a una quietud glacial, una calma muerta que pesó más que el propio trueno de las baterías enemigas.

CRAC.

Una bala de treinta y dos libras atravesó la regala de estribor, cubriendo el puente de una lluvia de astillas de roble fresco que me rozaron el hombro, pero ni siquiera parpadeé.

Clavé mis ojos oscuros en sus pupilas grises, ahora vacíos de cualquier asomo de la devoción ruda que había permitido nacer entre nosotros bajo la tormenta.

—Conocíais el calado de mi quilla —sentencié, la mandíbula tan endurecida que las encías me sangraron por la presión—.

Teníais el acceso libre a las señales de la popa.

Y ahora, vuestro antiguo protector de las academias de Londres nos aguarda exactamente en el único paso donde El Crisol no puede maniobrar sin encallar.

Me habéis entregado a vuestro Rey, Lord Vance. Habéis transmutado mi fe en fango.

—¡Robert, os lo juro por los huesos de mi estirpe! ¡Es una maniobra de Harcourt para explotar vuestro pasado! —gritó él, las lágrimas de rabia y culpa mezclándose con el salitre puro en sus mejillas de marfil, pero el nudo de mi desconfianza ya andaba blindado con pernos de hierro.

—Velasco —ordené, dándole la espalda para regresar a los radios del timón sin concederle un último milímetro de piedad—.

Conducid a este aristócrata al camarote inferior de popa.

Asegurad la puerta con doble perno y mantenedlo bajo vigilancia estricta de la chusma leal mientras intentamos romper el cerco de la Corona.

Si el barco se va al fondo, se irá con su propiedad en las entrañas.

Giré la caña con una furia concentrada, sorda y animal, necesitando que el estruendo de la artillería real borrara de mi pecho el eco de su nombre de pila, mientras Julian era arrastrado hacia la oscuridad de las bodegas bajo la mirada triunfal de los estandartes que flotaban en el horizonte.