CAPÍTULO 12 LA PRUEBA DEL FUEGO
La mañana se desplegaba blanca, abrasadora e implacable, con un sol de justicia que caía como plomo derretido sobre la cubierta de cintura de El Crisol.
La luz cruda se reflejaba con un brillo cegador sobre el bronce de los cañones, cuyos metales recalentados exhalaban un vaho aceitoso que enturbiaba el aire.
En el centro de la cubierta, la tripulación formaba un círculo expectante, un anfiteatro de rostros sucios, curtidos por el sol y marcados por la desconfianza; los marineros susurraban entre sí, moviendo las manos cerca de los cuchillos, mientras el oleaje lánguido hacía crujir el casco con un lamento rítmico.
—Dicen que el brujo inglés está gastando el carbón de la cocina en agua sucia —murmuró un artillero, escupiendo un salivazo negro sobre la madera.
—O que busca hacernos estallar desde dentro para entregarle el maderamen a su Rey —respondió otro, cruzándose de brazos con una fijeza hostil.
Mantuve la espalda recta, apoyado contra la borda del alcázar con los brazos cruzados sobre el pecho, ocultando bajo mi máscara de hierro la alarma visceral que me encogía el estómago.
El descontento de la marinería era un polvorín, y Crow se encargaba de avivar la mecha.
El intendente se había plantado a pocos pasos de las tablas de roble que Diego había subido de la bodega, con una sonrisa ladeada que apestaba a motín silencioso.
—Los hombres tienen derecho a dudar, capitán —dijo Crow, elevando la voz para asegurarse el respaldo de la chusma—.
Hemos dejado pasar dos días de caza por esperar los milagros de vuestro prisionero.
La marinería cree que este "compuesto" es solo el engaño de un hidalgo para estirar sus raciones de galleta.
Antes de que pudiera responder, la escotilla de proa escupió una silueta delgada.
Julian Vance subió a la cubierta bajo la custodia de los dos centinelas, arrastrando la cadena de su tobillo con un tintineo rítmico que sonó como un desafío metálico en mitad del silencio público.
Tenía la casaca rota y los dedos teñidos de yeso blanco, pero sus ojos grises —esos pozos de hielo analítico— escanearon la cubierta sin mostrar una sola grieta de sumisión ante la jauría que lo rodeaba.
Sostenía un pequeño cuenco de peltre con el reactivo recién estabilizado, moviéndose con una parsimonia quirúrgica que hirió la arrogancia de mis hombres.
—Si vuestros hombres emplearan la mitad de su energía en limpiar las cureñas en lugar de cultivar la superstición, esta corbeta navegaría dos nudos más rápido, capitán Stone —declaró Julian.
Se acercó a las maderas de prueba, arrodillándose con cuidado para no derramar el reactivo.
Con una brocha rústica, comenzó a cubrir la superficie del roble con el compuesto denso y resplandeciente, moviendo la mano con un pulso de cirujano que desafiaba el cabeceo del buque.
El aire se saturó al instante con el aroma espeso de la resina caliente, el azufre y el cáñamo chamuscado del brasero de control que Diego había encendido a una distancia prudencial.
—Exijo que la prueba se realice lejos de los barriles de pólvora de la batería —añadió Julian, levantándose y limpiándose los dedos en un trapo sucio—. El compuesto necesita tres minutos para fijarse en la veta de la madera. Si aceleráis la ignición con aceite libre, la densidad se romperá.
—Haced lo que dice el alquimista —ordené a Diego, manteniendo mi tono en esa gravedad desprovista de debilidad. Debía proteger su conocimiento sin que mi jauría interpretara mi confianza como el ablandamiento de un capitán distraído.
Diego tomó una astilla tratada, la acercó a la llama libre del brasero y la sostuvo allí.
Los marineros se inclinaron hacia delante, con los rostros iluminados por reflejos anaranjados.
El maderamen ennegreció bajo el vaho acre, soltando un leve siseo, pero no prendió; la capa protectora retrasaba la combustión con una precisión exacta.
Un murmullo de asombro recorrió las filas.
Sin embargo, Crow no estaba dispuesto a perder el control del tablero.
Con un movimiento rápido y disimulado, el intendente le hizo una seña a uno de los artilleros que sostenía un hachón de alquitrán.
El marinero se adelantó y, bajo el pretexto de avivar la hoguera, arrojó deliberadamente un tapón de aceite sobre una segunda tabla tratada que aún no había terminado de secarse.
