CAPÍTULO 13 EL FILO DEL ABRECARTAS
El vientre de la corbeta era una caldera de opresión húmeda donde el aire, cargado de los vapores pesados del azufre y la resina, se me pegaba a la garganta como una costra de cal.
El taller provisional de la bodega baja, apenas iluminado por el hilo aceitoso de luz que se filtraba por la rejilla del pasillo, se balanceaba con una pesadez lánguida, producto de una mar de leva que hacía crujir las cuadernas de roble con el lamento rítmico de un gigante encadenado.
Mis dedos, agrietados por el roce constante de la tiza y el yeso con el que anotaba mis logaritmos en los mamparos, se cerraron con una fijeza trémula sobre el paño de mi manga derecha.
Oculto entre el lino roto de mi casaca de seda, descansaba el abrecartas de acero toledano que había hurtado del escritorio de Robert.
El frío del metal contra la piel de mi antebrazo era lo único real en esta tumba flotante; un estilete mínimo, una aguja de plata fina que me otorgaba una falsa sensación de control contra las miradas esquivas y las amenazas veladas de la marinería que rumiaba su descontento tres cubiertas más arriba.
—Si la densidad del mercurio precipita bajo este bochorno, todo el lote se perderá —murmuré para mí mismo, forzando mi mente analítica a concentrarse en el siseo del brasero de control para tapar el pánico ciego que amenazaba con quebrar mi cordura.
Un golpe seco conmovió el mamparo de babor.
No fue el embate de una ola. La puerta de lona y roble del taller se abrió de par en par, dejando entrar la silueta masiva y cargada de resentimiento del intendente Crow.
El aire se saturó al instante con el olor rancio del tabaco de Virginia de su pipa y la grasa de tocino de las cocinas de proa.
Avanzó hacia la mesa de pino con pasos lentos, sus botas claveteadas dejando marcas húmedas sobre el suelo cubierto de agua de sentina.
—Inspección de las reservas de brea, alquimista —gruñó Crow, barriendo los matraces con una mirada pequeña, entornada por la suspicacia.
Su mano derecha descansaba de forma deliberada sobre el pomo muescado de su pesado alfanje—.
Los hombres en la cubierta de artillería dicen que vuestras mezclas consumen demasiado carbón para los milagros que prometéis.
Sostuve su mirada con toda la altivez gélida de mi estirpe, pero la rigidez súbita de mi postura delató la alarma que me encendía las costillas magulladas.
Me quedé inmóvil junto al caldero de peltre, conteniendo la respiración, con el antebrazo derecho pegado al costado para asegurar el estilete hurtado.
El juego de poder volvió el habitáculo estrecho, asfixiante.
Crow no buscaba la brea; buscaba la grieta en la protección que el capitán me había otorgado ante la tripulación.
—Mis cálculos han sido validados por el capitán Stone, intendente —repliqué, mi tono saliendo con una seda aristocrática que pretendía marcar la distancia de mi rango—. Si vuestros artilleros adolecen de paciencia para comprender la termodinámica, podéis explicárselo con vuestro propio reglamento.
—En este barco el único reglamento son las raciones de galleta, Lord Vance, y vos os estáis volviendo demasiado caro —respondió Crow, acortando el espacio con una brusquedad salvaje.
Antes de que pudiera prever el movimiento, su mano derecha, grande y áspera como un badajo, se cerró sobre mi antebrazo herido, justo en la zona donde el culatazo de la playa seguía latiendo en carne viva.
El dolor fue un rayo blanco que me vació los pulmones y me arrancó un gemido ahogado.
Intenté zafarme con un tirón desesperado, pero su agarre de hierro retorció la tela de mi casaca.
El abrecartas resbaló por el lino de la manga. Cruzó el aire del taller con un destello de plata y cayó al suelo inundado, impactando contra una vasija con un tintineo delator que resonó en el habitáculo como un cañonazo.
El silencio que siguió fue denso, viscoso. Crow bajó la vista hacia el acero toledano que brillaba entre el fango de la sentina, y la sorpresa en su rostro curtido mutó en una mueca de triunfo sanguinario.
—Robando el acero del capitán... —el intendente rugió, y su voz fue un trueno que convocó a los guardias del pasillo—. ¡Ladrón! ¡Espía de la Corona! ¡Tenemos la prueba que necesitábamos para limpiar la cubierta!
Me agarró por los cabellos con una saña animal, obligándome a echar la cabeza hacia atrás mientras sus dedos se clavaban en mi cuero cabelludo.
Me arrastró fuera del taller provisional, mis pies descalzos tropezando inútilmente contra los peldaños de la escala de madera mientras subíamos hacia la luz cruda del mediodía.
El dolor de las costillas y el tirón de mi cabeza me nublaban la vista, pero los gritos de Crow alertando a las baterías convirtieron el trayecto en un desfile de sombras sedientas de castigo.
Emergimos a la cubierta de cintura bajo un sol blanco, cegador y abrasador que me hirió las pupilas.
El aire apestaba a brea caliente recalentada en los imbornales y al sudor rancio de la tripulación en descontento, que interrumpió el zafarrancho de limpieza para rodearme en un anfiteatro de rostros sucios y sables desenvainados.
Mi orgullo de erudito fue pisoteado en la madera ensangrentada cuando Crow me empujó con violencia, obligándome a hincar las rodillas sobre las astillas cortantes de la cubierta.
—¡Aquí tenéis al protegido de Robert! —atronó Crow, elevando el abrecartas hurtado frente a la marinería—. ¡Un noble que nos roba el acero mientras nos guía directos a las fragatas del Rey!
Alcé la cabeza con un esfuerzo agónico, sintiendo el calor del mediodía derretirme el lino pegado a la piel.
Busqué instintivamente la altura del alcázar de popa, allí donde la silueta imponente del capitán Robert Stone recortaba el cielo de cobre.
No había súplica explícita en mis ojos grises, ni mis labios pronunciaron un ruego; el escudo de mi estirpe me ordenaba morir antes que mostrar debilidad frente a su jauría de lobos.
Le clavé un desafío mudo, un pulso de voluntades a través del humo flotante, ocultando el terror visceral que me devoraba las entrañas ante la certeza de que él permitiría mi mutilación para no quebrar la frágil disciplina del barco.
Crow se colocó a mi espalda, su sombra cubriéndome como una mortaja.
Con un silbido limpio, su pesado alfanje muescado salió de la vaina, alzándose sobre mi cabeza bajo la luz cegadora que hacía brillar el bronce de los cañones de caza.
—Si el capitán no dicta sentencia contra los espías —rugió el intendente, apoyando el frío del contrafilo directamente en la base de mi nuca—, la ley de la bandera negra le cortará las manos hoy mismo.