El alquimista de la sentina (Corazones bajo bandera negra nº 11) CAPÍTULO 27 EL VENENO EN LA COCINA DE PROA
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CAPÍTULO 27 EL VENENO EN LA COCINA DE PROA

El vientre de la corbeta era una caldera de aire estancado y traición latente, un callejón de roble que exhalaba la pesadez húmeda de la mar de leva.

Descendí los peldaños de la escala hacia las cocinas de proa con una parsimonia quirúrgica, midiendo cada movimiento de mis piernas para evitar que el tintineo de los grillos de hierro que aún ceñían mis tobillos delatara mi presencia en la penumbra.

El barco cabeceaba torpemente contra la marejada baja, un vaivén lento, aceitoso, que hacía crujir el maderamen del casco con el lamento rítmico de un gigante herido.

Buscaba un simple tizón encendido para el mechero de alcohol de mi taller bajo la sentina, pero el bochorno de la bodega baja me oprimió los pulmones antes de rozar la lumbre.

El ambiente apestaba a grasa de tocino rancia, a carbón húmedo y al olor acre del ron barato derramado sobre las tablas del suelo.

La luz de un único candil de sebo oscilaba desde un bao central con un ritmo mareante, estirando las formas del mobiliario rústico en sombras largas que parecían reptar por los mamparos.

Me detuve en seco tras un tabique de lona alquitranada.

No fue la falta de equilibrio lo que me congeló las plantas de los pies, sino el siseo de unas voces familiares que se filtraba entre los jirones del paño.

—El Caimán está blando, os lo digo yo —la aspereza rancia de la voz del intendente Crow cortó la quietud de la bodega, cargada con el perfume espeso del tabaco de Virginia de su pipa—.

Ese remiendo de seda que trajo de la playa le ha ablandado el hierro del cinto.

Ha perdonado azotes, ha castigado la disciplina de las baterías y ahora duerme con el inglés en su propio camarote mientras nosotros nos desangramos achicando el agua salobre.

—¿Y qué proponéis, intendente? —respondió un artillero de babor, su tono un susurro espeso que arrastró el tintineo sutil de un cuchillo rozando la madera—. Robert sigue siendo el Ghost de esta amura. Si fallamos el golpe, decoraremos las vergas antes de que mude la marea.

—No fallaremos si la entrega es limpia —siseó Crow, y escuché el chasquido seco del pedernal de su encendedor—.

El plan está trazado para el amanecer, durante la última recogida de agua dulce en la playa de la caleta.

De la Vega tiene tres navíos de línea cerrando el paso exterior del arrecife.

Si le entregamos a Robert Stone vivo y las fórmulas estabilizadas de la brea incombustible que el alquimista guarda en su cuaderno, la Corona no solo nos otorgará el perdón real; volveremos a España con los bolsillos pesados de reales de a ocho.

Un pánico helado, purpúreo y punzante, me recorrió las costillas magulladas, vaciándome el oxígeno del pecho.

Mi mente racional, esa fría calculadora educada en las leyes del Imperio, me gritó de inmediato que este motín era el designio que mis manuales de derecho esperaban: mi pasaporte limpio de regreso a las academias de Londres, la restitución de mi estirpe cortesana y el fin de mi cautiverio.

Bastaba con guardar silencio, regresar a mi jergón y dejar que la codicia de la marinería terminara el trabajo.

Sin embargo, el corazón se negó a aceptar la lógica de la Corona.

Recordar el calor abrasador de la carne de Robert latiendo bajo mis dedos desnudos en la penumbra del camarote, la muesca de la cicatriz «T» que mis manos habían acariciado en la ceiba del manglar, pulverizó mis prejuicios de clase.

No quería su horca. No quería ver su orgullo de hierro quebrado por la burocracia de los mismos verdugos que lo proscribieron.

Intenté retroceder un paso, un movimiento ciego para buscar la escala de madera.

Mi pie descalzo tropezó contra una astilla gruesa de pino que sobresalía del trancanil mojado. La madera quebró bajo mi bota con un crujido seco, delator, que resonó en el habitáculo de las cocinas como un pistoletazo en mitad del zafarrancho.

Las voces de la traición callaron en seco.

El silencio posterior fue una masa viscosa que me paralizó la laringe.

La luz del candil dio un bandazo violento por el cabeceo del buque, y la sombra masiva, angulosa y sanguinaria del intendente Crow se recortó con nitidez contra el paño de la lona.

Escuché el silbido limpio del acero saliendo de la vaina, y el filo de un puñal desenvainado brilló en la costra del reflejo amarillento mientras la lona empezaba a rasgarse desde el otro lado.