El fuego creció de manera violenta, una llamarada anaranjada y ruidosa que se alzó dos metros sobre la regala, lamiendo los cabos embreados del trinquete que colgaban cerca.
—¡Sabotaje! —rugió Crow, sacando su cuchillo largo—. ¡El fuego se extiende! ¡El inglés quiere quemar la corbeta!
El pánico estalló en un parpadeo. Los hombres retrocedieron gritando, buscando los cubos de achique, mientras el humo negro empezaba a cegar el alcázar.
En mitad del caos, vi a Julian lanzarse hacia adelante, con los ojos grises desorbitados por la furia científica, intentando retirar el recipiente abierto de la brea antes de que el calor de la hoguera lo hiciera estallar.
—¡Quitaos de ahí, necio! —rugí, mi compostura saltando en mil pedazos ante la alarma visceral de verlo tan cerca de las llamas.
Crucé la cubierta como un rayo, lo agarré por los hombros y lo aparté de un empujón violento que lo mandó a rodar sobre las tablas secas.
Al mismo tiempo, tomé una lona húmeda de los imbornales y la arrojé sobre el recipiente de peltre, sofocando el incendio de un solo golpe, mientras Diego y Velasco vaciaban dos cubos de agua salobre sobre los cabos chamuscados.
El siseo del agua al caer sobre el roble ardiente devolvió un silencio denso a la corbeta.
El humo gris se disipó perezosamente bajo la mañana blanca, revelando la destrucción provisional de la prueba.
Julian se incorporó despacio, con el rostro manchado de hollín y la casaca rota sacudida por la agitación, mirándome con una rabia que denotaba un orgullo técnico herido.
—¡Vuestra brutalidad ha arruinado la medición, Robert!
—me espetó, perdiendo los títulos en mitad de su indignación—.
¡Os dije que la brea no vuelve invulnerable la madera!
Retrasa la combustión el tiempo necesario para que vuestros hombres sofoquen el fuego de un ataque incendiario. ¡Mirad las tablas!
Me acerqué al maderamen chamuscado. Retiré los restos de la lona húmeda con la punta de mi alfanje.
Toda la tripulación se agolpó en la banda, conteniendo el aliento.
Las tablas desprotegidas de la regala se habían convertido en carbón deshecho, pero el roble tratado con el Compuesto de Julian, aunque ennegrecido y cubierto de ceniza, permanecía entero, estructuralmente firme bajo la costra del hollín.
La ciencia de biblioteca había funcionado delante de cincuenta hombres.
Me giré lentamente hacia la tripulación, dejando que el acero de mi alfanje brillara bajo el sol abrasador.
—El experimento ha funcionado —dicté, mi voz una vibración de hierro que no admitió réplicas—. Esta brea mantendrá El Crisol a flote cuando los barcos del Rey intenten convertirnos en una pira.
Caminé hacia Crow, deteniéndome a un palmo de su rostro curtido.
El intendente mantenía la mano en el pomo de su arma, pero sus ojos bailaban ante la fijeza desalmada de mi máscara de mando.
Con un movimiento seco, clavé el alfanje directamente en la madera de la cubierta, entre sus botas y las mías, un golpe sordo que hizo que los artilleros dieran un paso atrás.
—Descubrid quién añadió ese aceite sin autorización, Crow —siseé, mi aliento rozando su barba limpia—.
Porque el próximo hombre que interfiera en el trabajo del alquimista, o el próximo que intente un sabotaje para forzar mi timón, será tratado como un traidor a este barco y probará el calado desde la quilla antes de que el sol termine de ponerse.
Crow apretó la mandíbula, tragándose el veneno de su derrota pública, y asintió con una rigidez roma antes de ordenar a los hombres que volvieran al zafarrancho de limpieza.
Al retirarse la tripulación hacia las baterías, agaché la vista hacia el suelo inundado.
Cerca del brasero, medio oculto por la estopa quemada, descansaba un tapón de madera impregnado de aceite graso.
Lo tomé con los dedos callosos, reconociendo el marcaje del lacre en el corcho: pertenecía exclusivamente a los barriles de la despensa de proa, aquellos que solo el intendente tenía derecho a administrar.
Cerré el puño sobre el trozo de madera, sintiendo la tirantez de la cicatriz de mi pecho.
La conspiración de Crow ya no era un murmullo en las cocinas; era un rastro de grasa y fuego que amenazaba con devorarnos, y mi necesidad de proteger al erudito de ojos grises acababa de convertir mi cubierta en el tablero de una guerra que no admitía prisioneros