Día setenta y seis #3
—Sería la Falsificación más grande de todas —respondió Shai—.
Una que pretendería engañarme incluso a mí.
Ahí dentro está inscrita la creencia de que sin ese sello, aplicado cada mañana, moriré.
Incluye una historia de enfermedad, de visitar a un resellador, como lo llamáis vosotros.
Un sanador que trabaja con sellos de alma.
Mi falso yo recibiría de ellos un remedio que tendría que aplicarse cada mañana.
La tía Sol y el tío Won me enviarían cartas; eso forma parte de la charada para engañarme a mí misma.
Las he escrito ya. Son centenares, que antes de aplicarme la Marca de Esencia encargaré a un servicio de entrega que me envíe periódicamente a cambio de una buena suma de dinero.
—Pero ¿y si intentas visitarlos? —preguntó Gaotona—. Para investigar tu infancia…
—Todo está en la placa. Me dará miedo viajar.
Hay algo de verdad en eso, ya que, en efecto, de joven sentí miedo cuando salí de mi aldea.
Cuando esa marca esté colocada, me mantendré apartada de las ciudades.
Creeré que el viaje para visitar a mis parientes es demasiado peligroso. Pero no importa. No la utilizaré nunca.
Ese sello acabaría con ella. Olvidaría sus últimos veinte años, volvería a cuando tenía ocho y empezó por primera vez a plantearse ser Falsificadora.
Se convertiría en una persona completamente distinta. Ninguna de las otras Marcas de Esencia hacía eso: reescribían parte de su pasado, pero preservaban el conocimiento de quién era de verdad. No sucedía así con esa última. Esa sería definitiva. La aterrorizaba.
—Es mucho trabajo para algo que no emplearás jamás —dijo Gaotona.
—A veces, la vida es así.
Gaotona negó con la cabeza.
—Me contrataron para destruir el lienzo —estalló Shai.
No sabía con certeza qué la había impulsado a decirlo. Necesitaba ser sincera con Gaotona, porque era el único modo de que su plan funcionara, pero él no necesitaba conocer esa parte. ¿O sí?
Gaotona alzó la cabeza.
—ShuXen me contrató para que destruyera el lienzo de Frava —confesó Shai—. Por eso quemé la obra maestra, en vez de sacarla de la galería.
—¿ShuXen? Pero ¡si es el artista original! ¿Por qué iba a contratarte para que destruyeras una obra suya?
—Porque odia el imperio —respondió Shai—.
Pintó ese cuadro para una mujer que amaba.
Los hijos de ella se lo entregaron al imperio como regalo.
ShuXen es viejo, ahora, ciego, apenas puede moverse.
No quería irse a la tumba sabiendo que una de sus obras servía para glorificar al Imperio Rosa. Él me imploró que lo quemara.
Gaotona parecía perplejo. La miraba como si intentara penetrar a través de su alma. Shai no entendía para qué se molestaba el anciano: bastante había desnudado ya su alma con esa conversación.
—Un maestro de semejante categoría es difícil de imitar —dijo Shai—, sobre todo si no se cuenta con el original para trabajar.
Si lo piensas, entenderás que necesitara su ayuda para crear esas falsificaciones.
Me dio acceso a sus estudios y conceptos.
Me explicó de qué modo la había pintado. Me fue guiando pincelada a pincelada.
—¿Y por qué no te limitaste a devolverle el original? —preguntó Gaotona.
—Se está muriendo —respondió Shai—. Poseer un objeto ya no tiene sentido para él. Esa pintura la hizo para una amante. Ahora ella ya no existe, así que consideró que el lienzo tampoco debería existir.
—Un tesoro incalculable —dijo Gaotona—. Desaparecido, a causa de un orgullo estúpido.
—¡Era su obra!
—Ya no —replicó Gaotona—. Pertenecía a todos los que la contemplaban.
No tendrías que haber accedido a su petición.
Destruir una obra de arte nunca está bien.
—Titubeó—. Pero, con todo, creo que puedo entenderlo.
Lo que hiciste tenía nobleza. Tu objetivo era el Cetro Lunar.
Exponerte para destruir ese lienzo fue peligroso.
—ShuXen me enseñó a pintar cuando era joven —dijo ella—. No podía negarme a su petición.
Gaotona no parecía estar de acuerdo, pero sí comprender. Noches, sí que se sentía expuesta.
«Es importante hacer esto —se dijo—. Y tal vez…».
Pero él no le devolvió las placas. Shai no esperaba que lo hiciera, no tan pronto. No hasta que hubiera concluido su acuerdo, un acuerdo del que sin duda no vería el fin, a menos que escapara.
Trabajaron con el último grupo de sellos nuevos. Cada uno de ellos prendió al menos un minuto, como ella esperaba. Ya tenía la visión, la idea del alma final tal y como sería. Cuando terminó el sexto sello del día, Gaotona aguardó al siguiente.
—Ya está —dijo Shai.
—¿Has acabado por hoy?
—He acabado para siempre —respondió ella mientras guardaba el último sello.
—¿Has terminado? —preguntó Gaotona, irguiéndose en la silla—. ¡Casi un mes antes! Es…
—No he terminado el trabajo. Ahora viene la parte más difícil.
Tengo que tallar esos cientos de sellos con minucioso detalle, uniéndolos para crear un sello eje.
Lo que he hecho hasta ahora es igual que preparar todas las pinturas, elaborar el color y trazar bocetos de las figuras.
Ahora tengo que ensamblarlo todo. La última vez que hice esto me llevó casi cinco meses.
—Y solo tienes veinticuatro días.
—Y solo tengo veinticuatro días —repitió Shai, pero sintió al instante una puñalada de culpa. Tenía que huir. Pronto. No podía esperar a finalizar el proyecto.
—Entonces, te dejo que trabajes —dijo Gaotona, poniéndose en pie y bajándose la manga.